“La codicia de poder es la más flagrante de todas las pasiones.”
Tácito Cayo Cornelio (55-120 D.C.), uno de los más grandes historiadores romanos.
Los Anteojos del Tata cumplió 10 meses de vida y, hasta el momento, la respuesta de la gente ha sido magnífica. Cerca de las 150 mil visitas recibidas hasta ahora confirman que el camino elegido ha sido bueno.
Normalmente los blogs políticos son proclives a recibir una innumerable cantidad de comentarios agresivos e insultos de todo tipo. Para mi sorpresa, no llegan a diez aquellos que, en total, hubo que dejar de publicar por ser burdamente ofensivos y soeces. Una cantidad insignificante si la evaluamos dentro de los 650 aportes que figuran hasta hoy.
Por supuesto llegan observaciones de todo tipo, a favor y en contra de la línea editorial pero, en esta nota, quiero referirme a las reacciones negativas de algunos foristas con aquellos artículos en donde se analiza el comportamiento histórico del peronismo, por ejemplo, “El Mito Peronista” (Marzo); “Sindicalistas Ricos, Obreros Pobres” (Diciembre); “No hay peor ciego que el que no quiere ver -2da Parte” y “El Péndulo Peronista” (ambas publicadas en Septiembre); y “El Otro Yo de Cristina” (Agosto 2008)
Una de las características que más me llamaron la atención de esos comentarios fue la imposibilidad de muchos en adentrarse en un planteo teórico de dudas o cuestionamientos hacia Perón y/o Evita. Incluso, alguno llegó a pedir directamente “por favor, no hables más mal de Perón”.
Lo curioso es que, en realidad, el “hablar mal de Perón” en mis artículos se limitaba a transcribir, en la mayoría de las veces, textuales expresiones del mismo Perón, o a puntualizar sucesos muy bien documentados históricamente. Si bien, se pueden realizar varias interpretaciones de un mismo acontecer histórico, todas son pasibles de análisis cuyas diferencias permiten un enriquecimiento intelectual sin tener necesidad de caer en calificativos burdos como son los habituales casos de “gorila”, “reaccionario”, entre varios.
En mi propia vida pude cambiar muchas cosas porque accedí a nuevos conocimientos. ¡Tantas veces estuve seguro de un pensamiento que luego era superado por otro! Vivimos en un mundo de continuos movimientos hacia nuevas realidades. Y si éstas llegan a ser diametralmente diferentes de las que uno creía, hay que sacar a relucir todo el coraje y amplitud mental para poder incorporarlas como propias.
Cuando una y otra vez nosotros reafirmamos nuestras creencias, profundizamos nuestro estancamiento en la vida. En cambio, cada vez que asimilamos algo nuevo y diferente a lo creído y pensado, damos un salto cualitativo hacia adelante.
LOS SERES HUMANOS Y LOS MITOS
¿Qué sucede en un liberal, un radical, un conservador, por ejemplo, cuando se encuentran con documentaciones que muestran visiones negativas del accionar de Kennedy, Churchill, Hipólito Yrigoyen, Arturo Frondizi, Raúl Alfonsín, etc.?
En la mayoría de los casos, más allá del lógico malestar, hay un interés genuino por conocer y analizar esas opiniones. Siempre se puede aprender algo nuevo que ayude a reafirmar o a cuestionar las propias creencias.
¿Por qué esto mismo no sucede con Perón o con la mayoría de los denominados políticos populistas? No interesa, incluso, el alto valor documental o la irreprochabilidad del que lo dice.
Por ejemplo, cuando se trata de mostrar el doble discurso de Perón o su clara manipulación de los intereses populares, se pueden utilizar las expresiones del mismo hombre: “Repito, la gente que iba conmigo no quería ir hacia donde iba yo; ellos querían ir adonde estaban acostumbrados a pensar que debían ir. Yo no les dije que tenían que ir adonde yo iba; yo me puse delante de ellos e inicié la marcha en la dirección hacia donde ellos querían ir; durante el viaje, fui dando la vuelta, y los llevé adonde yo quería… (“Página 235 del libro de Juan Domingo Perón, “Conducción Política” en su Edición 1974 de la Secretaría Política de la Presidencia de la Nación).
Ante este recuerdo, los peronistas se enojan, ofendidos, porque argumentan que se manipula ese discurso. ¿A qué manipulación se refieren? En psicología, las palabras de Perón no pueden ser interpretadas de ninguna otra manera. Se trata, claramente de un doble discurso y de una acción manipuladora, aunque existan explicaciones que intenten justificar ese accionar.
Si yo fuera peronista probablemente diría: ¿Y qué? ¿Acaso existe en el mundo un político que, en algún momento y según las circunstancias, no tenga un doble discurso para lograr un fin deseado? Si la política es un arte de la negociación, la manipulación se torna casi inevitable.
Por lo tanto, asumiría que Perón, como político que era, mintió y utilizó a la gente a su conveniencia, pero también asumiría que tuvo sus ideales y sus nobles acciones. Que fue corrupto y se equivocó en muchas cosas, y fue noble y acertó en muchas otras, como la gran mayoría de los seres humanos.
Y es éste, precisamente, el problema con los peronistas: su líder dejó de ser humano y pasó a ocupar la categoría de mito. Y a los mitos, no se los cuestiona.
El problema con los peronistas es que su líder dejó de ser humano y pasó a ocupar la categoría de mito.
Los mitos se construyen a partir de las idealizadas fantasías depositadas en ellos por nosotros, los seres humanos mortales, egoístas, avariciosos, sufridos exponentes de una especie que es, por lejos, la peor en este planeta. Entonces, despojamos a esos seres de todas estas maldades e incapacidades y los ubicamos en un pedestal del que no queremos que se bajen.
Todos los gobernantes del mundo, han tenido sus aciertos y sus equivocaciones. Es cierto que muchos han tenido horrores en lugar de errores, pero esta circunstancia no elimina que hasta el más inútil de los gobernantes tiene en su haber cosas positivas para una nación. Por ello, la calificación de un buen o mal gobierno, no depende de si cometió errores, sino de la percepción que se tenga de cuál de los dos platillos tiene más peso: si el positivo o el negativo.
Cuando en lugar de un político que gobierna una nación –a veces mal, a veces bien, según sus circunstancias- se ubica a un intachable y perfecto estadista, nos encontramos ante una persona irreal, que sólo pudo existir en la fantasía popular.
CADA UNO SEGÚN LAS CIRCUNSTANCIAS
“El arte de colocar al hombre indicado en el lugar preciso es lo primero en la ciencia del gobierno; pero encontrar un lugar para el descontento es lo más difícil.”
Charles-Maurice de Talleyrand (1754-1838). Político y diplomático francés durante la “Revolución Francesa”.
El filósofo español José Ortega y Gasset acuñó la frase “Yo soy yo y mi circunstancia”, incluyendo en esta última el entorno vital del individuo, todo lo que en él influía y en el que, a su vez, él dejaba su impronta. Es que, en realidad, no “somos” sin nuestra “circunstancia”, sin ese mundo de relaciones donde estamos inmersos (1). Quiere decir que somos lo que la memoria genética nos dicta, lo que se modifica o condiciona por las circunstancia de vida que nos toca vivir; y en ello va nuestra evolución.
A sólo título de referencia, probablemente Hipólito Yrigoyen no hubiera sido depuesto por un golpe militar en 1930, si no hubiera que tenido que afrontar las consecuencias sociales y económicas que devinieron por el Crack de 1929 acaecido en los Estados Unidos. A su vez, Herbert Hoover fue presidente en ese país desde 1929 hasta 1933. Es decir, asumió meses antes del mencionado Crack y enfrentó la crisis con la práctica habitual que se utilizaba para los tiempos de recesión económica: sostener los niveles de consumo de la población e instar a los empresarios a no recortar los salarios compensándolos con una fuerte protección a sus industrias. Finalmente esta política generó consecuencias opuestas a las deseadas que dieron nombre a la “Gran Depresión”: disminuyó la producción, aumentó el desempleo, y los salarios fueron recortados. ¿Hoover fue un presidente incapaz o fue un exponente de la creencia de la época?
Su sucesor, Franklin Roosevelt, cambió esa política pero sus resultados fueron magros hasta que la producción y el empleo generados por la Segunda Guerra Mundial creó un fuerte desarrollo económico. ¿Qué hubiera sucedido con la economía norteamericana si Hitler no hubiera desencadenado su locura bélica?
El final de la guerra dividió el mundo en dos ideologías, y en el occidental sobrevino el más formidable desarrollo socio económico de la historia, conocido como “Estado de Bienestar”. Avances sociales y laborales, incremento constante de las inversiones privadas y, por ende, aumento de las recaudaciones impositivas en todos los países, con los beneficios sociales que este determinó.
A Juan Domingo Perón le tocó gobernar durante ese período, con abundantes fondos gracias al comercio habido durante la guerra, y con la influencia de una corriente de beneficios sociales que se esparció por el mundo. ¿En ese contexto cuánto menos hubiera realizado otro presidente en su lugar?
A Juan D. Perón le tocó gobernar con la influencia de una corriente de beneficios sociales que se esparció por el mundo.
Los años 70 fueron para casi todos los gobiernos muy difíciles. El abandono del patrón-oro de la moneda norteamericana, la desmesurada alza del costo del petróleo (pasó de uno a diez dólares el barril en apenas una década), y el fuerte avance del comunismo en América latina y en Asia, signaron las políticas de sus gobernantes. ¿Qué podía hacer Perón, ya muy enfermo, ante esta situación internacional cuando volvió a asumir en 1973? En realidad, muy poco.
La estanflación mundial de principios de los 80 generó el abandono del “Estado de Bienestar” y el advenimiento del movimiento monetarista para poder solucionar la depresión económica. La computación e internet dieron paso a la “revolución informática” y, con ella, el mundo tuvo que enfrentar una explosión del desempleo. Es que la máquina robotizada apareció para, tarde o temprano, reemplazar al hombre en gran parte de sus trabajos. Por ende, la mayoría de los gobernantes se encontraron frente al flagelo de la desocupación y las restricciones que imponían las políticas monetaristas. Aquellos que se resistieron a seguirlas padecieron la inflación y el deterioro de sus reservas, como fue el caso de Alfonsín. No pudo afrontar la complejidad que significó esta década, y su gobierno sucumbió. Muy probablemente, otro hubiera sido el resultado final si le hubiera tocado gobernar en los 50 o en los 60.
Los años 90 transitaron en un mundo unipolar. El comunismo había colapsado por su propio peso, y el capitalismo se encontró sin competencia. Nada menos que el sistema que siempre impulsó la competencia como el medio más seguro y eficaz para evitar los abusos consecuentes del monopolio, se quedó sin ella. Este monopolio ideológico generó la mayor cantidad de injusticias e inequidades. Menem gobernó en este contexto y con estas circunstancias. Para bien y para mal.
Finalmente, la primera década del siglo XXI se impregnó con un proceso, inédito e histórico, en el que se dieron extraordinarias subas de los valores internacionales de las materias primas. Como una bendición del cielo, los Kirchner se encontraron, entonces, con un enorme volumen de fondos que, sin duda alguna, les permitió paliar el colapso socio económico en el que el país se había hundido en el 2002.
Sin esos sorpresivos ingresos ¿qué hubiera podido hacer el matrimonio presidencial? Poco y nada. Pero este auge económico se acabó, y ahora, cuando tienen que enfrentar los graves problemas argentinos sin disponer de cuantiosos ingresos, deben estar lamentando no haber previsto y ejecutado oportunamente una “caja anti-cíclica”, como sí previó y ejecutó en Chile su presidenta, la socialista Michelle Bachelet.
Por ello, desde Yrigoyen hasta Perón, desde Frondizi hasta Kirchner, cada uno fue y pudo hacer según sus propias capacidades intelectuales y según las circunstancias locales e internacionales que les tocó vivir.
Los Kirchner deben estar lamentando no haber previsto y ejecutado oportunamente una “caja anti-cíclica”, como sí previó y ejecutó en Chile su presidenta, la socialista Michelle Bachelet.
Como nación pertenecemos a una comunidad internacional, a un sistema económico y de trabajo, y a tantos colectivos como roles ocupa nuestro país en la sociedad mundial en la que está inserta. Por lo tanto, es imposible que los conflictos, y sus soluciones, se presenten por fuera de las relaciones con los otros (1).
A los peronistas les cuesta mucho aceptar esta realidad humana. Concordar con que todos dependemos, en gran medida, de las circunstancias que nos toca vivir, es reconocer que Perón formó parte de un tándem socio económico y cultural, en el que estaba inmerso en las creencias, miedos y deseos engendrados durante la primera mitad del siglo XX, con sus guerras y con las tres ideologías que pugnaban por prevalecer: el capitalismo, el comunismo y el fascismo. Obró como quiso, como pudo y como se lo permitieron. Logró avances importantes para la nación con el consecuente beneficio para su población, pero también se equivocó feo en muchas cosas generando lamentables retrocesos en la sociedad.
SI YO FUERA PERONISTA
“Los pies de un hombre deberían estar plantados en su país, pero sus ojos deberían inspeccionar el mundo.”
George (Jorge Ruiz) Santayana (1863-1933). Filósofo español.
Si yo fuera peronista, defendería a Perón asumiendo que, si bien le tocaron buenos vientos de popa para facilitar la realización de una obra social importantísima, fue él quien finalmente la hizo. Seguramente si Cristóbal Colón no hubiera coronado con éxito su descubrimiento de América, otro lo hubiera hecho pocos años después. Pero fue Colón el primero que lo logró.
Escuelas, hospitales, una industria liviana y una mayor facilidad en el movimiento de las clases sociales, fueron sólo algunos de los innegables logros en el primer mandato de Perón.
No discutiría cuando me achaquen la simpatía ideológica de Perón con el fascismo ni las persecuciones políticas –incluyendo el encarcelamiento de muchos- que sufrieron los opositores. Hay abundantes documentos comprobatorios, incluida una carta del propio Perón a John Cooke que avalan esto. En cambio, explicaría que, en aquella época, una buena porción de Europa era pro fascista porque aún el sistema democrático liberal no estaba muy arraigado en las poblaciones. Prevalecía aún el concepto de que un buen fin justificaba cualquier medio utilizado para su logro, por lo que las tendencias totalitarias era moneda corriente en aquella época. La democracia y el respeto por las instituciones republicanas no eran un bien común ni aceptados fácilmente.
Por lo tanto, si yo fuera peronista insistiría en que no podemos juzgar las inclinaciones ideológicas ni las acciones de los antiguos personajes históricos desde nuestro actual concepto sobre el mundo. Es tan absurdo como criticar a Sarmiento por su inclinación monárquica a mediados del siglo XIX.
Si yo fuera peronista insistiría en que no podemos juzgar las inclinaciones ideológicas ni las acciones de los antiguos personajes históricos desde nuestro actual concepto sobre el mundo.
Respecto a la denuncia de que nuestro régimen sindical es una copia fiel del modelo laboral de Mussolini, yo lo explicaría desde la importancia que tenía para Perón, ferviente anticomunista, el “torcer” la ideología marxista que copaba el movimiento obrero en aquella época. Si Mussolini lo había conseguido en la década del 30 en Italia, ¿por qué no lo podía conseguir él en la Argentina? Finalmente tuvo razón y lo logró.
No condenemos excesivamente el mecanismo maquiavélico que los políticos utilizan para lograr sus objetivos. La Argentina, en el mundo bipolar que surgió a partir de la Segunda Guerra Mundial, debía impedir la consolidación de un movimiento obrero mayoritariamente comunista para evitar un agravamiento de sus conflictos con los Estados Unidos. Perón logró que los obreros abandonaran el marxismo, y así pudo sortear la clásica confrontación de la lucha de clases, que… ¿quién lo sabe? … con el financiamiento por un lado del imperio soviético, y por el otro, la estrategia de dominio territorial de los Estados Unidos, quizás hubiera llevado a la Argentina a una cruenta guerra civil.
Si yo fuera peronista apoyaría a los caudillos de las provincias porque ellos conocen cómo deben comunicarse con su pueblo, pero dejaría bien en claro que me da vergüenza e indignación ver cómo los gobernantes –sean peronistas o no- buscan afanosamente las reelecciones y las re-reelecciones.
Por supuesto, aceptaría la responsabilidad del Justicialismo por la decadencia del país porque fueron los que gobernaron más de la mitad del tiempo desde 1945, pero como peronista, insistiría en que los que nos reemplazaron resultaron siempre mucho más incapaces.
Si yo fuera peronista, sabría perfectamente que una nación evoluciona cuando hay alternancia política en los gobiernos. Sabría que ningún país del mundo evolucionó con un único partido gobernante. Recordemos que México pegó el salto evolutivo en su desarrollo, cuando el “unipartidismo de hecho” que significó durante décadas el PRI, fue derrotado y comenzó un sistema político multipartidista.
Por lo tanto, no impediría gobernar a mis adversarios políticos porque sabría que en algún momento el poder desgasta -aunque se gobierne medianamente bien- y los peronistas volveríamos a gobernar una nación que estaría mejor desarrollada que cuando la dejamos. Y esto nos conviene como país y como partido político.
En fin, podría escribir largo y tendido sobre las virtudes que tuvo Perón para beneficio de la sociedad, así como sobre los muchos errores que cometió con serios perjuicios para el país.
Si yo fuera peronista, me comportaría así.
Enrico Udenio
29 de marzo 2009
(1): ¿Por qué nos enfermamos”, Alicia López Blanco, Editorial Paidós, 2008