Los Anteojos del Tata

Entradas de Octubre 2008

¿QUIÉN SAQUEA A QUIÉN?

Octubre 26, 2008 · 14 comentarios

 Desde la decisión presidencial de estatizar completamente la caja previsional, día a día se están produciendo novedades y reacciones de peligrosas proporciones para el país.

Entre los discursos que circulan sobre el tema se encuentra el del saqueo que, curiosamente, tiene dos versiones: 1) que el robo lo quiere perpetrar el gobierno; 2) que el verdadero atraco es el de las AFJP.

Antes de analizar esta cuestión, quiero declarar mi posición: la Constitución Nacional establece en el artículo 14 bis que “el estado otorgará los beneficios de la seguridad social, que tendrá carácter de integral e irrenunciable”. Por lo tanto, estoy convencido de que el asiento correcto de la caja previsional se encuentra en el Estado. A pesar de esta postura ideológica, y considerando el actual marco de libertad que tienen los afiliados para trasladarse de un régimen a otro, votaría por mantener las jubilaciones privadas.

¿Por qué lo haría?

La respuesta es bastante sencilla: desde la instalación del sistema de reparto, durante la primera presidencia de Juan Perón, casi todos los gobiernos vaciaron la caja previsional al aplicar el dinero aportado por los trabajadores para su jubilación a otras necesidades sociales o, simplemente, como medio para cubrir el déficit de tesorería. De esta manera, una y otra vez, se perjudicó a los originales beneficiarios.

¿Esto puede corregirse en el futuro? No lo creo.

Muchos integrantes de la oposición insisten en que están de acuerdo con el traspaso si se reglamenta la intangibilidad de los aportes. Esta afirmación es inocente por no decir ridícula porque, por un lado la ley actual ya establece la inviolabilidad de los aportes en las AFJP y por otro, el gobierno no tiene reparos en expropiar esos fondos sin indemnización. Nuestro país tiene un mar de ejemplos que muestran que no existen garantías ni intangibilidades posibles cuando el Estado necesita de algo y toma la decisión de obtenerlo a toda costa. Aunque exista una Constitución que marca los límites de los individuos y del Estado, en la práctica no funciona bien porque es constantemente transgredida.  En la Argentina todo se deroga si es necesario hacerlo, y como lo necesario lo decide el gobierno de turno, no hay nada que, originalmente, pueda quedar fuera del zarpazo gubernamental. 

 

La tendencia transgresora argentina puede analogarse a la de un violador.

 

¿Desde hace decenas de años, la propiedad, las reglas del mercado, el capital, el trabajo, las leyes y reglamentaciones vigentes, han sido casi constantemente quebrantadas. Entonces, ¿desde qué lugar se les puede ocurrir a los argentinos que una caja previsional en manos del Estado pueda funcionar bien si se la ha vulnerado sistemáticamente?

Creo que el fenómeno argentino puede analogarse a la de un violador. No lo puede evitar,  no se cura y se siente compelido a repetir el hecho. Si bien con posterioridad reconoce el mal realizado, no tiene conciencia de las implicancias de su acción en el momento de realizarla. Del mismo modo que el abusado tiende a realizar de manera activa aquello de lo que fue víctima, las nuevas generaciones de argentinos, al vivir en una sociedad cuyas reglas básicas son violadas por sus mayores, tienen altas probabilidades de transformarse en los próximos victimarios.

Como pueblo, hemos sido condescendientes con nosotros mismos hasta el hastío, buscando continuamente argumentos o explicaciones que justifiquen la recurrente tendencia a contravenir la mayoría de las normas legales y de convivencia que rigen en nuestro país. Entonces, si simpatizamos con la ideología de nuestros gobernantes, las más de las veces convertimos las transgresiones y delitos de ellos en acciones justicieras o revolucionarias, mientras que los delincuentes pasan a ser siempre “los otros”, con los cuales no comulgamos.

 

Aclarada mi posición sobre este tema, paso a analizar los discursos:

 

LOS DISCURSOS

Comenzamos por el de nuestra presidenta, Cristina Kirchner.

Ella dijo: “volver a recuperar la solidaridad en el sistema de reparto”.

Efectivamente, la clave del funcionamiento del subsistema de reparto es la solidaridad. Los aportes no están individualizados. Los que trabajan pagan a los que ya se han retirado. El sistema puede sostenerse si hay un mínimo de determinados trabajadores por cada jubilado. La relación dependerá de los montos que hace falta cubrir. Esta ecuación ya no puede sostenerse en el mundo. La mayor tecnificación y la informática generaron una fuerte disminución de la oferta laboral mientras que los adelantos de la medicina incrementaron drásticamente la edad promedio de la vida de una persona. Esto hace que, cada año que pasa, haya en el mundo más jubilados y menos trabajadores activos. Una de las mayores preocupaciones internacionales es la perspectiva de que nos dirigimos hacia un colapso previsional. 

Con respecto al subsistema de capitalización, éste está basado en la propiedad privada. Cada aporte está individualizado y le pertenece al trabajador, no a la AFJP. El subsistema tiene apenas 14 años y aún no existen jubilados cuyos aportes fueron entregados enteramente al sistema privado.

Ella dijo que “el sistema privado de jubilación no ha dado respuesta, ha sido ineficiente”.

No se entiende a qué se refiere cono lo de “ineficiente”. Es de conocimiento público que, desde sus comienzos, los resultados de las AFJP muestran que los trabajadores mantienen su capital y han obtenido un beneficio sobre el mismo cuya valoración es subjetiva y depende de las expectativas de cada individuo.

Ella también justificó la medida como “la decisión de recuperar para todos los argentinos los recursos de nuestros jubilados para que no sean más objeto de especulación”.  Es un discurso ideológico sin sustento en la realidad económica. En ningún momento peligraban los aportes privados de los trabajadores como para “recuperarlos”. Y con respecto a lo de “objeto de especulación”, es una burda descalificación de la obligación que tienen las AFJP de intentar obtener dividendos sobre el capital de cada trabajador.

Finalmente, su discursivo caballito de batalla fue: “Estamos dando cuatro mil millones de pesos por año para que el 77% del total de los jubilados pueda llegar a la mínima”. “Uno de los tantos argumentos utilizado para justificar la creación de las AFJP sostenía que los millones al mes necesarios para cumplir con el nivel legal de las prestaciones resultaba impagable. Sin embargo, los mismos millones se transfirieron mes a mes a las nuevas AFJP a partir del día siguiente al de su creación”.

Cristina y sus portavoces están manipulando la información económica. Es obligación del Estado fijar los valores mínimos de las jubilaciones y hacerse cargo de todos los años aportados con anterioridad al advenimiento de las AFJP. La creación de estas entidades no significaba que el Estado se podía hacer el distraído con sus obligaciones anteriores.

Es que, cuando nace el régimen de capitalización se produce un déficit transitorio porque los que aportaban a ANSES pasaron a aportar a las AFJP para su propia jubilación futura, pero como los jubilados de entonces debían seguir cobrando y la caja previsional estaba vacía, el Estado debió hacerse cargo del bache económico con otros recursos. La Ley nº 24621, de 1996, proveyó ese dinero al establecer que todas las provincias cedieran el 20% del impuesto a las ganancias para financiar ese déficit transitorio. Por supuesto, si se concretara la desaparición de las AFJP y la expropiación de sus fondos, el Gobierno Nacional tendrá un enorme conflicto a enfrentar: las provincias le exigirán la devolución de todos los fondos que le dieron a la Nación desde 1996 hasta este año. Se calcula que este dinero asciende a unos 32 mil millones de pesos.

 

Cristina y sus portavoces están manipulando la información económica.

 

Los voceros más importantes del oficialismo han reiterado los siguientes conceptos:

 *  “La privatización provocó una transferencia de fondos del Estado hacia el sistema financiero; una real sangría”; * “Si la Argentina no hubiera privatizado el sistema previsional, su presupuesto durante la década del 90 hubiera estado balanceado”; * “Los 12 mil millones de pesos que el sistema privado recibe, en manos del Estado consolidarían definitivamente el superávit del Estado Nacional”.

Todas estas frases son ciertas en los hechos aunque demuestran un error conceptual porque parten de la base de que el dinero existente en la caja previsional pertenece al Estado Argentino y forma parte de la Tesorería de la Nación por lo que pueden ser categorizados y destinados según el mejor criterio del gobernante. Se define al aporte previsional como si fuera un impuesto y se da por sentado que las deudas contraídas entre sectores del Estado casi nunca se saldan.

*  “Es el Estado, en cumplimiento de los mandatos constitucionales, quien debe retomar su rol protector de los ciudadanos, más aún cuando se encuentra en juego el futuro de los argentinos”. El mandato constitucional se refiere a lo fundacional del derecho y no a la forma de accionarlo. Puede cumplir con ese mandato a través de la actual situación previsional: estatal y privada con libre elección de sus aportantes.

 

OTRAS VOCES PARTIDARIAS

Otras voces, en especial la de los partidarios a ultranza de lo estatal, marxistas, peronistas, intelectuales, reunidos en general bajo el paraguas ideológico de lo -nacional y popular- han proliferado con discursos cuya mayoría expresa calificaciones insultantes hacia todo lo privado y con muy poca relación o realidad sobre los hechos en sí mismos: * “El sistema de las AFJP fue impuesto en el medio del saqueo al que fue sometido el país por Menem, Cavallo y el neoliberalismo financiero”; * “El sometimiento del país a los dictados imperialistas impuso la apropiación por parte de las finanzas internacionales del sistema provisional”; * “Las AFJP arrasaron con el ahorro interno genuino de millones de trabajadores, para jugarlos en la timba financiera nacional e internacional”; * “Las AFJP, verdaderos buitres del sector financiero internacional y nacional, jugaban en la Bolsa de Valores con el aporte de los trabajadores”; etcétera, etcétera.

 

Pero hay otro discurso interesante para analizar:

*  “Las AFJP, invirtiendo en la Bolsa de Valores, perdieron casi un diez por ciento del capital acumulado por los trabajadores.” Por efectos de la grave crisis internacional, efectivamente se han producido pérdidas. Pero parecería lógico que así sea pues la Argentina sufre las consecuencias de esa crisis. Lo que falta decir es que también ANSES soportó un déficit cercano al 16%.

*  “¿Ya están alegando que los fondos previsionales se usarán con fines recaudatorios. ¿Y con eso qué? Es obligación, y no sólo derecho, de un gobierno tener bajo sus manos la mayor cantidad de herramientas que garanticen el menor costo posible para sus ciudadanos”. Este discurso confirma, claramente, el concepto de que para un sector enrolado en las banderas nacionalistas y populistas, los aportes jubilatorios no pertenecen a los trabajadores sino al Estado y pueden ser utilizados para lo que éste considere necesario. 

*  “Se evapora el ahorro de más de diez años”; * “La rentabilidad anual como la rentabilidad histórica han sido negativas”. Ya está demostrada que la rentabilidad general de las AFJP ha sido alrededor de un 10%, por lo que ¿comparadas con qué tipo de  rentabilidad afirman algunos que han sido negativas?

*  “No se ha logrado crear un mercado de capitales sólido, a pesar de haberse transferido al mercado financiero esa masa de ahorros”. Ha sido justamente lo contrario. Fueron las AFJP las que mantuvieron en movimiento este mercado hasta el momento, vía financiamiento del consumo, participación accionaria en grandes empresas o compra de bonos para el sostenimiento financiero del propio Estado. Un claro ejemplo de su gran importancia ha sido su hundimiento durante los últimos días al conocerse la decisión del gobierno nacional de eliminarlas.   

*  “La rebaja de los aportes patronales desde el 95 al 2002 fueron de 3.400 millones por año y dañaron al sistema previsional”. Fue así, pero las AFJP no tienen nada que ver con ello. Al contrario, fueron damnificados por esa decisión.  

*  “Desde el año 1979 a 1995, los gobiernos de Videla, de Alfonsín y de Menem, se apropiaron del dinero que pertenecían a los jubilados y le dieron otro destino”. Es correcto. Pero el discurso está fragmentado. Esta apropiación sucedió desde el nacimiento mismo del sistema de reparto, en 1946, reconocido por el mismo Perón. De allí en adelante, casi todos los gobiernos hicieron lo mismo.

 

Era injusta la carencia de libertad que tenía el trabajador para decidir sobre su preferencia.

 

* “Los afiliados a las AFJP eran obligados a ingresar al mercado laboral siendo sorteados entre los jugadores del sistema, no pudiendo el trabajador optar durante años por el sistema estatal de reparto”.  Era injusta la carencia de libertad que tenía el trabajador para decidir sobre su preferencia. El gobierno de Kirchner lo corrigió el año pasado y el 82% de los aportantes decidió quedarse en el subsistema de capitalización. Paradojalmente, si prospera el proyecto de eliminación de las AFJP, los trabajadores no podrán volver a optar.    

*  “Las AFJP eran quienes direccionaban las inversiones, exigiendo al Estado Nacional condiciones en los bonos, con aportes de  trabajadores, en negociaciones con el mismo Presidente, imponiendo reglas como hacen los dueños del poder, con plata ajena”. Precisamente por ser dinero ajeno, la direccionalidad de las inversiones amerita la mayor responsabilidad y, para muchos analistas, estuvo aquí la principal falla: las AFJP no debían haber aceptado que el gobierno nacional los presionaran para que compraran bonos del Estado.

*  “Esto no se hace para quedarse con el dinero de las AFJP, porque si quisiera, Cristina puede ampliar su participación en ellas”. No es tan así.  La reglamentación autoriza la compra de bonos argentinos hasta el 65% de los fondos. Y ya se está cerca de ese porcentaje.

 

¿IMPUESTO O AHORRO?

Más allá de lo puramente ideológico, es clave definir el concepto que tiene cada uno sobre el dinero previsional que entregan los trabajadores. Parecería que la mayoría de los que apoyan el monopolio del Estado y su libertad para decidir el mejor destino de esos fondos, parten del preconcepto que ese dinero es el equivalente a un impuesto. Si fuera así, como tal, efectivamente el gobierno tiene ese derecho.

Si, en cambio, ese aporte se trata de de un ahorro que hace el trabajador para ser aplicado a la jubilación, y no es un impuesto, esos fondos son intangibles y no pueden ser utilizados para otro destino. Algunos embarcados en este concepto, prefieren el subsistema de reparto, otros, el de capitalización.

La jurisprudencia argentina establece en sus antecedentes que se trata de un aporte, y no de un impuesto, por ello, las deudas previsionales de los trabajadores independientes no pueden ser embargables.

 

¿Impuesto o ahorro? La respuesta a este interrogante demanda clarificar el conflicto previsional actual.

 

Enrico Udenio

Autor de “Corazón de derecha, discurso de izquierda”, Ugerman Ed.(2004); y “La hipocresía argentina”, Ed.DeLaRed, 2008.

26 de octubre 2008  

 

 

 

 

 

Categorías: Actualidad · Política y economía

DIOS TENDRÁ QUE SER KIRCHNERISTA

Octubre 21, 2008 · 21 comentarios

 

El titular de la ANSES, Amado Boudou, afirmó esta tarde que se enviará al Congreso un proyecto de ley  “para dar por terminado el experimento fracasado del régimen de capitalización en la República Argentina”.

Esta frase recuerda lo que sucedió con Aerolíneas Argentinas: durante los últimos años, el Estado puso en situación crítica a la compañía aérea con tarifas congeladas y constantes conflictos gremiales, y luego utilizó la crisis de la misma para “salvarla” nacionalizándola.

De similar manera, las AFJP fueron obligadas por el gobierno argentino en el año 2005 a utilizar el 55% de su capital comprando bonos estatales. Hoy estos bonos, que comienzan a vencer el año que viene, son de hecho incobrables por lo que valen muy poco. A pesar de ello, la rentabilidad de las AFJP, medida desde sus comienzos a la fecha, es positiva. El gobierno ignora premeditadamente este hecho porque necesita desesperadamente de sus ahorros para evitar la cesación de pagos en pleno año electoral.

 

LOS SÍNTOMAS PREVIOS

Antes que se desencadene una crisis o una enfermedad en una persona, hay evidencias o síntomas que la preanuncian. Una nación, compuesta por un grupo numeroso de personas, ofrece las mismas características.

Estos síntomas, que preanunciaron el inicio de la caída, comenzaron hace tres años. Hubo numerosas y sutiles evidencias, algunas de ellas muy significativas. Me ocuparé de estas últimas:

La primera de todas fue, claramente, la distorsión de los índices económicos y laborales del país. Al mentir sobre ello, el gobierno dejó en evidencia que los números reales debían estar dando cifras negativas. Probablemente indicarían más inflación, más desocupación, más pobreza,  menos inversiones, menores ingresos a valores constantes, mayor gasto público y menor confianza del consumidor en el futuro del país. Para ocultarlos, intervino el INDEC, inventaron nuevas formas de evaluar sus índices  y el país dejó de tener, por primer vez en la historia del organismo, la ventana por la cual podíamos conocer la evolución o involución del país.  

La segunda evidencia fue la espasmódica cruzada que los Kirchner realizaron contra el campo en su afán de recaudar más. Los niveles de confrontación que hubo, por causa del conflicto generado por la resolución 125, sólo podían tener una razonable explicación en una real desesperación del gobierno por hacerse de dinero.    

El tercer síntoma fue el increíble presupuesto aprobado recientemente por el Congreso después de que la gran crisis internacional modificara todos los cálculos monetarios y financieros de los países. Con esta aprobación también se prorrogaron los poderes extraordinarios para que el poder ejecutivo pudiera seguir manejando a discreción los ingresos fiscales. Parecería que la actitud soberana que el Congreso de la Nación tuvo con el rechazo a la resolución 125 fue sólo producto de la fuerte movilización de la gente del campo. Sin este tipo de presiones, queda en evidencia que el Poder Legislativo sigue siendo una sucursal del Ejecutivo porque aprobar un presupuesto que todos saben que es de imposible cumplimiento, y volver a darle al presidente un manejo discrecional de la economía del país (ya van seis años seguidos) es, a todas luces, una burla democrática a la gran mayoría de la ciudadanía.  

 

Sin la presión de las movilizaciones populares, queda en evidencia que el Poder Legislativo sigue siendo una sucursal del Ejecutivo.

 

El cuarto gran síntoma fue cuando el Estado intervino sobre el régimen de ahorro jubilatorio con las siguientes medidas autoritarias: 1) En el 2005, siendo aún Lavagna ministro de economía, se obligó a las AFJP a invertir el 55% aproximadamente de sus ahorros en bonos y deuda del Estado. De esta manera, capturó gran parte del ahorro previsional contradiciendo el mismo sentido de existencia de las AFJP (quitarle a los gobernantes argentinos la posibilidad de incautar el dinero de la jubilación de su pueblo). Recordemos que a partir del primer gobierno de Juan Domingo Perón (1945-1955) y en adelante,  todos los gobiernos desvalijaron la caja jubilatoria.  2) El año pasado, Kirchner obligó a un grupo de afiliados (entre ellos los empleados del Estado y el numeroso gremio docente) a pasar a la entidad estatal (ANSES) e invirtió el proceso de elección al coaccionar a los afiliados de las AFJP a que expresaran su adhesión a las mismas, pues caso contrario, se los transferiría automáticamente a ANSES. Por supuesto, el ingreso monetario de la caja que aportaron los nuevos afiliados de ANSES, fue incorporado por el gobierno al balance fiscal, por lo que, de hecho, se apoderó de ese dinero para poder mostrar un buen superávit anual. 3) Como la maniobra anterior (a pesar del enorme gasto publicitario que realizó el Estado para convencer a la población) no fue satisfactoria en razón de que la transferencia de afiliados fue mucho menor a la esperada y necesitada, ahora los Kirchner decidieron ir por todo. Hoy enviarán al Congreso un proyecto para que se elimine de hecho la posibilidad de que la población pueda contar con una jubilación privada. De aprobarse, serán noventa y cuatro mil millones de pesos ahorrados por el pueblo para su jubilación, más los aportes anuales (que suman unos siete mil millones más), que pasarán al bolsillo de los Kirchner, nada menos que en un año electoral como es el 2009. Encarar este saqueo disfrazado como una acción que se promueve para “defender” la jubilación de la gente, muestra un nivel enorme de caradurez, ya que: a) En el pasado, los desfalcos a los jubilados los produjo siempre el Estado; b) En realidad, no existe necesidad de defender a los que aportan a las AFJP, pues en la actualidad existe plena libertad para que, si uno quiere o tiene temor por la seguridad de sus ahorros privados, pueda pasarse a la jubilación de reparto (ANSES); c) El gobierno insiste con un discurso hipócrita al decir que defiende los haberes de los jubilados ya que no cumplió (ni da indicios de hacerlo) con la resolución de la Corte Suprema que lo compulsó a actualizarlos. Este desacato judicial demuestra que para el gobierno, el cumplimiento  económico con los jubilados no forma parte de sus prioridades; y d) Intenta ocultar con un discurso populista y vacío de contenido (“a diferencia de los otros países, a nosotros nos interesa la gente y no los bancos” Cristina Kirchner) su desesperación por recaudar más, aunque, en su afán de éxito, salve el presente hipotecando, cada vez más, el futuro del país.

 

En su desesperación por recaudar más y salvar el presente, el gobierno  hipoteca, cada vez más, el futuro del país.

 

Seguramente muchos de los lectores pensarán que no solamente hubo evidencias económicas de la declinación del imperio kirchnerista, sino que también las hubo en otros campos de la vida social del país. Es muy cierto, pero mi decisión en señalar el factor económico se debe a dos instancias elementales: que el poder de los Kirchner se sustentó con el dinero que repartía, por lo que, sin él, desaparece su poderío; y que el humor de los argentinos depende sustancialmente de lo que diariamente encuentren en su bolsillo.

 

Hoy, el soporte político del gobierno se lo debe a tres sectores claramente definidos: 1) El sindicalismo peronista que sigue a Hugo Moyano; 2) Los sectores sociales que reciben ayuda monetaria, en especial los del conurbano bonaerense, y temen perderlos con otros gobernantes; y 3) Los adherentes a la política de recuperación ideológica de los años 70, incluido el sector de la izquierda del peronismo autodenominado revolucionario, popular y nacional, los partidarios del empleo estatal y las organizaciones de izquierda ligadas a los derechos humanos.

 

Según las encuestas, el resto del espectro social y político parecería dispuesto a no querer saber más nada con los Kirchner y compañía.  

 

LA COLISIÓN INEVITABLE

La mayoría de los ciudadanos que han vivido lo suficiente como para tener abundante experiencia por los hechos políticos y económicos acontecidos durante las últimas cinco décadas, saben que el barco se está dirigiendo hacia una inevitable colisión.

La convocatoria a los empresarios para que no despidan personal o para que no aumenten los precios de sus productos; la contraparte de éstos que se animan a solicitar sobreprotección arancelaria para sus empresas y un dólar alto; los constantes reclamos sindicales que buscan mejores salarios para compensar la inflación, seguridad de empleo y una mayor participación en el dinero que reparte el gobierno; el aumento de los conflictos en los distritos cuyos gobernantes no responden al oficialismo; son algunos signos de una sociedad cuyos reclamos se exacerban y que nos recuerda otras épocas pasadas, las que inevitablemente tuvieron finales caóticos.

No importa la voluntad que se ponga, el discurso que se diga, el dinero que se distribuya política y socialmente, o las inversiones en infraestructura que se pueda llegar a concretar con los escasos recursos de que se dispondrá, no parece posible revertir este camino descendente. Con cada nueva invasión de lo estatal sobre lo privado, el gasto público improductivo aumentará, el riesgo país seguirá subiendo y la realidad que impondrá  la decadencia económica y moral de la sociedad superará todos los intentos por evitarla.

Es que sin inversiones privadas (y no las habrá hasta que la ideología y la acción económica no se modifique) no hay posibilidades de crecimiento y desarrollo. Y para que suceda un milagro, ya no bastará que Dios sea argentino. También deberá ser kirchnerista.     

 

Enrico Udenio

Autor de “Corazón de derecha, discurso de izquierda”, Ugerman Ed.(2004); y “La hipocresía argentina”, Ed.DeLaRed, 2008.

21 de octubre 2008  

Categorías: Actualidad · Política y economía

UN CORSO A CONTRAMANO

Octubre 14, 2008 · 17 comentarios

 

El viernes pasado, un amigo mío que se identifica ideológicamente con la izquierda peronista, me solicitó vía mail mi opinión acerca de la crisis financiera actual. Rápidamente le respondí que: Hasta ahora, de las medidas que han tomado los países más desarrollados, creo que la más sensata y positiva es la de Gran Bretaña, cuyo gobierno ha salido a respaldar todo el encaje bancario. Ésta es, en mi entender, la clave para devolver la confianza y frenar la caída: respaldar totalmente al sistema bancario, que es la madre del capital y, por ende, del soporte financiero crediticio. Veremos si los demás países adhieren a la solución inglesa.”

Cuando el domingo, en una reunión urgente, las naciones que componen la Unión Europea decidieron respaldar al programa propuesto por Inglaterra, marcaron tres hitos históricos: el primero, enseñaron a la nación madre del conflicto (Estados Unidos) cómo ser eficaz en una situación así, cuando ésta ya había perdido dos semanas en acciones que no solucionaron el problema clave de la crisis (la parálisis crediticia de los bancos); el segundo, ejecutaron en la práctica la primera gran decisión conjunta económica demostrando que es posible la instalación política y económica de un futuro gobierno europeo; y por último, tal cual lo mencioné en una de mis notas anteriores, Europa dejó bien en claro que no permitirá la caída del capitalismo.

La mayor parte del mundo festejó esta decisión y los mercados reaccionaron positivamente. Seguramente seguirá la crisis durante mucho tiempo, los valores oscilarán, el mundo soportará una fuerte recesión y una probable inflación. Si bien la Argentina no quedará fuera de esta hecatombe económica, el verdadero problema que afrontaremos es que, aparentemente, nuestro gobierno, una vez más, equivoca el camino.

Cuando la presidenta Cristina Fernández de Kirchner dice en uno de sus discursos, en alusión al rescate financiero internacional:”Mientras otros países están salvando bancos, nosotros estamos poniendo plata para los que trabajan”, está mostrando un desconocimiento de la situación (porque sólo salvando a los bancos se podrá sostener a los que trabajan) y marca para la Argentina un rumbo ideológico opuesto al que debería seguir.

Esto sería volver a repetir los errores de nuestro pasado. Y si la cura pasa, según la psicología, por cambiar nuestra historia, nosotros perderíamos otra oportunidad más para dar un paso evolutivo en nuestro desarrollo.

 

El Contra

Tanto desde el punto de vista militar como del político y el económico, la Argentina casi siempre anduvo con el pie equivocado en relación al resto del mundo.

Cuando en el siglo XVIII las potencias europeas accionaban formas económicas que impulsaban el comercio competitivo, América latina, dominada por España, ejercía el monopolio comercial.

Cuando en el siglo XIX, esas mismas potencias tenían una economía proteccionista, la Argentina de los unitarios despreciaba la protección industrial y elevaba loas al liberalismo comercial.

Cuando, a partir del “crack de 1929”, Estados Unidos inició un proceso de apertura internacional que llega hasta nuestros días, la Argentina se internaba durante décadas en un camino de proteccionismo y aislamiento sin parangón.

Cuando desde los comienzos de la década del 80, la socialdemocracia europea inició un proceso de cambio dejando atrás las políticas keynesianas y ejecutando una economía liberal, el sector del Radicalismo liderado por Raúl Alfonsín, que asumió el gobierno en 1983, decidió  implementar una política económica socialdemócrata keynesiana mezclada con detalles populistas. Como era de prever, terminó en un colosal fracaso económico.

 

Estos desastres que cito, entre muchos otros ejemplos similares que abundan en nuestra historia, dejan en evidencia la repetición de uno de los mayores males que padeció la Argentina a lo largo de casi toda su vida institucional: la incapacidad extrema de sus dirigentes para la predicción política, lo que determinó, invariablemente, estrategias erróneas. Casi todos los gobernantes argentinos se equivocaron en la interpretación de los acontecimientos mundiales.

 

De la misma manera transitó su estrategia militar. Guerreó cuando debía negociar y negoció cuando debía guerrear. A diferencia de los Estados Unidos (la comparación entre los dos países era muy común durante el siglo XIX y parte del XX), los deseos imperialistas de Buenos Aires casi siempre estuvieron mal dirigidos.

A la hora de ocupar e integrar su territorio, los norteamericanos casi siempre prefirieron negociar. Mucho más de la mitad de su territorio actual fue comprado con dinero. En aquella época, su principio básico fue que era preferible negociar pues guerrear resultaba finalmente más caro. Cuando la negociación no era posible pues resultaba muchísimo más costosa que la guerra, la nación del norte elegía el camino del conflicto bélico.

En cambio, Buenos Aires, que detentaba el poder económico de la Argentina, intentó conquistar por las armas la integración de Paraguay y de la Banda Oriental del Uruguay en vez de negociar con sus respectivos líderes. Lo hizo a pesar de que ambas regiones estaban muy interesadas en formar un conjunto de provincias para conformar una gran nación. Poder y dinero son elementos que un buen estadista debe dar y recibir en el juego de la diplomacia y la negociación para el logro de sus objetivos.

Ya en el siglo XX, cuando se desató la Primera Guerra Mundial, Australia, otro país joven y uno de los principales competidores de Argentina en el comercio internacional, envió trescientos mil hombres a la contienda europea en apoyo de las naciones aliadas. Nada menos que el 10% de su población. Al finalizar la guerra, Australia vio crecer su prestigio mundial y obtuvo los derechos de posesión sobre las islas del Pacífico que habían sido capturadas por los alemanes y recuperadas por los aliados. Argentina no siguió sus pasos y no quiso participar en la contienda perdiendo su oportunidad de ingresar en el “mapa diplomático mundial”.

Cuando se desató la Segunda Guerra Mundial, es un hecho bien conocido que los gobernantes militares argentinos simpatizaban con la causa nazi. Recién a pocos días de que los alemanes se rindieran, la Argentina adhirió a los aliados y le declaró la guerra a Alemania. Este nivel de hipocresía fue castigado. Es que fue la única nación latinoamericana que, ante la guerra desatada por la Alemania nazi, no se incorporó o apoyó a los aliados. Como consecuencia, los vencedores del conflicto mundial impusieron sanciones comerciales y financieras a la Argentina por su actitud. La posición pseudo-neutral de los argentinos perjudicó en mucho al país, y lo dejó fuera del formidable crecimiento económico que se produciría en el mundo occidental durante los siguientes veinte años.

 

La utopía de la gran riqueza

Durante gran parte del siglo veinte, la Argentina fabricó la utopía de que podía llegar a convertirse, dentro del contexto diplomático internacional, tanto en una nación líder de América Latina como en un país central. Uno de los mecanismos estratégicos más utilizados en la búsqueda de esta posición fue el de oponerse al capitalismo inglés-norteamericano, al cual se acusaba de explotar económicamente al país. Esta idea fue muy alimentada a partir de la década del ‘20 por un nacionalismo político y económico mediante abundantes y fervorosos discursos.

Durante la primera mitad del siglo veinte se propagó la creencia de que la Argentina era tan extremadamente rica que las demás naciones desarrolladas se esforzaban continuamente para lograr su sometimiento y así, poder robarles esa riqueza. Este sentimiento mostró un elevado nivel de narcisismo, los argentinos veían al país como el “centro del mundo” y, desde un discurso nacionalista, los obvios intereses foráneos eran interpretados como la expoliadora rapacidad de los de afuera. De este modo, la pobreza existente en la Argentina era el resultado de su sumisión al imperialismo foráneo, por lo que, según un sentido de lógica elemental, la oposición al mismo parecía abrir las puertas de acceso a esa gran riqueza nacional.

 

La realidad demostró lo erróneo de esta idea con la experiencia de las posteriores e interminables crisis políticas, económicas y sociales que vivió la Argentina desde 1920, a pesar de haber llevado a cabo durante gran parte del resto del siglo XX, una constante oposición y prédica contra el imperialismo capitalista. La adhesión a esa creencia tuvo un nefasto efecto colateral en el ciudadano argentino: se comportó como si su riqueza fuera cierta y gastó siempre a cuenta de la futura abundancia que el discurso megalómano promovía.

   

Los argentinos se creyeron, así, los ricos de la América Latina y actuaban como tales. Apoyados por los numerosos y diferentes gobiernos, democráticos o totalitarios, vivieron por encima de sus posibilidades mientras los funcionarios de turno, con excepción de unos pocos, jamás se animaron a crear y sostener políticas de crecimiento a largo plazo que significaran algún tipo de esfuerzo y sacrificio por parte de la población. Desde ya, cuando este derroche generaba las constantes crisis que posteriormente sufría la nación, el sector que correspondía a la clase más baja del estrato social era el que, finalmente, debía soportar los peores efectos de las mismas.

 

Si nos guiamos por los resultados, deberíamos deducir que durante gran parte de su historia, la Argentina fue gobernada por una gran mayoría de funcionarios que remaron contra las tendencias internacionales, políticas y económicas. Cada vez que las naciones desarrolladas rumbeaban para un lado, los argentinos se esforzaron en elegir el camino opuesto.  Nuestro gobierno actual no parece estar muy alejado de esta conducta.

 

Enrico Udenio

Autor de “Corazón de derecha, discurso de izquierda”, Ugerman Ed.(2004); y “La hipocresía argentina”, Ed.DeLaRed, 2008.

14 de octubre 2008   

 

Categorías: Actualidad · Política y economía

LA CAÍDA DEL CAPITALISMO

Octubre 2, 2008 · 26 comentarios

- Segunda Parte de “Somos los mas vivos” 

 

 La grave crisis internacional que ha generado el crack de los bancos de inversión, alimentó durante las últimas semanas una serie de comentarios anunciando, por fin, la caída del imperio americano, con su capitalismo a cuestas, o en el mejor de los casos, como lo anunció la misma presidenta argentina, Cristina Fernandez de Kirchner, el nacimiento de un nuevo capitalismo.

Es que ante cada crisis financiera que sucede en el mundo occidental, desde Karl Marx hasta la fecha, amplios sectores vienen sentenciando el fin del capitalismo y la caída de los imperios que utilizan este sistema de organización económica.

Hasta el momento, la historia ha mostrado que todas estas predicciones fueron productos expresiones de deseo de los que odian el capitalismo, y no de análisis imparciales realizados sobre los hechos. 

 

El hombre, creador de su propio destino

Para Karl Marx, el capitalismo no fue una creación del hombre para obtener una mejora en su condición de vida, sino que fue parte del inevitable ciclo evolutivo de la especie. Su pensamiento lo llevó a considerar que las erróneas creencias del ser humano, así como su comportamiento, se debían al sistema capitalista. Desde este punto de vista, Marx estaba convencido de que, si desaparecía el capitalismo, desaparecían esas creencias.

En cambio, desde un análisis holístico de los mismos hechos históricos, podría afirmarse que en la generación de todos los estadios evolutivos de la humanidad están implicadas las necesidades de los hombres: 1) En la edad Antigua, las monarquías e imperios necesitaban de la producción esclava y los esclavos, a su vez, necesitaban asegurar su subsistencia. 2) El orden productivo de los feudos, donde los señores feudales se comportaban como pequeños monarcas, fue la solución que encontraron los reyes a la dificultad de mantener el mando en sus extensos territorios, mientras que para los siervos significaba la posibilidad de trabajar la tierra bajo una forma de arrendamiento y ser mejor atendidos por alguien más próximo a sus necesidades. 3) El advenimiento de la producción capitalista surgió por la necesidad del hombre burgués de propagar los mercados a raíz del desarrollo del comercio, iniciado a finales de la Edad Media.

El hombre, la especie más poderosa de este planeta que incluso logró dominar una buena parte de la misma naturaleza, siempre fue dueña y responsable de todas sus creaciones, las que a su vez, son un reflejo de lo que él es y necesita. No puede en este ciclo negarse la influencia y el efecto transformador resultante del proceso de retroalimentación producido entre lo creado y su creador. Este fenómeno es el que le dio el carácter dinámico al capitalismo.

 

Los constantes presagios sobre el fin del capitalismo

Marx construyó su concepción ideológica sobre la base de un particular análisis de los hechos de la historia. Presentaba cuatro etapas históricas: esclavitud, feudalismo, capitalismo y comunismo. Supuestamente, éste último iba a ser el punto final de este proceso, el momento en el que las naciones del mundo, a través de sus respectivos Estados y en representación de sus distintas sociedades, tomaran posesión de todos los medios de producción. Ahora bien, la esclavitud, el feudalismo y el capitalismo eran hechos probadamente históricos y, por lo tanto, pasibles de ser considerados como datos reales en un análisis científico, pero Marx incluyó también como “hecho histórico” a la transformación del mundo capitalista en un mundo comunista, y esta afirmación se ubica directamente en el campo de las predicciones, muy alejada de la realidad de aquel momento (mitad del siglo XIX).  Esto convierte a su teoría en paradójica ya que, aquello que según la misma debería haber surgido como consecuencia de la evolución histórica, fue construido por el mismo Marx, junto con Engels, en forma de teoría. Ésta se basaba en una creencia que ellos sostenían como cierta: el ciclo del capitalismo se aproximaba a su fin. De este modo, gran parte de su predicción fue vendida como un “proceso inevitable del ciclo evolutivo del hombre”. Lo erróneo de este pensamiento quedó evidenciado por los hechos posteriores.

Si comparamos lo que era el capitalismo en 1850 con lo que es en la actualidad, podemos observar a  un proceso con ciento cincuenta años de constante evolución, más allá de si este hecho se considera beneficioso o no para el hombre. A pesar de esta evidencia de crecimiento, e imposición por sobre todos los otros sistemas, en la percepción de las cinco sextas partes de la humanidad esta no es la hora del mayor triunfo del capitalismo sino la de su fracaso, crisis y decadencia. Son voces que se escuchan en los campos de las ciencias políticas, sociales y económicas, tanto desde distintas corrientes del socialismo como desde el “progresismo de izquierda”. Si esta apreciación continúa siendo tan errónea como en ese entonces fue la de Marx, el pensamiento anticapitalista seguirá equivocándose.

Si, por el contrario, se observan los procesos históricos que vivieron los anteriores sistemas al capitalismo, se torna evidente que tanto la esclavitud como el feudalismo necesitaron muchos siglos para nacer, desarrollarse y morir. El capitalismo nació en el siglo XV cuando comenzó paulatinamente a reemplazar al sistema feudal. Si éste duró mil años, podemos suponer que, a menos que suceda algún acontecimiento histórico imprevisto e imposible de pensar en el día de hoy, el ciclo del capitalismo debería durar, como mínimo, similar cantidad de tiempo que el del feudalismo. Esto puede suponerse dada su alta capacidad actual para controlar, en extensión geográfica, los grandes instrumentos del poder humano (el económico, el militar y el religioso). Es evidente que el poderío del capitalismo es notablemente más elevado que el que tuvo el feudalismo durante su ciclo histórico.

La decadencia de un sistema socio económico puede predecirse al iniciarse su período de declinación, cosa que no se refleja en lo que el capitalismo muestra a pesar de que, por ser un sistema muy dinámico, sufra constantes crisis económicas y financieras. Al contrario, la superioridad que ha demostrado con relación a sus adversarios parecería estar iniciando su período de apogeo y que, recién en dos o tres siglos, comenzaría lentamente su caída. La extraordinaria capacidad de reformarse que tiene este sistema, hace además, en apariencia, bastante improbable que esta caída se produzca en un formato de colapso como se dio con el comunismo durante las últimas dos décadas.

En estos inicios del siglo XXI, el capitalismo muestra una supremacía casi hegemónica en su afán de organizar racionalmente una economía moderna. Parece haber dejado definitivamente atrás a su principal competidor del siglo anterior: el socialismo marxista. Aclaro al lector que no tomo en cuenta como competencia ideológica al restante socialismo (el democrático o la socialdemocracia), en razón de que éstos adhieren a las formas de producción del capitalismo liberal. Sus diferencias radican principalmente por el grado de injerencia que le adjudican al Estado en el desarrollo socioeconómico, por la rapidez de  distribución y por el destino que le dan a su riqueza, pero no por la génesis de la misma.

 

La competencia

La competencia entre los hombres no fue un lamentable invento del capitalismo. Para poder sobrevivir, desde su inicio como especie, compitieron, principalmente, por el agua, la comida, el fuego, el abrigo y el territorio. El siglo XXI lo ubica compitiendo casi por las mismas necesidades de entonces o por aquellas que las representan. La conquista de los poderes militares, políticos y económicos son los medios que utiliza para satisfacerlas.

La ideología fue uno de los principales instrumentos que se utilizaron para lograr que los pueblos se agruparan detrás de un determinado orden el cual, a su vez, facilitaría la satisfacción de esas necesidades. El siglo XX albergó tres ideologías que compitieron para conquistar la supremacía mundial. La segunda guerra mundial marcó la caída de una de ellas: el fascismo, y dejó el territorio dividido entre los otras dos restantes: el capitalismo y el socialismo marxista. Pero el colapso del imperio soviético y sus países satélites del Este europeo a finales de la década del ’80 cerró un largo siglo de competencia política entre el capitalismo y el comunismo y ha provocado un gran descalabro en todas las fuerzas de izquierda del mundo.

Considero que este “monopolio ideológico” no es bueno para el mundo. Muchos analistas políticos de distintas nacionalidades piensan lo contrario. Consideran que sin la amenaza del comunismo, la democracia capitalista podrá expandirse con mayor rapidez y facilidad, y esto será positivo por tratarse del sistema que garantiza la mayor cantidad de libertades para los hombres. Este pensamiento tiene una falla: conjeturar que el sistema que justamente propaga la idea de la libre competencia, puede funcionar correctamente sin tener él mismo con quien competir.

 

El sistema que justamente propaga

la idea de la libre competencia,

no puede funcionar correctamente

sin tener él mismo con quien competir.

 

La resultante de esta situación se vio durante la década del ’90, cuando el capitalismo generó duras consecuencias sociales en una gran cantidad de naciones. Se lo ha llamado “neoliberalismo” pero en realidad, se trató del capitalismo liberal y reformista de siempre (porque nunca hubo otro), con la diferencia que desde 1989 fue monopólico. A partir de ese momento, no se tuvo otra opción ideológica para presionarlo y exigirle mejores condiciones sociales o nuevas reformas del sistema. Salvo el largo camino que ha decidido recorrer la China comunista del cual se desconoce si terminará convirtiéndose en una democracia capitalista o dará forma a una nueva ideología totalitaria, no aparece en el horizonte inmediato ningún nuevo competidor.

 

Las ideologías son creaciones del ser humano y, por lo tanto, se nutren de lo que él es. El hombre es competitivo no sólo con el otro, sino también consigo mismo. Para él, competir es superarse. No necesita imprescindiblemente ganar. Se trata del esfuerzo para intentar ser mejor persona y, como es gregario por naturaleza, para ello necesita constantemente del otro. Ese otro es el referente, el límite. En una sociedad organizada, es el Estado el que lo representa. Si éste parámetro falta, lo más probable es que comiencen a crecer y expresarse los aspectos más negativos del ser humano: el egoísmo, la avaricia, la codicia, la ambición desmedida y la violencia en todas sus formas. Parecería que en la etapa evolutiva en la que se encuentra en estos primeros años del siglo XXI, no puede tener un acabado control sobre sus ambiciones y desbordes. Es probable que le lleve varios siglos, o tal vez milenios, continuar con su mutación hasta convertirse en un ser superior pero en la actualidad, el mejor control para un ser humano es otro ser humano. Necesita del Estado para evitar su propio descontrol y de la competencia para que ésta le proporcione el combustible necesario para experimentar el riesgo y desarrollar la creatividad.

 

Las reformas y sus bases

Las continuas reformas en el sistema capitalista que todos los actores involucrados produjeron durante los últimos siglos, lo convirtió en un fenómeno muy diferente al del pasado. Si pudiésemos resucitar a un poblador de mediados del siglo XVIII, éste se encontraría con un capitalismo que poco tiene que ver con el que vivió en su época. Pero si profundizamos el funcionamiento del sistema en ambos períodos históricos, observaríamos que, haciendo una analogía con un edificio muy antiguo pero bien mantenido al cual, a través del tiempo se le han instalado gas, redes cloacales y ascensores, cambiado las cañerías de agua, los pisos, las ventanas, la calefacción. Se le han agregado también paredes construidas con nuevas tecnologías, cables coaxiales, control por imágenes, aire acondicionado y se han reparado las fachadas y los tensores. Pero todos estos cambios se han realizado sin modificar los pilares que sostienen el edificio: La propiedad privada; el mercado regulado, principalmente, según las leyes de la oferta y la demanda; el ahorro acumulado; el trabajo asalariado libre; y las leyes y reglamentaciones que regulan, controlan y protegen al sistema. 

 

Todas las reformas capitalistas se realizan

sin modificar los pilares que la sostienen.

 

Estas bases del capitalismo no emergieron espontáneamente de la imaginación de una persona, sino que fueron el resultado de un proceso colectivo que se inició, en el siglo XIV, con la circulación de mercancías y su intercambio por dinero. Esto dio lugar al comercio y a la formación de los mercados locales e internacionales. Este “pre-capitalismo” maduró con la propagación de las ideas liberales a partir del siglo XVIII, en especial con el período de la Ilustración Francesa en el cual se instaló la idea del Derecho a la Propiedad y su necesidad de protección,  plasmada a través de las leyes y de la constitución de un Estado. En 1776, el economista y filósofo británico Adam Smith publicó su ensayo “Investigación sobre la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones”, más conocido por su nombre abreviado de “La riqueza de las naciones”, en él dio forma teórica al desarrollo, que se había producido hasta ese entonces, del capital, del comercio y de la industria de los países. El capitalismo se constituyó así como una práctica antes que como una teoría. El ensayo de Smith creó los primeros cimientos para el estudio moderno de la economía pero, fue la universalización de la propiedad privada formal lo que le permitió a occidente iniciar el camino hacia el capitalismo.

 

El nuevo capitalismo anunciado por Cristina

Cuando nuestra presidenta anuncia el advenimiento de un nuevo capitalismo, considero que este pensamiento es un delirio “tercermundista” que nace, entre otras cosas, por su dificultad o incapacidad para acumular riqueza. Cuando los políticos argentinos reclaman por un capitalismo ”humano”, “productivo”, “ético”, “distributivo”, “honesto”, y otros calificativos del mismo tenor, al mismo tiempo que rechazan al “financiero”, “neoliberal”, “especulativo”, “improductivo”, “inhumano”, o “explotador”, están dando un mensaje erróneo a la población: que hay un capitalismo “bueno” y otro “malo”, y esto es inconcebible desde el punto de vista lógico. Se otorga una capacidad inexistente a un sistema económico unitario regido por principios básicos que supuestamente deberían guiar el pensamiento y la conducta de quienes lo apliquen. Son las personas las que interpretan o aplican “bien” o “mal” las normas preestablecidas por un método, siendo las consecuencias de sus actos también relativas a esa interpretación o aplicación.

Ahora bien, en lo que se refiere a las calificaciones antitéticas valoradas por la cultura como “buenas” o “malas” considero, desde mi personal visión holística, que el capitalismo, al igual que cualquier sistema o método que invente o desarrolle el hombre, genera sus propias virtudes y patologías, por lo que es “bueno” y “malo” al mismo tiempo, pues ambas partes reflejan lo que es su creador. Si el hombre tiene su lado “bueno” y su lado “malo”, todo lo que de él emerja también lo tendrá. Se lo acepta desde su integridad o se lo descarta, pero no se lo puede dividir sin destruirlo.

 

La declinación del impero

Desde la caída del Muro de Berlín, el capitalismo está más fortalecido que nunca. Sin la oposición comunista, se ha adueñado de una gran porción del planeta al mismo tiempo que transita una fase de su proceso evolutivo al que se le ha llamado “globalización”. Ésta fase soporta acérrimos enemigos que la califican de etapa imperialista, dirigida política, militar e ideológicamente por la gran potencia actual: los EEUU.

Pero con la presidencia de George W. Bush, este país ha declinado su influencia imperial. Los grandes déficits económicos alimentados por sus gastos de guerra y el fuerte desprestigio internacional que sufrió por sus prepotentes acciones, muestran una caída que, probablemente, aumentará debido al descomunal esfuerzo económico que deberá realizar para salvar al sector financiero de la gran crisis actual.

Pero es erróneo pensar que el mantenimiento del capitalismo como sostén organizativo económico mundial esté ligado a la declinación mayor o menor de los Estados Unidos. Será el mundo occidental en su totalidad que lo sostendrá gracias a las ventajas que presenta su versatilidad.

Es importante señalar en la perspectiva histórica del sistema, el hecho de que, mientras el gasto en materia social de los gobiernos siguió creciendo durante todo el siglo XX, paralelamente aumentó la mayor intervención de éstos en la economía, manteniendo, sin limitaciones, las libertades individuales y políticas que caracterizan a una democracia liberal. Esto ejemplifica la enorme versatilidad y flexibilidad que tuvo el capitalismo durante el siglo XX. En su lucha contra las ideas revolucionarias del fascismo y del comunismo, defendió su postura reformista y, según los resultados observables, con mejores resultados que sus competidores.

De este fenómeno podría deducirse que, cuando las estructuras de una nación se estancan parecería inevitable que en algún momento se produjera una revolución, sea esta violenta o incruenta, que arrasará irresponsablemente con buena parte de lo construido. Si, por el contrario, las estructuras están vivas, surge una constante necesidad de reformar y transformar que acompaña a la evolución del hombre y sus cambios existenciales.

 

Más pez que dinosaurio

Cuando en Francia, en 1748, hace ya 255 años, el barón de Montesquieu dio a conocer su obra “El Espíritu de las Leyes”, iniciando un proceso revolucionario que cambiaría todas las reglas de juego, político, económico, cultural y social, existentes hasta ese momento, supongo que no imaginaba que en el siglo XXI, un mundo extremadamente distinto al suyo, continuaría con la misma base ideología, el liberalismo.

El marxismo, fascismo, nazismo, socialismo, nacionalismo, populismo, fundamentalismo religioso, anarquismo, son algunas de las numerosas experiencias que las sociedades vivieron en los intentos de cambiar, radicalmente o a través de reformas, todos o algunos de esos principios liberales.

No siempre el que sobrevive es el mejor, incluso, la historia del ser humano nos muestra que, en ocasiones, el que sobrevivió pudo haber sido el peor. Lo que podemos inferir es que, según el estudio de la naturaleza, los dinosaurios, a pesar de ser los más poderosos, desaparecieron, mientras que otras especies, en apariencia más débiles, sobrevivieron. La virtud fundamental de éstas fue que pudieron cambiar y adecuarse a las exigencias que imponía la misma naturaleza a través del paso del tiempo.

El liberalismo, bueno o malo, o mejor dicho aún, bueno y malo al mismo tiempo, demostró que durante 255 años fue el que más logró adecuarse a los cambios que el mismo ser humano impuso. Hasta el momento ha sido más pez que dinosaurio. 

 

A pesar de la grave crisis financiera desatada en los Estados Unidos y que, seguramente, involucrará a casi todo el mundo, creo que el problema no está en el desarrollo de los mercados mundiales que produce el sistema, sino en las limitaciones que éste tiene para corregir sus males. El capitalismo no miente cuando publicita todo lo que ha hecho en beneficio de sus poblaciones, sí miente cuando trata de eludir su responsabilidad por todo el daño que también ha producido o por todo aquello que no ha logrado aun hacer, esto es, satisfacer las necesidades de los excluidos del progreso económico, de los carentes de casa, comida, servicios de salud y vivienda, de los marginales y los desocupados. Aquellos que detenten el poder en el marco del sistema capitalista, si es que desean que este sistema socioeconómico subsista varios siglos más completando su ciclo histórico, estarán obligados en el futuro a encontrar las soluciones.

 

Enrico Udenio

Autor de “Corazón de derecha, discurso de izquierda”, Ugerman Ed.(2004); y “La hipocresía argentina”, Ed.DeLaRed, 2008.

4 de octubre de 2008

 

Categorías: Actualidad · Política y economía