La semana pasada, unos manifestantes identificados como peronistas del Movimiento Nacional y Popular, que se autoproclamaban de izquierda y como pertenecientes a organizaciones de derechos humanos, insultaron y agredieron a Mariano Grondona. El hecho ocurrió al finalizar el periodista su disertación sobre el tema “Reflexiones republicanas” en el teatro Español de la ciudad de Azul. Uno de los volantes que esparcían los agresores decía: “Desde las instituciones y organismos democráticos no podemos permitir que este siniestro personaje funcional a las sangrientas dictaduras sea quien aparezca utilizando los medios que él mismo censuró”. Frase que presenta en su seno una paradoja, la de respaldarse en las instituciones democráticas para justificar un acto esencialmente antidemocrático tal como es el de negarle el derecho a la palabra a un otro por pensar diferente en un momento determinado de la historia. Por parte del gobierno no hubo ningún comunicado oficial de repudio al vandálico suceso.
Este hecho me trasladó en mis recuerdos al año 1965, cuando cursaba la carrera de Economía en la UBA y Arturo Illia era el presidente de la Nación. En aquel entonces mis simpatías políticas estaban del lado del marxismo por lo que participaba en muchas de las acciones contra los militantes peronistas, a los que se despreciaba, y contra la derecha, el sector ideológico al que se le temía. Un día, un ex funcionario de Frondizi y partidario del capitalismo, había sido invitado a darnos una clase magistral sobre economía. A pesar de que casi todos los días había en la facultad discursos y clases que promovían el socialismo y el marxismo sin que los sectores de la derecha se opusieran a ello, mis compañeros impidieron que la disertación se realizara ingresando con violencia en el aula. Esto evidenciaba que el respeto que existía desde un sector, no era correspondido por el otro. Ese fue el instante en el que comencé a replantearme si yo aceptaba o no la intolerancia política.
El siguiente hito en mi proceso de cambio fue la lectura del libro de Aldous Huxley, “El fin y los Medios” (en la sección <Recordar libros> de este blog, se transcriben algunos párrafos). Nunca más pude olvidar la frase de: “El fin no puede justificar los medios, por la sencilla y clara razón de que los medios empleados determinan la naturaleza de los fines obtenidos”. Bucee en la historia y encontré que Huxley tenía bastante razón. En la gran mayoría de los hechos revolucionarios que conquistaron el poder político mediante la violencia, el mantenimiento del mismo se realizó aplicando la misma metodología que los había llevado al poder. Desde la revolución francesa hasta la cubana y pasando por todos los golpes de estado militares, la libertad individual era casi suprimida o rebajada a instancias mínimas y las “depuraciones” ideológicas, sospechosamente semejantes a las religiosas y a las raciales, se daban en forma inexorable.
Mi desprendimiento ideológico del marxismo me acercó al nacional-peronismo de izquierda por lo que fui un ferviente defensor del retorno de Perón al poder. Pero fue en abril de 1974 cuando se produjo en mi vida otro suceso semejante al de la Facultad de Ciencias Económicas: el ingeniero Álvaro Alsogaray, presidente del partido de la derecha liberal llamado “Nueva Fuerza”, daba una disertación sobre la “Economía Social de Mercado”. Cuando quise asistir, me encontré con patotas peronistas que impedían el ingreso al lugar.
Poco tiempo después, estuve varias semanas trabajando en Tokyo. Un día, mientras salía de un edificio junto a un compañero japonés, observé que en plena avenida se desarrollaba una manifestación marxista. Ésta ocupaba un cuarto de la calle. Por delante, a los costados y por detrás, numerosas motocicletas de la policía local acompañaban la lenta marcha cercando las filas de los militantes. Intrigado le pregunté a mi compañero si esos policías estaban cuidando que los manifestantes no generaran disturbios. Para mi sorpresa, él me contestó: -Al contrario, la policía está cuidando que los de afuera no molesten a los de adentro.
Creo que ese fue el momento en el que decidí, de ahí en más, aprovechar las continuas estadías de trabajo que usualmente tenía en el extranjero, para interiorizarme sobre las particularidades políticas y económicas de cada nación. Estos estudios me hicieron descubrir con otros ojos el socialismo de Edward Bernstein, la socialdemocracia y el liberalismo intelectual.
Influenciado por todas estas investigaciones, en 1983 apoyé política y financieramente la elección del Dr. Raúl Alfonsín con la esperanza de que la Argentina transitara un camino más democrático y republicano. Lamentablemente, la errónea política económica que los radicales implementaron frustró finalmente esa posibilidad.
Mis experiencias políticas durante años me habían mostrado que ni el marxismo ni el peronismo representaban el espíritu de ecuanimidad y respeto por las ideas ajenas, una definición que yo ya consideraba indispensable para generar el progreso social y económico en una nación. En el caso del justicialismo, el peso de sus partidarios afines a la violencia fascista superaba con creces al de otros que demostraban una intachable mentalidad democrática como, para citar sólo un ejemplo, era el caso del difunto Guido Di Tella. Es que los que terminaban detentando el poder consideraban a una gran parte de las instituciones democráticas como “elementos formales de relativa importancia para el desarrollo del pueblo”. Esta conducta, como no podía ser de otro modo, se transmitía hacia las bases de militantes y simpatizantes. Cualquier mención que alguien hiciera sobre las típicas posturas totalitarias del movimiento, como la extorsión a los empresarios, el sometimiento de los poderes legislativo y judicial a sus ideas, la presión, el aislamiento laboral y la persecución de los artistas e intelectuales opositores, etc., eran menospreciados y desvalorizados por ellos. La respuesta era siempre la misma: lo importante era obtener el bienestar del pueblo y no el cómo se lo lograría.
Es entonces que comprendí que el peronismo no relacionaba la posibilidad de que la población argentina accediera a una mejor condición de vida con el estricto cumplimiento a las normas democráticas, republicanas y federales. Para los peronistas, una cosa no tenía nada que ver con la otra. Y esto sí, era un pensamiento político diametralmente opuesto al de las naciones desarrolladas.
Desde 1946, pasaron casi 63 años. Los peronistas gobernaron 31 de ellos, de los cuales 17 fue durante los últimos 20 años. Las dictaduras militares y los radicales se repartieron casi proporcionalmente el resto de los gobiernos. Es decir, en la mitad del tiempo transcurrido, el justicialismo detentó el poder en el país. Y la nación tuvo en todos estos 63 años, la involución de desarrollo económico más grande de la historia mundial (Maddison, 2000). Pero no hay un solo militante o funcionario perteneciente a ese movimiento creado por Juan Perón, que haya asumido su crucial incidencia en esta debacle nacional. Han desperdigado una feroz propaganda haciendo caer la casi total responsabilidad de este desastre en los otros gobiernos, tan malogrados como los de ellos. Incluso, en los últimos años han llegado a considerar al del justicialista Carlos Menem como si hubiera sido un período político que no les perteneciera históricamente por tratarse de un gobierno de la “derecha conservadora”, cuando fue el propio Perón que se encargó de aclarar que el justicialismo nunca fue un movimiento de “izquierda”.
Esta manera de distorsionar la historia también se evidencia con numerosos hechos históricos, como, por ejemplo, la actual postura del matrimonio K con respecto a los crímenes cometidos por la organización peronista “la triple A”. Intentan desvincularlos de su génesis peronista haciéndose los distraídos sobre el hecho incuestionable de que esta banda paramilitar existía amparada por el Estado cuando era presidente del país nada menos que el propio Juan Domingo Perón.
El otro yo del Dr. Merengue
En 1945, el humorista Guillermo Divito concibe un personaje de historieta llamado Dr. Merengue. Era un abogado pulcro y formal que nunca perdía la postura correcta. Pero este doctor tenía un doble discurso. Mientras siempre decía lo que el otro quería escuchar de él, su otro yo, en realidad, pensaba y sentía todo lo contrario.
Cuando observamos todas las discursivas alusiones que todos los presidentes justicialistas del país hicieron y hacen ponderando la democracia y la república, y las comparamos con las despreciativas expresiones, intolerancia, insultos y persecuciones que han hecho con todos aquellos que se les oponen, nos damos cuenta de que una cosa es su discurso y otra muy diferente lo que terminan haciendo. Probablemente no haya sido una simple casualidad el nacimiento del personaje del Dr. Merengue con el del movimiento peronista. Nadie más claramente que el mismo Perón expresó este doble discurso en su libro “Conducción Política” (Edición 1974 Sec.Política de la Presidencia de la Nación): “(…) cuando pronuncié los primeros discursos en la Secretaría de Trabajo y Previsión, (…) yo les hablaba un poco en comunismo. ¿Por qué? Porque si les hubiera hablado en otro idioma en el primer discurso me hubieran tirado el primer naranjazo… Porque ellos eran hombres que llegaban con cuarenta años de marxismo y con dirigentes comunistas. (página 229) (…) Se inclinaban más hacia la lucha de clases (…) Yo no compartía esas ideas. (página 234) (…) repito, la gente que iba conmigo no quería ir hacia donde iba yo; ellos querían ir adonde estaban acostumbrados a pensar que debían ir. Yo no les dije que tenían que ir adonde yo iba; yo me puse delante de ellos e inicié la marcha en la dirección hacia donde ellos querían ir; durante el viaje, fui dando la vuelta, y los llevé adonde yo quería…” (página 235).
Pero esta transferencia política de la clase obrera desde el socialismo, pudo efectivizarse gracias, fundamentalmente, a la promulgación de la nueva ley sindical que establecía una única central de trabajadores que aglutinaría a un solo sindicato por rubro. La personería jurídica otorgada por el Estado era indispensable para acceder a los beneficios sociales. A partir de ese momento, la aceptación jurídica tenía concretos beneficios económicos para los sindicatos y eran otorgados siempre y cuando profesaran la adhesión a Perón (aun hoy, organizaciones no peronistas intentan vanamente obtenerla, como es el caso de la CTA). No en vano, el mismo Perón expuso su importancia al declarar que el movimiento obrero era “la columna vertebral del justicialismo”.
Y son justamente los sindicatos los que permiten visualizar con perfecta claridad la analogía del peronismo con el personaje del otro yo del Dr. Merengue.
Mientras los cuadros políticos del justicialismo discursean sobre el respeto a la democracia y la república, los sindicalistas demuestran a través de sus comportamientos, sin rubor ni arrepentimiento, el verdadero sentir peronista. Los dirigentes se eternizan en el poder; se convierten en millonarios algunos y nuevos ricos muchos; las minorías no tienen acceso a los mandos; son bastantes sumisos cuando el gobierno está en manos de un peronista pero le hacen la vida imposible a los gobiernos democráticos de signo diferente. Cuando no logran sus objetivos utilizando las modalidades de protesta gremiales amparadas por la Constitución, no tienen reparo alguno en ejecutar la violencia física y extorsiva para obtenerlos. Y toda estas actitudes totalitarias no han servido siquiera para que, con el transcurrir del tiempo, los trabajadores obtengan un vivir más digno.
El verdadero sentimiento peronista
Es en el sindicalismo peronista donde se visualiza casi a la perfección la génesis fascista del movimiento cuando recordamos que la ley sindical promulgada por Perón es casi un calco del de la de Mussolini.
Son muchos años de cultura peronista y han introducido en sus cuadros políticos una manera muy especial de ver el país. No es relevante lo que Cristina Kirchner diga sobre la democracia. Para ella, al igual que para todos los otros gobernantes peronistas, la democracia comienza y finaliza en el trámite electoral. En un lenguaje informático, podríamos decir que es el “chip” que tienen dentro. Gobernar bien es concentrar el poder. Progresar adecuadamente depende de la buena voluntad del gobernante y no del cumplimiento del juego democrático, republicano y federal. Y, por supuesto, el denominado pueblo trabajador debe ser peronista o se perderá todo el poder.
Y es en éste último párrafo cuando creo que llegamos al ojo del huracán.
Después de haber transcurrido 63 años desde su nacimiento y 34 años desde el fallecimiento de su inventor, el peronismo, sin ser una ideología política y económicamente identificable con claridad, sigue vigente en la Argentina gracias a la ley sindical de origen fascista. Sin la misma, el movimiento obrero estaría representado en diferentes líneas políticas. Los marxistas, socialistas, independientes y liberales, serían los genuinos exponentes de los trabajadores. Al igual que el resto del mundo, habría varios sindicatos de un mismo gremio con diferente adhesión ideológica, o uno solo por gremio pero con secretariados donde las minorías estuvieran representadas. Cada uno se concentraría en defender la situación de sus afiliados en lugar de maniobrar políticamente para acceder al poder del Estado.
Establecer una genuina democracia en el peronismo implicaría modificar de manera tajante al sindicalismo en la Argentina. Si éste se democratizara, el peronismo tendría alguna opción de hacerlo también, pero mientras no suceda, su tan mentada columna vertebral adolece de rigidez articular y se sabe que, en estructuras rígidas no hay lugar para movimientos fluidos.
¿Pero quién le pone el cascabel al gato?
En 1983, el presidente radical, Raúl Alfonsín, lo intentó a través de la ley Mucci. La CGT le respondió con 13 huelgas generales y casi 4.000 huelgas sectoriales durante sus años de gobierno.
Para que en un futuro inmediato pueda modificarse la actual ley sindical de base fascista se requiere del apoyo y la comprensión popular. Lo usual es que el pueblo interprete las huelgas extorsivas como genuinas en vez de verlas como los embates del peronismo populista para desestabilizar a los gobiernos que quieren democratizar al movimiento obrero. Es importante tomar conciencia de los enormes prejuicios que la actual ley sindical le ha traído al mismo pueblo que la propaganda justicialista dice favorecer. Sin un cambio en este sentido será muy difícil que se produzca la reconversión del justicialismo en un partido socialdemócrata o en uno que corresponda a la derecha democrática conservadora, según sea la definitiva tendencia de sus dirigentes políticos.
Enrico Udenio
Autor de los ensayos “Corazón de derecha, discurso de izquierda”, Ugerman Ed., 2005; y “La hipocresía argentina”, LibrosEnRed Ed.,2008.
31 de agosto 2008





