Los Anteojos del Tata

Entradas de Julio 2008

¿DE QUÉ SE ALEGRA, SEÑORA PRESIDENTA?

Julio 27, 2008 · 24 comentarios

Cuando, en ocasión del anuncio de la re-estatización de Aerolíneas Argentinas, pude observar a la presidenta, Cristina K., sonriente y contenta, rodeada por sindicalistas aeronáuticos y funcionarios del gobierno que la ovacionaban, no pude evitar el recuerdo de algunas de las estrofas de aquel extraordinario poema de Mario Benedetti, “Seré curioso”:

 

En una exacta foto del diario

señor ministro del imposible

vi en pleno gozo y en plena euforia

y en plena risa, su rostro simple

 

seré curioso, señor ministro

de qué se ríe, de qué ríe.

 

Mientras algunos sectores festejan la recuperación estatal de la empresa aérea; los españoles, tanto los privados como el gobierno, festejan el habérsela sacado de encima.

Aerolíneas Argentinas, con sus realidades y mitos, se ha convertido, para la población argentina en un hito casi tan paradigmático como la Deuda Externa.

 

 

La creación de una compañía aérea estatal

La empresa fue creada por el estado en 1950 con el objetivo de desarrollar una política de transporte aerocomercial en la Argentina. El interés fundamental era promover la integración del país, y fomentar el comercio y el turismo a lo largo y ancho de su territorio. También constituiría una nueva  fuente de trabajo para los trabajadores.

 

Recordemos que es obligación del Estado mantener comunicado un país, algo imposible de lograr si no se cuenta con los medios de transportes adecuados. También es improbable que este fin se consiga si dejamos librado su desarrollo únicamente a los intereses del mercado, ya que éste sólo lo estimulará en aquellos recorridos que le resulten rentables, por lo que para que los resultados sean parejos la participación activa del Estado es imprescindible.

También recordemos que: 1) en todo el mundo, los aeropuertos son estatales. Puede ser que su explotación esté en manos privadas, pero su planeamiento y la propiedad, son básicamente estatales; 2) en todos los países el espacio aéreo nacional es también estatal; 3) las rutas aéreas, así como los caminos terrestres y las vías ferroviarias, son propiedad del Estado, aunque, la mayoría de las veces, concedan su explotación a operadores privados; y 4) la seguridad es responsabilidad del Estado.

 

Con respecto a las tarifas, hasta el año 1977 éstas estuvieron reguladas internacionalmente por el Civil Aeronautics Board, el cual se basaba para su cálculo en los costos promedio de toda la industria. En 1978 las liberaron porque llegaron a la conclusión de que su precio fijo e igual para todas las compañías frenaba los cambios tecnológicos y originaba una excesiva oferta de prestaciones extras por parte de las mismas, en su intento de competir de algún modo para captar mercado. Estos servicios incrementaban los costos y generaban la necesidad de subsidios estatales (Joskow y Noll 1981, 4-10; Joskow y Rosa 1989, 1469 – 73, 1480 – 86). Como ejemplo de ello, recuerdo un aviso gráfico de aquel momento de la Compañía aérea Swissair, cuyo titular decía: “Si le cuesta lo mismo viajar en cualquier compañía, ¿porqué no lo hace con nosotros?’, acompañado por la imagen era la de una azafata sirviendo a los pasajeros un verdadero festín gastronómico. En el afán por diferenciarse, comenzaba a distorsionarse la finalidad del avión de ser un servicio social.

 

A partir de 1978, la decisión de determinar tarifas fijas o de liberarlas, pasó a ser una decisión que le corresponde a cada Estado, pero éste debe ser responsable de las consecuencias que deriven de la misma.

 

La crisis

Ya liberadas las tarifas, el constante aumento del costo del petróleo empezó a generar dificultades económicas a toda el área, al punto de que las más grandes compañías, tales como PanAm, Braniff y TWA, terminaron en la quiebra.

En este contexto internacional, la década del 80 fue desastrosa para Aerolíneas Argentinas, especialmente, a partir del ejercicio 1983 cuando se transformó en una empresa con un patrimonio neto negativo. Esta situación comenzó a agravarse en 1986, momento en que el Estado dejó de abonarle los subsidios acordados.

 

Algunos políticos y profesionales especializados han difundido el concepto que, hasta su privatización, AA era una empresa estatal eficiente y rentable. Sostienen esta idea en el hecho de que, durante algunos años, sus balances indicaban un resultado operativo positivo pero que, lamentablemente, soportaba pérdidas en rubros no operativos, en especial los derivados de los intereses de su deuda, y que estos absorbían esa ganancia operativa.

Según mi análisis, los hechos son ciertos pero no es correcta su interpretación.

 

La realidad que determina el rubro aeronáutico, tanto a nivel nacional como internacional, muestra que una compañía necesita constantemente realizar grandes inversiones en tecnología y aviones para no quedar fuera del mercado, y poder cumplir con los parámetros de calidad y seguridad que exigen los consumidores y las normas establecidas. Por lo tanto, una empresa aéreo-comercial debe vivir constantemente endeudada. La lógica del emprendimiento debe ser la de obtener con toda la operativa los beneficios suficientes como para cubrir los intereses de su deuda. Esta mentalidad constituye un elemento fundamental para su desarrollo: lo importante no es pagar una deuda, pues ésta se regenerará continuamente, sino poder afrontar los intereses de la misma. Podrá, de este modo subsistir e incluso crecer, si logra incrementar sus ganancias mediante un buen funcionamiento operativo.

En 1989, AA estaba muy lejos de esta posibilidad.

 

 

 

La privatización

Su privatización empezó a discutirse en 1988. El gobierno de Alfonsín, a través de su ministro Rodolfo Terragno, propuso traer como socia, con el 40% de las acciones, a la compañía escandinava SAS (era una buena idea ya que Argentina no cedía el control de la dirección y se asociaba a una empresa con rutas complementarias y no simultáneas como sucedió posteriormente con IBERIA). Paradojalmente, una negativa total del peronismo a aceptar el traspaso impidió la operación.

Pero en 1991, fue el mismo peronismo el que inició con Aerolíneas Argentinas un proceso de privatización, hoy muy cuestionado por su vinculación con la corrupción y la desocupación. A través del tiempo, se creó un mito con la venta de la compañía aérea: se asegura que en lugar de venderla, se la “regaló”.   

Nada más lejos de la realidad.

 

Para acceder a las bases de la privatización de Aerolíneas Argentinas, los interesados debieron abonar nada menos que u$s 400.000 por el pliego de condiciones impuestas por el Gobierno de Menem. Once empresas lo pagaron. De todas estas, sólo la compañía estatal española IBERIA terminó ofertando. Los directivos de las restantes aclararon que no llegaron siquiera a ofertar porque las condiciones de venta superaban al valor real que tenía la compañía argentina.  

El tiempo les dio la razón. Desde 1992 hasta su transferencia a Marsans, en 2001, Aerolíneas Argentinas, en manos de IBERIA+SEPI, perdió más de mil quinientos millones de pesos (y eso que los españoles pagaron sólo una parte de la compra). Pero adicionalmente y según las cuentas del Tribunal de Cuentas de Madrid, el gasto real que insumió AA para el estado español en valores constantes fue insólito: más de tres mil millones de euros.

 

Nacionalización de empresas privadas

Dentro de una economía capitalista no corresponde la instalación de un estado empresario, entonces, ¿Qué ideas respaldan la nacionalización de empresas privadas en ese ámbito?

1) La adhesión ideológica a un Estado empresario; 2) La preservación de las fuentes de trabajo; y 3) Sostener una idea de soberanía que se identifica con lo nacional y estatal en contraposición con lo privado y/o extranjero.

A esto habría que agregarle la consabida oportunidad que se les presenta a los políticos y empresarios afines al gobierno para generar negociados personales. No hay que olvidar que las ocasiones de corrupción se dan tanto con las privatizaciones, como con las nacionalizaciones. 

 

Voy a desarrollar un poco el ítem relacionado con las fuentes de trabajo. Recordemos que, por preservarlas, durante décadas el Estado se fue haciendo cargo de una cantidad desmesurada de empresas privadas. En 1989, ya era dueño o formaba parte, al momento de la hiperinflación de Alfonsín, de la impresionante cantidad de 514 empresas. La casi totalidad de ellas habían seguido dando las mismas pérdidas que cuando estaban en manos privadas, por lo que sus subsidios engrosaron el déficit y potenciaron la emisión de moneda, y con ella, la inflación.

Desde caramelos hasta motocicletas, desde el gas hasta los transportes, desde empresas de comunicación hasta asesorías laborales, ya no había rubros en donde el Estado no hubiera tenido que realizar alguna operación de salvataje. Sin lugar a dudas, todas las fuentes de trabajo que transitoriamente se preservaron, terminaron siendo muy costosas por los cuantiosos subsidios que conllevó sostenerlas.

Es que durante muchos años, bastaba que una empresa tuviera dificultades económicas y amenazara con cerrar, para que un grupo de operarios y empleados la ocuparan reclamando al Estado que desplazara a sus dueños y se hiciera cargo de la misma.

El aumento de los porcentajes de desocupación que se padeció durante la década del 90’ no sólo fue producto de una política económica que olvidó tender redes de contención social, sino que también fue el resultado de un sinceramiento de la situación laboral en la Argentina. Durante décadas, el Estado (fuera éste civil o militar) no sólo disimuló la desocupación real con la contratación de enormes contingentes de personas que superaban con creces las necesidades laborales que tenía la administración pública, sino que también la disimuló haciéndose cargo del personal de las empresas privadas que no podían competir adecuadamente en sus respectivos rubros.

 

El mercado actual

En los últimos dos años, cerraron 37 compañías aerocomerciales en el mundo. La suba del petróleo está fulminando la ya de por sí escasa rentabilidad que hay en el rubro. Es que la incidencia que tiene sobre los costos es terrible. Por cada dólar que aumenta el barril del crudo aumentan los costos de las aerolíneas en más de mil quinientos millones de dólares. Enormes empresas se fusionaron con otras, o cambiaron de dueños o, simplemente, su supervivencia dependerá de la asistencia económica que les pueda proveer sus propios Estados. Air France logró fusionarse con KLM,  Virgin con SNBrussels y US Airways con United. La italiana Alitalia está a la deriva, Iberia se alió con American y la British, etc. etc.

 

¿Qué posición ventajosa puede llegar a tener Aerolíneas Argentinas en manos del Estado?  

Tiene costos exorbitantes; no puede acceder a un desarrollo exitoso sin invertir grandes capitales (que no dispone); tiene una rentabilidad histórica negativa o bajísima; y está íntimamente vinculada al alto precio de un producto energético (petróleo), cuya producción local es cada vez menor, y a todos los vaivenes de la política nacional.

Hoy por hoy está inmersa en una crisis económica y sindical que implica un rediseño permanente de sus mecanismos de funcionamiento. Para paliar las pérdidas aún le quedará el recurso de liberar los precios y tratar de controlar las huelgas de sus empleados, algo que no se preocupó por hacer cuando la compañía estaba en manos de los españoles.

Por supuesto, los sindicalistas y políticos están de parabienes. Una reciente declaración del titular del gremio, Ricardo Frecia, sintetizó claramente los fines que persiguió en su constante boicot a las actividades de AA en la gestión anterior: “Tras 15 años de políticas neoliberales en la empresa, quizás hoy resulte la solución la gestión a cargo del Estado”. El diario Perfil le retrucó, muy acertadamente, que en el rubro, durante la década menemista, no hubo libre competencia (uno de los paradigmas del neoliberalismo) y que en los últimos cinco años no se aplicó ningún tipo de política de mercado (sino todo lo contrario). 

Funcionarios y sindicalistas seguirán viajando gratis, manejarán flujos de caja importantísimos cuyo destino total nunca será lo suficientemente aclarado, sus operarios estarán contentos porque su fuente de trabajo estará asegurada (hagan lo que hagan el Estado no podrá despedirlos), y la pérdida económica no implicará peligro de quiebra alguna, porque los gobiernos no la dejarán caer.

Claro que, este constante drenaje de dinero terminará pagándolo la población entera con sus impuestos, y éstos no serán justamente aplicados a mitigar la pobreza…

 

Los objetivos de tener una compañía aérea estatal.

En primer lugar y ante el rumor de que el gobierno KK licitará una nueva privatización, puedo casi asegurar que esto no tendrá lugar. Hay dos razones para pensar esto:

Primero, los sindicalistas no querrán volver a perder sus privilegios, por lo que cualquier licitación acarreará fuertes conflictos con los gremios. No olvidemos que, con el correr de los tiempos, el sostén principal de este gobierno ha sido una gran parte del sindicalismo peronista.

Segundo, porque no habrá ningún interesado. Si Aerolíneas Argentinas era una “figurita difícil” en 1991, hoy es, lisa y llanamente, invendible.

Es por esto que habría que replantearse la situación asumiendo que en el futuro inmediato estamos destinados a sostener una AA estatal, por lo que podríamos pretender que el gobierno nacional fije un claro objetivo de acción para la compañía.

No tiene el mismo sentido social comunicar mediante rutas aéreas a todo el país, que hacerlo sólo en aquellas rentables. Éstas pueden ser cubiertas sin dificultades por las actuales empresas aéreas privadas. En cambio, cubrir estratégicamente todo el territorio de la nación teniendo en cuenta las necesidades poblacionales y de carga, es fomentar el federalismo y las economías regionales. La creación de nuevas rutas aéreas promoverá la expansión de la población en el interior del país y ayudará al desarrollo comercial e industrial de áreas poco pobladas de nuestro territorio.

La pérdida operativa que implicará, seguramente, esta política, deberá ser cubierta por subsidios, pero esta fuerte erogación tendrá un sentido nacional  integrador y cumplirá una máxima que debería tener todo gobierno: donde al inversor privado no le interesa estar, es indispensable que esté el Estado. En una época, la compañía aérea estatal LAPA ayudaba más a construir ese país deseado que la misma AA o Austral.

Por el contrario, las operaciones aéreas internacionales, a la luz de los altísimos costos actuales, sólo poseen la utilidad de alimentar al ego nacional. Dados los cuantiosos fondos que requerirán, sería antisocial subvencionar su actividad, pues éstos podrían ser usados en educación o destinados a la alimentación de los sectores más carenciados, en vez de aplicarse a financiar los viajes al exterior de los únicos que, en general, pueden acceder a ellos: el sector más pudiente de la sociedad. Una interesante solución para preservar la marca AA y las rutas internacionales sería la de reflotar una vieja idea de Terragno: en lugar de esperar un socio solvente e importante (que no aparecerá), salir a buscarlo entre las líneas aéreas cuyas rutas puedan complementarse con las nuestras.

 

Por lo tanto, en una primera etapa, si transformáramos a Aerolíneas Argentinas en una gran empresa estatal de cabotaje que cubra todo el país y que lo haga con dos cabeceras más (una operando del centro al sur, y la otra en el norte), lograríamos llevar adelante una estrategia nacional posible que beneficie el tráfico en, de y hacia el interior del país, y que sería de gran ayuda para descentralizar Buenos Aires.

 

Lamentablemente, no creo que con nuestro actual gobierno exista la posibilidad de construir una política de aeronavegación con una proyectiva nacional y federal. No olvidemos que fueron los KK quienes crearon a LAFSA, una extraña aerolínea estatal creada en el 2003, que nunca tuvo aviones, pero que tiene más de cien empleados y ya gastó casi cien millones de dólares.

Pero lo más sorprendente es que todavía existe.

 

Enrico Udenio

27 de julio, 2008

 

 

 

 

Categorías: Actualidad · Política y economía

UNA PROFECÍA AUTO-CUMPLIDA

Julio 20, 2008 · 20 comentarios

Cuando el jueves 18 leí en algunos matutinos que el ex presidente Kirchner había intentado impulsar la renuncia de su esposa, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, pensé que un proceso de profecía auto-cumplida se cerraba total y perfectamente ante el azoro de los argentinos. Por suerte para la salud política del país, no se concretó  positivamente ese estímulo.  

 

La psicología define al concepto de profecía auto-cumplida como una expectativa o predicción, en la mayoría de las ocasiones de inclinación negativa, cuyo efecto hace que quien la proclama realice, de manera inconsciente, actos que conducen a que se cumpla lo predicho.

 

¿Qué determina que las expectativas negativas terminen por hacerse realidad?

Ocurre que cuando miramos a la realidad desde nuestro pequeño mundo, es decir, de modo muy cerrado y subjetivo, aumentan las probabilidades de que comuniquemos ese sesgo negativo e influyamos, de este modo, en la conducta del otro.

 

Es un fenómeno interesante, porque los individuos raramente son conscientes de que han sido las propias expectativas las que han influido sustancialmente en el comportamiento del otro. Pero los hechos que generalmente se desencadenan a partir de esas predicciones muestran que el potencial de los equívocos y la perpetuación de los prejuicios entre los participantes sociales propician ese resultado final no deseado.

 

La rebelión del sector agrario, claramente determinada por la defensa de sus intereses comerciales, pudo haber sido controlada en pocos días, pero los Kirchner motorizaron un ciclo en espiral en el que, una y otra vez, se cerraron en sus expectativas negativas denunciando como golpistas a todos los principales actores sociales que participaban o apoyaban las posiciones del campo. El círculo del poder ejecutivo maltrató a todo aquel que se le oponía, mientras promovía en la sociedad la amenaza de que se estaba gestionando un golpe de estado. En consecuencia, su comportamiento estuvo acorde con la hipótesis de que había intenciones políticas ocultas detrás del conflicto desatado. 

 

Fueron numerosas las señales que dio la mayoría de la sociedad para que los Kirchner dejaran de lado sus expectativas negativas: desde la defección de importantes políticos dentro del mismo partido político gobernante hasta la unión de buena parte de la oposición, pero en los más de cuatro meses que duró la rebelión federal, los representantes del oficialismo hicieron todo lo imaginable para enervar, someter y acallar a aquellos que dudaban de la conspiración denunciada.

Pero cada movimiento que hacían los Kirchner en pro de solucionar el conflicto parecía destinado a confirmar que sus expectativas negativas eran ciertas pues se producía el efecto inverso. Las embestidas físicas, impulsadas por los grupos de choque liderados por D’Elía y Moyano; así como las agresiones verbales, difundidas por el matrimonio Kirchner y la mayoría de sus ministros y funcionarios, lograban sumar más adversarios en vez de convencer del inminente peligro que acechaba al país.

Los cortes de rutas y calles  –una ilegal modalidad argentina de protesta desde 1998 en adelante- y la preocupación por sus consecuencias con relación al abastecimiento de productos, crearon el ambiente propicio para impulsar todo tipo de teorías conspirativas. Por otra parte, las respuestas agresivas y acusadoras por parte del gobierno retroalimentaron el conflicto en lugar de apaciguarlo. Finalmente, el cruce de informaciones en pro y contra de esas expectativas golpistas y el resultado del senado rechazando la posición de los Kirchner, cerraron el círculo tan temido por el gobierno.  

 

Cuando en la medianoche del miércoles 16 de julio, la presidenta Cristina supo que su vicepresidente, el Ingeniero Julio Cobos, desempataría la votación del senado en contra de la implementación de la Resolución nº 125, finalizó un proceso de deterioro auto infligido.

¿Qué actitud esperaban de un hombre que no pertenecía al peronismo y al que habían maltratado hasta el punto de decirle que no tenía derecho a pensar ni hablar por sí mismo?

 

 

¿Nace una Argentina republicana y federal?

En mi último ensayo, “La Hipocresía Argentina”, editado a fines del 2007, dedico más de un tercio del libro al grave problema de la macrocefalia del país y a la imposibilidad de un desarrollo socio económico de espaldas al campo y que ignore al artículo primero de la Constitución, que establece para la nación el sistema democrático, republicano y federal.

Al momento de escribirlo, pensaba que en algún momento, se produciría la rebelión del interior del país, y así lo expresé en mis páginas. Pero también me encontraba lejos de sospechar que una revuelta de la magnitud que se produjo se daría a pocos meses de haberla vaticinado.

No hay demasiadas dudas de que la historia argentina recordará a los últimos e intensos días vividos como un punto de inflexión en el viejo conflicto existente entre los “unitarios” y los “federales”.

Lo que comenzó como un simple reclamo contra el aumento de los impuestos a las exportaciones agropecuarias, terminó, después de más de cuatro meses de lucha, en una increíble e inmensa asonada a favor de la república y el federalismo. Gracias a esto tomaron estado público temas tales como las retenciones no coparticipables; la supremacía del cultivo de la soja; los pooles sojeros en base al arrendamiento de tierras; la siembra directa; las economías regionales; el despoblamiento de los pueblos del interior y la migración de sus habitantes hacia el conurbano bonaerense; y el incumplimiento de los poderes ejecutivo y legislativo en ejecutar una nueva coparticipación federal impuesta en la Constitución de 1994. Hasta este año, no recuerdo a muchos que conversaran sobre estos tópicos.

Creo que, por fin, quedó claro para todos que sin promover el crecimiento socio económico de las provincias no puede haber un buen desarrollo sustentable posible para el país.

Además, cuando el Poder Legislativo le puso un límite al avance hegemónico del Poder Ejecutivo revaluó la importancia de las instituciones de la república. Quizás ahora, el Poder Judicial se anime a accionar en esa misma dirección.

 

Lo que resulta paradójico es que toda esta revolución republicana y federal haya que agradecérsela al matrimonio Kirchner. Sería una ironía de la historia que, a la distancia, se considerara a su intransigente postura política su acción de gobierno más importante pues le sirvió al país para unirse detrás del artículo primero de la Constitución Argentina.   

 

 

¿Qué viene ahora?

En primer lugar, no encuentro argumentos para mantener la ilusión de un probable cambio en la política de gobierno. No creo que suceda. Sólo basta leer el texto de la suspensión de la Resolución nº 125, el que expresa con suficiente claridad que, para nuestra presidenta, los opositores a la resolución siguen siendo golpistas y personifican un modelo de país injusto para las clases más carenciadas. Es imposible pensar que exista una Cristina Fernández políticamente diferente a su marido Néstor Kirchner.

En un matrimonio en el que la política es un tema de muy poca relevancia, es probable que ambos miembros de la pareja puedan tener diferentes ideologías sin que esto genere conflictos.

 

Pero en el caso de los Kirchner, en el que la ideología y el poder político han sido los factores más importantes de sus vidas, es impensable considerar que uno pueda llegar a ser diferente al otro.

Por lo tanto, los tres años y medio que faltan para que finalice el mandato del matrimonio presidencial, probablemente transcurran en medio de serios conflictos ocasionados principalmente por los siguientes factores:

 

1)     La carencia casi total de inversiones productivas. No las hay y no las habrá. La única nación que parecía confiar en el gobierno argentino era España. La nacionalización de Aerolíneas Argentinas la terminó de debilitar. Como la compañía perdía muchos millones antes de su privatización, en 1991, y los sigue perdiendo hoy, nadie duda de que el Estado deberá subsidiarla –más aun con el altísimo costo actual del petróleo- aumentando su ya abultada cifra del gasto público. Esta realidad económica promueve en los empresarios españoles la convicción de que su nacionalización es (más allá de lo mal administrada que estaba) producto de las presiones sindicales o de la oculta intención de algunos funcionarios de generar negocios muy personales. Eso nunca ha sido positivo para promover inversiones en un país. Sin una justicia que los defienda ante los actuales abusos del gobierno y de los sindicatos, sin estadísticas confiables y con un mercado inestable que depende mucho de los subsidios estatales,  los empresarios nacionales y extranjeros no invierten desde hace muchos años. Los datos internacionales muestran que la Argentina es la nación de América Latina que menos inversiones ha recibido en los últimos cuatro años. La crisis energética  –ya se importan gas y electricidad y dentro de dos o tres años deberá importar petróleo-, y el endeudamiento cada vez mayor que tiene el país –está hoy ya en los niveles previos a la renegociación de la deuda– agravarán el proceso inflacionario y recesivo.

 

 

2)                 La carencia de datos estadísticos fidedignos. Muchos piensan que la farsa del INDEC, si bien es molesta y perjudicial para la imagen del gobierno, es sólo una cuestión formal de relativa importancia. No es así. Por el contrario, este es el principal promotor de la inflación interna y uno de los causantes de la desinversión en el país.

Hay que evaluarlo desde la visión de una economía práctica. Por ejemplo, ¿qué comercio podría tomar decisiones sobre sus compras y gastos sin contar con la información de cuánto ha vendido en el mes, cuánto ha gastado y cuál ha sido el costo de lo vendido? ¿Y si no pudiera tampoco comparar esto con los datos de un año atrás o con lo que hace o hizo la competencia? En estas circunstancias, el comerciante sólo puede dejarse llevar por sus instintos, los cuales se sensibilizan muchísimo si, ante la falta de una información objetiva, las posibilidades de error se incrementan. Esto promueve expectativas negativas en lugar de positivas y el accionar coherente con esto es subir los precios para “cubrirse” ante una inflación que, para él es imposible de determinar.

Si contáramos con una Cristina con capacidad y coraje para el cambio, su principal acción de gobierno sería echar a Moreno, y a todos los funcionarios que este personaje instaló en el INDEC, para volver a poner en funciones a los anteriores restaurando la metodología clásica y confiable del armado de las estadísticas.

Más allá de que nuestros deseos tiendan a una evaluación positiva del futuro inmediato, si no contamos con datos reales socio-económicos, la inflación no tiene posibilidades de ser controlada.

  

3)                 La caja de dinero estancada. El presidente de Brasil ha dicho que encarará el problema internacional del aumento de precios de los alimentos basándose en el concepto económico de la oferta y la demanda. A mayor presión de la demanda, mayor promoción de las inversiones para incrementar la oferta y equilibrar lo más que se pueda el consumo, lo que redunda en un control de la inflación. Como la Argentina no tiene inversiones, no está en condiciones de producir más, por ende la “torta” de la producción de riquezas mantiene el mismo tamaño que en los últimos dos años, pero las necesidades de gastos han aumentado en mucho.

Es que para que la inflación y la pobreza no se “disparen”, los Kirchner han creado una maraña de subsidios –sólo Dios sabe cómo y quién podrá en el futuro desactivarlos- que ha llevado al país a una situación económica y financiera extremadamente delicada. El año pasado lograron “cerrar los números” con el traspaso compulsivo de aportes jubilatorios que mudaron de las AFJP a ANSES. Por supuesto, gran parte de ese dinero ya desapareció en el gasto público.

Este año, el intento de obtener una mayor recaudación a través del aumento de las retenciones aduaneras a los productos agropecuarios, fracasó. Este resultado abre una incógnita:

 ¿De dónde saldrán o a quién le sacarán los fondos que el “modelo Kirchner” necesita para cubrir el déficit que se avecina?  Del exterior, seguro que no, porque salvo Venezuela –que lo hace con cuentagotas y a altos intereses- no existe ninguna posibilidad de que otro país o entidad bancaria nos preste dinero. Por lo tanto, estos tendrán que provenir del mercado local y obtenerse a través de bonos –cada vez más caros y menos disponibles, además de que aumentan la deuda interna- o a través de nuevos impuestos. Es evidente que cuando la “torta” que hay que repartir no se puede agrandar, habrá que quitarle a alguien una parte del pedazo que ya tiene. Esto significará conflictos de intereses económicos en un futuro inmediato.  

  

 

4)                 La pérdida de la hegemonía del poder político y económico. Sigue sorprendiendo cómo el gobierno ha despilfarrado su hegemonía política detrás de un capricho o por causa de un desborde o desequilibrio emocional. En sólo cuatro meses derrumbó parte de la estructura que había logrado construir a lo largo de cinco años.

Un símbolo de la postura política ya casi suicida del kirchnerismo fue la frase del líder de la bancada de senadores peronistas, Miguel A. Pichetto: “se rompe, pero no se dobla”, frase que, seguramente, pasará a formar parte de la historia política del país. No por novedosa, pues se trata de una máxima radical (final y tristemente cumplida en la UCR), sino por tratarse de una sugerencia absurda para cualquier peronista de ley. Si hay un partido político que puede exhibir como una máxima sagrada el refrán verdadero y opuesto (“se dobla, pero no se rompe”), es en realidad, el justicialismo.    

Con gente de su propio partido que ya está planificando la sucesión -y nadie como el peronismo tiene la capacidad y la habilidad para hacerlo- sólo cabe esperar para el futuro un desempeño condicionado a los resultados de las elecciones legislativas del año que viene. Para el caso de que Kirchner quiera mantener su alto nivel de confrontación, deberá buscar mucho apoyo en los extra partidarios, porque el que le da hoy el sindicalismo, tiene altas probabilidades de desaparecer mañana. No nos olvidemos, a simple título de ejemplo, que el sindicalista que más lo respalda en la actualidad, el camionero Hugo Moyano,  apoyó totalmente en la elección presidencial de 2003 a uno de los más acérrimos adversarios de Kirchner: el sanluisino Rodríguez Saa.   

 

   

¿Qué pasará con la “Mesa de Enlace”?

El campo puso el límite que el país necesitaba para frenar el autoritarismo del poder ejecutivo. Impensadamente, cuatro organizaciones con intereses propios y diferentes, se unieron detrás de un proyecto en común: derogar las retenciones móviles a las exportaciones agrícolas. Pero al poco tiempo, conscientes de su sorpresiva fuerza, subieron la apuesta y pusieron sobre la mesa la problemática federal.

De los ingresos fiscales de todo el país, el 72% se lo queda la Nación mientras que las  provincias recaudan y reciben sólo el 28% restante. Si agregamos la circunstancia que desde hace una década los gobiernos provinciales deben hacerse cargo de los gastos que requieren la salud y la educación, estas cifras son ridículas y notablemente injustas.

Mientras que el gobierno nacional se preocupa en controlar mediante los subsidios sociales a la población reunida en el conurbano y en las villas de emergencia, la pobreza e indigencia en que se encuentran la mayoría de las provincias del país es vergonzosa.

 

A partir de ahora, ¿Podrán las cuatro organizaciones agropecuarias seguir unidas, a pesar de que representan intereses diferentes, y confeccionar una propuesta federal en común, en el que cada una de ellas acepte renunciar a una parte para integrarse a un todo?

 

 

Si me guío por los antecedentes que muestran los doscientos años de desencuentros de la historia argentina, no tengo esperanzas de que este acuerdo se concrete.

Ahora bien, si elijo las imágenes finales de la extraordinaria película que vimos durante estos últimos cuatro meses, quizás sea posible. Veremos. 

 

Enrico Udenio

20 de julio 2008

Categorías: Actualidad · Política y economía

EL DESBORDE EMOCIONAL Y DESEQUILIBRADO

Julio 14, 2008 · 18 comentarios

 “La cultura política argentina tiene una extraña fe en las palabras; se cree que ellas resuelven los problemas”  – Nicolás Shumway -Director de Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Texas.

 

El discurso manipulador

En la Argentina son usuales los comentarios socio-políticos y económicos que contienen mucha carga emocional. La mayoría de los intentos de racionalizar el tema, para poder establecer un diálogo más igualitario, se frustran ante la incoherencia y la descalificación agresiva y persecutoria.

Tampoco son inofensivas ni gratuitas las expresiones que emanan del círculo central del poder político. Desde el año 2003, una y otra vez los Kirchner y compañía acusaron a terceros de todos los males que asolaban a este país. Es bien conocida la táctica política – de origen fascista y totalitaria- de denunciar un enemigo interno (o externo según sea el caso) para estimular un pensamiento nacionalista y recibir, mediante esa manipulación, el apoyo popular. En Argentina la utilizaron la mayoría de sus gobernantes, hayan sido éstos militares o civiles, de facto o ungidos por el voto popular.

Kirchner no manifestó tener problemas mientras las acusaciones caían sobre las dictaduras militares, el neoliberalismo, Menem, el FMI y los Estados Unidos. Pero las dificultades aparecieron cuando ese discurso se fue agotando por el cansancio de escucharlo o por el simple paso del tiempo. Es que la última dictadura militar cedió el poder hace veintitrés años; Menem dejó la presidencia hace diez; la política económica señalada popularmente como “neoliberalismo” (1980-2000) perdió su vigencia internacional, el FMI cobró el 100% de la deuda y se olvidó de la Argentina, y los Estados Unidos están, desde hace tiempo, ocupándose principalmente del actual líder sudamericano: Brasil.

 

En estos momentos, cuando el matrimonio presidencial argentino quiere traer al centro de la escena a un claro enemigo interno, los resultados ya no son los mismos. Al acusar a la terna “campo-grupos de derecha-sectores del peronismo de los 90” como golpistas que “promueven un modelo de país injusto”; o al señalar a un pequeño productor y líder de la protesta agropecuaria, Alfredo De Angelis, como “oligarca”; o a la Federación Agraria, bien conocida por su inclinación socialista, como un grupo de derecha que busca desestabilizarlo, dobla la apuesta en un juego en el que cada vez menos gente cree y participa. El riesgo de sufrir una caída libre al vacío institucional es muy elevado.

 

Recuerdo una leyenda israelí que cuenta que había una vez dos amigos que, no obstante estar condenados a muerte, conquistaron la simpatía del rey. Éste decidió ofrecerles una oportunidad para superar el trance: unió dos picos de una profunda quebrada mediante una soga y prometió a los condenados que si lograban pasar al otro lado, les concedía la vida. El primero de los dos, bambaleándose, logró finalmente cruzar. El otro, antes de intentarlo le preguntó a su amigo cómo lo había logrado. El compañero le contestó que no lo sabía. “¿Pero algo habrás hecho para no caerte?” -insistió el otro. “Y sí –respondió el que estaba ya a salvo- cada vez que me inclinaba demasiado para un lado, enseguida equilibraba mi cuerpo yendo para el otro”.

 

Es evidente que los Kirchner no pueden equilibrar su gobierno y probablemente terminen cayendo al abismo. La tragedia mayor será que se lleven con ellos al país entero en esa caída.        

 

La carga emocional

Las diferencias en política deberían negociarse sólo a través de un intercambio de ideas razonables, dejando que la pasión emocional incontrolada quede reducida al fútbol. La inteligencia emocional es el conjunto de habilidades que sirven para expresar y controlar los sentimientos de la manera más adecuada en el terreno personal y social.

“Siente el pensamiento, piensa el sentimiento”, decía el filósofo y escritor español Miguel de Unamuno (1864-1936), precursor del movimiento filosófico existencialista.

 

Cualquier mirada sobre la realidad se distorsiona cuando la carga emocional es elevada.

Por ejemplo, en el tema actual de la crisis del campo es habitual que, en un diálogo con los adherentes al oficialismo, cuando se intenta defender la posición de los productores con relación a las retenciones móviles, se reciban respuestas que no se corresponden directamente con el planteo, como es el caso de las alusiones a lo mal que estaba el campo durante la década del 90 y lo bien que está ahora; o a que “con la comida no se jode”; o a que son “golpistas”. La apuesta descalificadora puede llegar a aumentar y, entonces, pasar a la categoría de “h… de p…” que someten al pueblo, o incluso, que fueron cómplices de las dictaduras militares pasadas. Y, en el mejor de los casos, si el interlocutor es un oficialista benevolente puede ser que emita un comentario tal como que no son “malos” sino, simplemente, idiotas útiles manipulados por los “malvados intereses de la oligarquía”. Todas respuestas emocionales que alejan la posibilidad de un intercambio racional de ideas.

Cuando esto sucede, queda en evidencia la extraña conexión entre los hechos que hacen los acusadores. ¿Cuál es el mecanismo que hace que vinculen la defensa de los intereses económicos de un sector de la población que se siente amenazado por el Estado con, por ejemplo, la desaparición física de miles de personas o la hambruna de otras tantas?

Este tipo de asociaciones hace imposible encauzar cualquier diálogo de manera racional.

 

Respecto a esto me viene a la memoria un relato alegórico situado en los años setenta: un grupo de legisladores norteamericanos son invitados a visitar la Unión Soviética. Una mañana, los funcionarios rusos los llevaron a visitar su famosa estación de trenes en Moscú. El líder del grupo soviético comienza a explicar las bondades del sistema ferroviario diciendo que “de este anden sale un tren para Kiev cada dos minutos, del siguiente sale otro tren para Stalingrado cada tres minutos…” y así sucesivamente hasta que uno de la comitiva norteamericana lo interrumpe para decirle: “Perdón, no quiero incomodarlo pero ya pasaron casi diez minutos y no vimos salir ningún tren de ningún andén”.  Se produjo un tenso silencio hasta que el ruso reaccionó respondiéndole: “¿Y ustedes qué tienen para decir? ¿Acaso no matan a los negros?”

 

La Argentina enemiga

En realidad, hay algo que se da por hecho en el estudio de la historia política de las ideologías. Todas quieren lo mismo. Fascistas, capitalistas, marxistas y anarquistas. Liberales, conservadores y socialistas. La derecha y la izquierda. Todas quieren que se aumente la riqueza, que se distribuya mejor, que haya igualdad de oportunidades para el hombre, más trabajo, más y mejor educación. Nada de pobres, menor delincuencia, mayor respeto en la convivencia, ciudades limpias, acceso popular a la cultura, etcétera, etcétera.

La diferencia se encuentra, entonces, no en los fines sino en los medios. Cada sector o ideología tiene un pensamiento propio sobre cuál puede ser el mejor y más seguro camino para acceder a todas esas maravillas económicas y sociales.

Si partimos de esta premisa, un hombre de derecha y otro de izquierda, por ejemplo, pueden sentarse y dialogar hasta el infinito sobre cuál de los dos caminos que proponen ambos es el más eficiente, o justo, o equilibrado, para lograr esos fines. Lo más probable es que ninguno llegue a convencer al otro pero existen muchas posibilidades que encuentren coincidencia en más de un pensamiento.

 

Esto jamás será posible si, como sucede en la Argentina actual, se le niega esos fines al opositor y se lo convierte en un enemigo a quien hay que humillar o someter. Incluso no interesa demasiado si los hechos no le dan la razón al agresor: Se los niega o se los desvaloriza, como sucedió con las evidencias del aumento de la pobreza o de la poca inversión en obras que favorezcan a los sectores carenciados a pesar de los cuantiosos ingresos fiscales de los últimos años.

Ejemplos tenemos a granel. Citaré sólo dos para no extenderme: los dirigentes de la CTA, la importante central obrera independiente, a la que no se puede tildar de “oligarca, reaccionaria ni derechista”, han denunciado una y otra vez que el crecimiento económico del modelo K no sólo se asentó sobre la base de la desigualdad social sino que la ensanchó. Por el lado de las continuamente promocionadas obras públicas, en el 2004 y 2005 se prometió, con grandes despliegues publicitarios, la construcción de 420.000 viviendas. Después de cuatro años se cumplió con sólo el 15% de ellas.   

 

Está fuera de toda duda lo imprescindible que es el Estado en la construcción de una sociedad que reúna las condiciones básicas para que sus habitantes accedan a una vida digna. Lo que está en duda es el destino real de la mayoría de esos formidables fondos que, fundamentalmente, provee el campo.  

 

Gobernantes desequilibrados

Reiteradamente he dicho que los gobernantes de un pueblo no pueden ser muy diferentes a lo que es el pueblo mismo. Por ello, éste no puede ser inocente si sus creencias lo impulsan a elegir representantes emocionalmente poco equilibrados.

Pero un pueblo puede concientizar sus errores para aprender a no repetirlos. 

 

La Lic. Alicia López Blanco, en su libro “Por qué nos enfermamos”, editado por Paidós, comenta:

“Nuestra existencia está siempre vinculada a otros seres humanos. Pertenecemos a una familia, a una comunidad, a un grupo de amigos, a un grupo de trabajo y a tantos colectivos como roles ocupamos en la sociedad en la cual estamos insertos. (,,,) El conflicto forma parte de la vida misma. (…) Con el desarrollo de la cultura, la manera de superarlos ha evolucionado, en el mejor de los casos, hacia formas más civilizadas de manifestación, pero el ser humano ha tenido siempre que lidiar con sus dificultades a la hora de resolverlos de manera asertiva, esto es de forma directa, honesta y sin atentar contra los derechos de la otra persona.

Podríamos agrupar nuestras respuestas a los conflictos interpersonales en tres grupos:   – la lucha, expresada en forma de agresión física o verbal; – la huída, mediante la evitación o actitud pasiva;  y – la confrontación asertiva, que incluye la capacidad verbal y afectiva para resolver el problema.

A su vez, la conducta asertiva se asienta sobre algunas capacidades, estas son:

La empatía o poder situarnos en el lugar del otro;

La de poner límites o poder decir que no sin agredir;

La de reconocer las propias limitaciones y errores;

La de poder, según la ocasión y necesidad, solicitar ayuda o enunciar nuestros deseos;

La de reconocer y expresar los sentimientos tanto positivos como negativos, éstos últimos sin lastimar;

La de relacionarnos socialmente.

La de ser capaces de controlar y manejar responsablemente las emociones y ordenarlas de acuerdo a valores de vida.

La de ser capaces de superar las dificultades y tolerar las frustraciones.

 

… Si la respuesta ante el conflicto es de lucha, la tendencia será insultar, acusar o amenazar, lo que determinará un estilo agresivo. Si la reacción es de huida, la tendencia será la no expresión de los deseos, opiniones o intereses, y el estilo será pasivo. Si la reacción es expresar los propios sentimientos, opinión e intereses respecto a la situación respetando los sentimientos de la otra persona, el estilo será asertivo.”

 

Sería beneficioso para el país que los Kirchner dejaran su patrón habitual de respuesta de lucha (agresiva y descalificadora hacia la oposición), más adecuado a líderes de un centro de estudiantes que a presidentes de una nación, y se dedicaran a desarrollar cualidades de asertividad.

Por otra parte, la autora describe, entre otras, ciertas conductas negativas que no favorecen las relaciones interpersonales. He seleccionado las que me parecen corresponder más al matrimonio Kirchner y a los más importantes funcionarios del gobierno argentino:

 

La negatividad, tender siempre a ver el lado desfavorable de las cosas señalando lo que está mal o falta, estando siempre pendientes de lo que no está, o que no está como nosotros pensamos que debería.

La crítica negativa, una censura de las acciones o conducta de alguien. Implica una descalificación de quien el otro es o hace. Su diferencia con la crítica constructiva es que ésta pone el acento en aquello que se puede mejorar y adiciona propuestas en esa dirección.

La oposición, contradicción o resistencia a lo que el otro hace o dice. Puede expresarse en la conducta de manera activa y beligerante, o en la forma de rebeldía pasiva esto es, conductas agresivas encubiertas como, por ejemplo,  las que realizaba el personaje del programa infantil mejicano “El chavo del ocho” que perjudicaba al otro “sin querer, queriendo”.

La burla, con la que se procura poner en ridículo a alguien mediante alguna acción, ademán o palabras, y el sarcasmo, en el que la burla eleva su intensidad y llega a convertirse en mordaz y cruel. Ambos son formas de agresión encubierta en las cuales, desde una sensación de superioridad, se utiliza al humor como medio para expresar crítica o desaprobación.

La intimidación, infundir en el otro miedo para someterlo y obtener algún tipo de beneficio.

La manipulación, distorsionar la verdad para conseguir que el otro haga algo que beneficia mayormente a quien la ejerce. Implica un grado de astucia por parte del que manipula y de inocencia por quien la recibe, el cual puede llegar a renunciar a sus valores, principios y objetivos para satisfacer los de otra persona. En general se basa en tres estrategias principales: la amenaza velada, la crítica encubierta, o la generación de lástima ubicándose en posición de víctima.

La violencia, el despliegue de furia o fuerza para alcanzar un fin, avasallando los derechos de elegir del otro. Si quien la recibe no tiene capacidad para confrontar, suele conducir a la violencia encubierta pues necesita drenar por otra vía la carga que le produce.

 

Analizando este texto, puede observarse la coincidencia entre las acciones de nuestros gobernantes y las conductas negativas descriptas, lo que deja en evidencia que los destinos de la nación están en manos de personas muy poco evolucionadas.

Esto sí, es muy preocupante.

 

Enrico Udenio

14 de julio 2008

 

Caricatura de Agustín Gomila

 

 

 

 

 

Categorías: Actualidad · Política y economía

LA CUENTA REGRESIVA

Julio 8, 2008 · 21 comentarios

“En la sociedad, el hombre sensato es el primero en ceder. Por eso, los más sabios son dirigidos por los más necios.”  Teofrasto (c. 372-287 a.C.), filósofo griego

 

Cuando en el debate parlamentario sobre las retenciones móviles escuché a uno de los diputados oficialistas decir que los elevados porcentajes de las mismas promovían la inversión y el trabajo no pude menos que sentir, primero, perplejidad, y luego, indignación. ¿Cómo era posible que un político se animara a mentir así? ¿No sentía ningún atisbo de vergüenza al decir eso? Es que se supone que, por su rol, no puede desconocer los elementos más básicos de la economía. Independientemente de la posición ideológica en la que se esté (izquierda o derecha, socialista, liberal o conservador), se sabe que hay una ecuación muy sencilla que se estudia en todas las facultades de economía del mundo: 1) cuantos más impuestos, menos inversión y más desocupación; 2) cuanto menos cargas tributarias existan, mayor inversión y más ocupación laboral. Justamente uno de los secretos de un buen gobierno es establecer un nivel medio de presión impositiva para lograr un equilibrio entre sus obligaciones administrativas y sociales, y las necesidades de desarrollo económico mediante las inversiones de capital y la expansión del empleo privado.

Cincuenta años de experiencias muy diversas de la vida política y económica del país, me han dado la capacidad de observar los acontecimientos desde diferentes puntos de vista, y la facultad de captar cuando un gobierno ha iniciado su cuenta regresiva.    

 

Tarde o temprano, los costos de mentir son muy altos

La Argentina de los últimos años me recuerda a cuando yo tenía 13 años de edad y tuve que mentirle a mi madre por haber llegado muy tarde a cenar. Para ella, la puntualidad a la hora de las comidas era una de sus exigencias más importantes, por lo que, para evitar el reto, decidí montar una escena con fuerte tono dramático. Para hacerla más creíble inventé hechos e involucré a personas reales. Todo fue bien hasta que, por casualidad o por un curso inevitable de la vida, mi madre sintió que la historia “no cerraba”. Ante esta situación, construí nuevas mentiras para explicar lo que comenzaba a ser inexplicable. Después de dos semanas, comprendí que todo lo que decía se acercaba ya a lo ridículo. Entonces, mi madre, ante mi sorpresa, manifestó creerme. A los pocos días, me di cuenta de dos cosas: primero, que decir una mentira para ocultar un error o esquivar una reprimenda, me podía llevar a más mentiras; y segundo, que mi madre, en realidad, sabía que no le había dicho la verdad pero actuaba como si me creyera porque, en mi afán de no darle motivos extras de enojo o duda, había comenzado a obedecerle en todo lo que me pedía.

A partir de este episodio, sólo en pocas ocasiones volví a faltar a la verdad. Había entendido que ser fiel a ella era más conveniente, no por una cuestión de especial honestidad o ética, sino simplemente porque, tarde o temprano, los costos por mentir iban a ser muchísimo más elevados que los de decir una verdad desagradable.

 

Hagamos como… si fuera cierto

A partir del colapso socio económico de diciembre de 2001, se desencadenó una larga serie de mentiras que buena parte de la población prefirió aceptar como verdades, probablemente para satisfacer sus fantasías nacionalistas duramente golpeadas por la esperanza pérdida de “pertenecer al primer mundo”, y la posición humillante en la cual quedó la Argentina con la debacle sufrida.

Señalaré algunas de las mentiras que más han incidido para que el país se encamine hacia una nueva crisis:

 

1)     La pesificación asimétrica fue uno de los tantos inventos económicos argentinos. Como nunca antes había sucedido, durante el gobierno de Duhalde, se produjo la más fenomenal transferencia de riqueza de un sector a otro de la población. Los deudores obtuvieron enormes beneficios a expensas de las enormes pérdidas de los acreedores nacionales y extranjeros. Por supuesto, el Estado logró disminuir drásticamente sus gastos internos medidos en dólares pues la clase trabajadora, que había rechazado duramente el intento del gobierno de Fernando De la Rúa de disminuir sus salarios en un 15%, vio perder en pocos meses el 50% de sus ingresos por causa de los efectos inflacionarios reales de la devaluación, y el abrupto freno del ahorro y las inversiones causado por la incertidumbre jurídica ocasionada por esta ley.

Es que se sabe que sin ahorro no hay capital y sin capital no hay capitalismo. ¿Cómo se le pudo ocurrir a un grupo de políticos, industriales y economistas implementar algo tan destructivo para el sistema capitalista como fue la ley de pesificación asimétrica que destruyó masivamente todos los contratos establecidos? En el proceso de la investigación que realizara para mi libro “Corazón de derecha, discurso de izquierda” (2004), mis colaboradores del exterior me hicieron notar que la pesificación asimétrica era un símbolo representativo del modo en que se hacían las cosas en la Argentina. La frase de uno de ellos lo sintetizó así: “Lo que más sorprende no es la idea en sí, sino cómo el cerebro de un político o un economista argentino puede llegar siquiera a evaluar su implementación. Una idea así jamás se le ocurriría a un economista de otra nación pues es como intentar la solución a un grave problema socioeconómico matando a quien puede lograrla”. 

Los gobiernos de Duhalde y Kirchner implementaron una enorme maquinaria de propaganda para hacer creer a la población “que no había otra solución”. En un país con la extensa experiencia en devaluaciones como es el nuestro, argumentar que la pesificación asimétrica “era la única salida posible” resultaba francamente ofensivo hacia el razonamiento humano. Esta ley generó tanto daño al futuro del país como la cesación de pagos y el posterior manejo de la deuda externa. 

 

2)      Funcionarios, medios de comunicación y distinguidos profesionales se han encargado de transmitir a la población que el canje de la deuda externa fue muy exitoso. Sin lugar a dudas, produce una sensación de alivio el hecho de reducir drásticamente una deuda (que fuera justa o injusta no es tema de esta nota) pero, si ésta fuera la clave del éxito no habría impedimento alguno para que todo el mundo endeudado decidiera no pagar a sus acreedores. Si el desarrollo económico pasara por no pagar las obligaciones contraídas en el pasado, ¿quién no quisiera tenerlo asegurado?

El entonces presidente argentino, Néstor Kirchner, popularizó, también, la creencia de que no se iban a pagar los miles de millones de dólares pertenecientes a los que no aceptaran la propuesta argentina, ya que las resoluciones judiciales terminarían siendo favorables al país y, en el caso de que no lo fueran, igualmente los acreedores no podrían hacer efectivo el cobro.

En realidad, el solo enunciado de la posibilidad de que no cobren es, en sí, una mentira. La experiencia indica que en los default de otros países, se cobraron el capital más los intereses mediante resoluciones judiciales internacionales. Por otra parte, la cantidad de gente que no aceptó la propuesta argentina corresponde a la mitad de todos los tenedores privados de bonos argentinos en el exterior y significa que uno de cada dos acreedores pertenecientes a países poderosos peleará por embargar cuanta propiedad argentina mueble e inmueble transite o exista en el mundo. Políticos oficialistas argumentaron que si el país no tiene nada embargable fuera de sus fronteras, puede estar tranquilo. ¿Hasta cuándo será esto posible?  Un particular o una empresa puede preparar la quiebra o su propio “default” descapitalizándose artificialmente por largo tiempo pero, para una nación, esto es imposible ya que no puede quebrar judicialmente ni transformarse en otra entidad política.

Las calificadoras de crédito internacional han sugerido mucha cautela en las inversiones futuras en la Argentina ante los razonables temores de que vuelva a caer en default cuando la carencia de inversión, el aumento de los impuestos para solventar el incremento del gasto público, y las causas judiciales que deberá enfrentar, deterioren aún más sus perspectivas de crecimiento económico y su capacidad futura de repago de los nuevos bonos.

Después del default se difundió la idea, poco probable, de que pronto volverían los créditos y las inversiones. El hecho de seguir obteniendo ayuda de aquellos a los que dañamos quitándoles un dinero que les pertenecía sin que mediara negociación de partes, dependía de la magnitud de la quita y de la forma en la que se la obtuviera. El caso argentino mostró un recorte descomunal y una manera hostil en la forma de obtenerla. Haber informado al acreedor que no se le iba a pagar entre aplausos y vítores, además de insultarlo reiteradamente calificándolo como idiota útil, explotador, usurero o ladrón, no es el mejor camino a seguir cuando, probablemente en poco tiempo más, se necesite recurrir nuevamente a él.

 

La ironía más dolorosa de esta monumental ficción es que hoy la deuda real argentina ha alcanzado similar monto que la que tenía antes del default. ¡Tanta destrucción generada para un resultado tan pequeño!

 

3)      Cuando Néstor Kirchner supo que los jueces de la anterior Corte Suprema iban a rechazar la pesificación asimétrica, promovió su recambio. Eligió hacerlo de una manera inconstitucional introduciendo la idea de que un fin justo justificaba el indebido medio utilizado. Una norma constitucional, clara y concisa como la imposibilidad de juzgar a los jueces por sus fallos, fue avasallada en el afán político de modificar la corte. A partir de ese momento, ya no existe estabilidad en el cargo para aquellos jueces que se atrevan a dictar sentencias que perjudiquen los principales deseos del Poder Ejecutivo. Ni tampoco hay seguridad jurídica para el derecho de base que sustenta el desarrollo económico capitalista: el derecho de propiedad. En octubre de 2004, la Corte Suprema de Justicia de la Nación convalidó el concepto de que, en un estado de necesidad, un gobierno nacional puede gobernar por encima de las leyes y la Constitución. El argumento esencial que utilizaron los juristas en su dictamen fue que, si bien hay medidas del gobierno que afectan el derecho de propiedad amparado por la Constitución Nacional, éstas deben ser respaldadas judicialmente cuando son adoptadas para paliar una profunda crisis política, económica y social.

En una nación como la Argentina, que vive de crisis en crisis, ese dictamen se convirtió en un peligro contra la institucionalidad, pero casi nadie osó alzar la voz en contra de ese fallo. Sólo una Jueza en lo Comercial, Julia Villanueva, rechazó la decisión de la Corte Suprema con el principal argumento de que: “Las emergencias, las crisis, las necesidades del Estado, son el presupuesto implícito de las garantías constitucionales. Sostener que éstas se desdibujan cuando se configuran las emergencias no es sólo un contrasentido, sino que es también desconocer que en un Estado de Derecho no existe la posibilidad de que las respuestas a los problemas puedan ser halladas por fuera de la Constitución”. Impecable frase que se perdió en el vacío legal amparado por la misma Corte Suprema de la Nación.

Aunque las encuestas indicaron que contó con la aceptación mayoritaria de la población, la inconstitucional manera con la que se ejecutó el recambio de la mayoría de los jueces de la Corte, sumado al avance del poder ejecutivo sobre el Consejo de la Magistratura, permitirá a todo gobierno futuro que detente la mayoría legislativa, la posibilidad de cuestionar y echar a los jueces cuando no le agraden las sentencias de los mismos. Con esta invención judicial, los sucesivos presidentes pueden ejecutar políticas sociales y económicas que comprometan severamente el futuro de la nación sin que la justicia se anime a impedirlo.

 

4)     Con el dólar finalmente anclado en los tres pesos, y para evitar la inflación que se desencadenaría en el país por los efectos devaluatorios de la moneda, el gobierno de Néstor Kirchner utilizó los subsidios monetarios y la persecución y extorsión a las empresas formadoras de precios. El inesperado aumento de los valores internacionales de los principales commodities exportables de la Argentina generó cuantiosos ingresos que permitieron construir a través de los años una extensa red de enredados subsidios. Los beneficios de las compañías prestadoras de servicios comenzaron a depender del dinero que les daba el gobierno y no de su propia rentabilidad. Kirchner pagaba para que no subieran los precios. En esto consistió la esencia del denominado “modelo de país” impulsado por el matrimonio Kirchner.

Siempre asocié la inflación con el agua. Es imposible contener sus filtraciones cuando no tenemos una buena canalización o sufrimos el deterioro del techo y paredes. Mientras el gobierno insistía, una y otra vez, en que no había inflación, la población comenzó, durante el 2007, a darse cuenta de que les estaban mintiendo, porque los precios internos no paraban de crecer. La inflación es el peor de los males económicos para una nación, porque son los sectores carenciados los más castigados por ella.

 

5)     El engaño de los índices. Las favorables estadísticas que mostraban el crecimiento económico durante los últimos años, se mostraban como una evidencia del éxito del “modelo de país” kirchnerista, pero los cálculos se hacían comparándolas con las del año 2002, etapa en la que el país había estado virtualmente paralizado y en quiebra. Cuando los números, en realidad, comenzaron a revelar que no eran tan buenos, se implementó una mentira tras otra para sostener el discurso exitista. Se nos decía que los porcentajes de la desocupación habían bajado drásticamente para luego enterarnos de que las personas que recibían los planes sociales (justamente por estar desocupados) eran considerados como “ocupados”, lo que distorsionaba el índice. Se nos decía que bajaba la pobreza y la indigencia, que subían las inversiones y el crecimiento económico, que implementaban créditos personales para facilitar la compra de viviendas, y créditos para la pequeña y mediana industria. Que los industriales estaban felices, los agricultores exultantes, y el mundo observaba asombrado cómo la Argentina renacía como el Ave Fénix y se convertía, por fin, en la nación soberana y poderosa que merecía ser.  

Pero un día nos enteramos de que ya no se podían comprar viviendas porque salían más costosas que en la época del 1 a 1 y que no existía el crédito. Que los alquileres costaban el doble o el triple que antes porque había muy poca oferta en razón de las pocas garantías judiciales que tenían los propietarios de recuperar rápido sus bienes en el caso de que los inquilinos no pagaran los alquileres.

También un día nos enteramos de que se habían modificado los índices y las formas para evaluar las estadísticas que marcaban el comportamiento social y económico del país. Que el organismo que las controlaba, el INDEC, estaba siendo avasallado y cooptado por el gobierno para que divulgara las cifras que éste necesitaba. Aquel que se resistía a aceptar estas estadísticas era castigado casi como un traidor a la patria.

El discurso elogioso al “modelo de país kirchnerista” se sostenía con la propaganda de esas dudosas cifras ocultando que el crecimiento anual del PBI argentino de los últimos años era similar al del resto de los países latinoamericanos, gracias al conocido aumento de los valores de los commodities, una circunstancia fortuita y ajena al modelo económico instrumentado por los Kirchner. Y cuando no había nadie cercano a quien echarle la culpa por algún hecho que no se encuadrara dentro del  “modelo kirchnerista”, la culpa la tenían Menem, el neoliberalismo o los militares genocidas. No importaba si ya habían transcurrido seis, diez o treinta años desde los acontecimientos referidos. Era (e intenta seguir siéndolo) el clásico discurso manipulador.        

Hoy el pueblo comenzó a ver que después de los 80.000 millones de pesos que el gobierno recaudó por las retenciones aduaneras a las exportaciones, seguimos sin tener más hospitales o más escuelas, contamos con escasas obras viales y públicas y limitada energía; estamos importando gas, electricidad y en pocos años más, deberemos importar petróleo (por supuesto, a valor internacional, lo que plantea la pregunta sobre quién pagará la diferencia). Los servicios esenciales son un desastre y la Argentina es la nación de América Latina que recibe menos inversiones.

En el grupo G8, donde están las ocho naciones más ricas del mundo, ya se conversa sobre la posibilidad de incluir a México y Brasil entre ellas. ¡Pensar que en 1940 nuestro PBI per cápita a valor constante era el doble y el triple del de esos dos países!   

 

Finalmente, toda la bonanza promovida por el gobierno entra en flagrante contradicción con su discurso sobre la imprescindible necesidad de seguir contando con la ley de “emergencia económica”. No se entiende. ¿Vamos bien o estamos en emergencia? Ya tuvimos un presidente que nos decía: “estamos mal pero vamos bien”. Kirchner y Menem cada vez se parecen más cuando de mentiras se trata.

 

6)     En las elecciones presidenciales del año pasado se nos dijo que el candidato peronista (Cristina Fernández de Kirchner) significaba un cambio. Que no se trataba de una segunda presidencia. Se nos mintió descaradamente. No sólo no hubo cambios sino que el ex presidente y marido, junto a sus ministros más cercanos, siguieron siendo las caras visibles del poder. Por lo tanto, se profundizaron los mecanismos autoritarios, el discurso airado, contradictorio, y comenzó  a evidenciarse las profundas grietas del promocionado “modelo de país”.

Cuando, en el conflicto actual entre el gobierno y el campo, los opositores intentaron resaltar la gran importancia que había tenido el sector agropecuario en la salida al colapso del 2002, el poder ejecutivo lo negó aduciendo que lo recaudado por las retenciones ni siquiera llegaba al 4% de los ingresos fiscales. Luego, la presidente dijo que con ese dinero iba a construir decenas de hospitales, escuelas y obras públicas. Días atrás,  su marido, desbordado emocionalmente, presionó para que aprobaran las retenciones en el Congreso de la Nación asegurando que sin ello no se iba a poder pagar la deuda nacional. ¿Pero en qué quedamos? ¿Un monto tan “insignificante” alcanza para todo? Además, ¿Se va a usar para construir hospitales o para pagar deudas?

Lo que muchos ya sabemos es que con ese dinero se va a hacer muy poco de eso. Ni pagar las deudas, ni construir escuelas, ni hospitales, ni obras significativas. La mayor parte de esa gran masa monetaria contribuirá a alimentar “la mesa de dólares” de la Casa Rosada y se aplicará al control de las propias huestes oficialistas y sus aliados.

 

7)     En las últimas semanas se escuchó, a los funcionarios de los poderes ejecutivo y legislativo, defender con ahínco las estructuras democráticas. Durante estos años, la palabra democracia fue utilizada discursivamente una y otra vez por el gobierno pero sus acciones mostraron un constante autoritarismo. Finalmente, en el artículo 2 de la ley oficialista votada en el Congreso el día 5 de julio, se hace prevalecer un reglamento del Código Aduanero por encima de un artículo de la Constitución. Veremos ahora que dice la Corte ante este avasallamiento democrático.

Se han interpretado tantas cosas increíbles para obviar nuestra Carta Magna, que todo es posible en la dimensión desconocida de la Argentina.

 

Luz de Gas

En la década del 40, hubo una obra de Patrick Hamilton que fue un paradigma de la perversidad. Su nombre: “Luz de Gas” (“Gaslight”). En ella, un marido hacía creer a su esposa y a la sociedad inglesa que ella se estaba volviendo loca. Cuando se miente a sabiendas de que se está causando un grave perjuicio al otro, pasa de ser una mentira para convertirse en un acto perverso.

El cúmulo de mentiras no podrá impedir que la realidad termine finalmente imponiéndose. El país tiene mucha experiencia en estas lides. La inflación escalará cada vez más; el campo comprobará que el gobierno lo engañó con la ley que aprobará el Congreso (las ventajas extras concedidas a los pequeños productores caducarán el próximo 31 de octubre) y volverán las demandas, esta vez más violentas; las inversiones privadas seguirán sin aparecer, y sin ellas no bajará la desocupación ni podrá aumentar la riqueza; la inseguridad jurídica se mantendrá (salvo que la Corte decida independizarse del Ejecutivo), y el dinero que recaudará el Estado con los mayores impuestos será cada día más insuficiente para calmar los ánimos y cubrir la maraña de subsidios creados.

 

Aunque la crisis ya se ha instalado y proseguirá su curso hasta el desenlace final, podemos depositar nuestra esperanza en la fortaleza de sus habitantes y en la evolución que nuestro país ha demostrado desde el advenimiento de la democracia en 1983. En realidad, debemos hacer de cuenta que somos parte de una nueva nación que tiene pocos años de tránsito, que ha comenzado a construir su destino de la misma manera que lo hicieron los países desarrollados: a los tropezones y aprendiendo de los constantes errores que se cometen.

 

Enrico Udenio

7 de julio 2008

 

 

 

 

 

 

 

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¿MANIPULACIÓN O IGNORANCIA?

Julio 1, 2008 · 10 comentarios

 En Tucumán, en la reunión XXXV Cumbre del Mercosur, la presidenta argentina Cristina Fernández de Kirchner aseguró que la especulación financiera internacional es la principal responsable de las subas en los precios de las cotizaciones de los alimentos y los combustibles en el mundo, y dijo: “Los señores de la timba financiera han pasado a la timba de los alimentos”, sostuvo, tras lo cual rechazó que las alzas se deban a la mayor demanda por el aumento del consumo en China y la India.

Además, Cristina habló frente a los países del Mercosur, los que en lugar de aplicar retenciones a sus exportaciones primarias, la promueven.  

Unas horas antes, en Madrid, el director de la Agencia Internacional de Energía, Nobuo Tanaka, decía en relación a los aumentos del precio del petróleo: “Culpar a la especulación es una solución fácil que evita tomar los pasos necesarios para mejorar el acceso y la inversión del lado de la oferta”. 

 

Reconozco que me produce un poco de perplejidad que el presidente de una nación, el que debe contar, seguramente, con buenos asesores económicos, pueda cometer errores tan profundos en la interpretación de la realidad como la realizada por Cristina respecto de los aumentos en el mundo de los precios de las materias primas. Omitir una de las variables fundamentales que inciden en este fenómeno, tal como es la incorporación de los millones de nuevos consumidores de la India y la China, y también obviar la devaluación monetaria del dólar, el aumento del petróleo y el acomodamiento del flujo del dinero financiero por causa de esos mismos factores, sólo se me ocurre que puede explicarse de dos maneras: la primera, que se trata de un discurso para consumo local por el problema político surgido con las retenciones móviles, y en un intento de aprovechar la tendencia típica, de una parte de la población argentina, en acusar al mercado financiero externo como el gran culpable de casi todas sus desgracias; la segunda, que refleja una verdadera incapacidad de la presidenta en ver al mundo actual tal como es en realidad: una gran aldea global.

 

 

 

No puedo definir cuál de estas dos posibilidades me preocupa más. Si la manipulación o la ignorancia.

 

Voy a intentar ser lo más claro y sencillo posible:

En enero de 2003 el euro superaba la barrera del dólar, en junio de 2007 pasaba el u$s1,33 y hoy está a casi u$s1,60. A su vez el petróleo, u$s60 el barril a mediados de 2007 y u$s140 en la actualidad. Recordemos que en 1971, cuando el dólar perdió al oro como respaldo y comenzó su caída, el barril de petróleo costaba solo dos dólares. La espectacular devaluación de esta moneda internacional de intercambio comercial generó en los últimos años un reacomodamiento en los valores de casi todos los productos primarios, mucho más que en el de los industriales. Además, se calcula que en los últimos cinco años, 350 millones de chinos y 180 millones de hindúes, ingresaron a un nivel medio de ingresos. Esto significó que desde 2003, sólo en estas dos naciones, más de 500 millones de habitantes se incorporaron al mercado consumidor mundial. Para que se tenga una idea de la magnitud de este aumento, la AIE prevee que en el año 2013, China e India consumirán el 33% de la producción mundial de petróleo.  

 

El dinero es extremadamente sensible a estos cambios. Mirar para otro lado es verdaderamente ridículo. ¿A qué se refiere Cristina cuando habla de especulación o de timba? Supongo que habló sobre los mercados a término, que es dónde las finanzas especulan con los “commodities” y las monedas. ¿Acaso esto se inventó el año pasado? No. Desde hace décadas que gran parte de los negocios se hacen de esta manera. Los precios suben y bajan en función del juego de la oferta y la demanda, el que, a su vez, depende de eventos circunstanciales: Guerras, sequías, problemas de producción (como por ejemplo, el que surje del conflicto actual entre los agroproductores argentinos y su gobierno), cosechas tardías, déficit, devaluaciones, revaluaciones, leyes de fomento, niveles de producción, atentados guerrilleros, inseguridades, etc. Hay un número muy elevado de circunstancias que condicionan los valores de los commodities.

 

Hemos sufrido durante décadas la mala relación entre los precios de nuestros productos primarios y semi-elaborados con los industriales. Cuando, por fin, las circunstancias le son favorables a la Argentina, y se presenta la ocasión de revertir una historia negativa para el país, parecería que en vez de ser una buena noticia fuera una desgracia. Ahora resulta, que la misma comunidad internacional que durante un largo tiempo nos impidió crecer porque manipulaba para abajo los valores de nuestros principales productos de exportación sigue ahora impidiendo nuestro crecimiento porque los manipula para arriba.

 

Siempre he dicho que la inventiva argentina no tiene límites. O la manipulación. Pero lo que más me entristece es que si la presidenta lo dice es porque debe saber que hay mucha gente que le va a creer.

 

Enrico Udenio

1 de julio 2008   

Categorías: Actualidad · Política y economía