“La diferencia entre un político y un estadista es que el político piensa en la próxima elección, y el estadista piensa en la próxima generación.” James Freeman Clarke (1810-1890). Filósofo, clérigo e historiador norteamericano.
Dr. House es una de las series norteamericanas más vistas en el mundo. Su estructura, muy novedosa dentro de la temática de los dramas médicos, consiste en realizar un diagnóstico a un problema de salud que se presenta confuso. En su búsqueda de respuestas al misterio de cuál es la enfermedad con la que se enfrentan, el Dr. House, junto con su equipo de especialistas, realiza hipótesis diagnósticas a las que trata con la medicación correspondiente. Si el diagnóstico resulta erróneo, los remedios dados enferman aún más al paciente y esto les da la pauta de que no están transitando el camino correcto. Cuando logran arribar al diagnóstico correcto, están en condiciones de aplicar las medicaciones adecuadas para salvar al enfermo.
La solución a los problemas socio económicos que deben enfrentar los países no difieren del concepto que transmite la serie. Esta analogía trae a un primer plano el hecho de que lo más importante para un gobierno es dar con un diagnóstico certero de los males que padece. Si lo logra, seguramente tendrá posibilidades de elegir un buen camino para solucionarlos. Si no, generará un empeoramiento de la situación o, en el mejor de los casos, el desarrollo de la nación se estancará sin muchas probabilidades de revertir ese proceso.
LAS COMPARACIONES
América y Australia son dos continentes que albergan naciones jóvenes. Tres de estas, Estados Unidos, Canadá y Australia, se desarrollaron a un nivel tal, que la primera es la principal potencia actual del mundo y las otras dos se encuentran entre el privilegiado grupo de las sociedades desarrolladas. Y cuando digo “desarrolladas”, no me refiero solamente al factor económico, sino también a todos los otros índices que hacen al bienestar de una población: educación, salud, esparcimiento, respeto por las leyes y por los derechos de los demás, etcétera. No es que carecen de pobres, desigualdad social, delincuentes o patologías extremas de muchos de sus habitantes, sino que las posibilidades para acceder a una vida mínimamente digna aumentan en mucho si lo comparamos con las naciones latinoamericanas.
En cambio, después de doscientos años de existencia, gran parte de las naciones latinoamericanas se encuentran en un nivel de desarrollo muy precario, inestable y sometidos a los vaivenes e intereses de las los países desarrollados.
Entonces, ¿quién diagnosticó y aplicó las soluciones adecuadas y quién no?
Cuando una parte de la sociedad argentina critica a las naciones desarrolladas y promueve la idea de que no tenemos casi nada que aprender de ellas, porque si lo hacemos, seguiremos mal, estamos invirtiendo la realidad: son ellos los que hicieron bien las cosas y no nosotros.
No tomar en cuenta las experiencias positivas que han tenido otros países en la realización de diagnósticos y tratamientos es autocondenarse a una pérdida de tiempo, un aumento de costos y un incremento de las probabilidades de fracaso.
En el campo de la medicina, la efectividad de los remedios se mide en función de los resultados obtenidos en su aplicación en los enfermos. A ningún médico se le ocurría afirmar que la vacuna contra la poliomielitis desarrollada por Jonas Salk, y promovida mundialmente gracias a la posibilidad de aplicación oral que inventó Albert Sabin, no es efectiva para evitar la enfermedad en todo lugar en el cual se manifieste.
Muchos de los que desacuerdan con esta forma de análisis calificándola de lineal, explican que el desarrollo de esas naciones poderosas se basó en acciones éticamente incorrectas y/o violatorias de otras, lo cual es cierto, pero este concepto parte del error de dar por sentado un hecho inexistente: la nobleza de un país. La historia nos muestra que todas las naciones del mundo accionaron, en la mayoría de las ocasiones, focalizados en la conveniencia de sus habitantes y sin tomar demasiado en cuenta al prójimo. La Argentina no es una excepción, ya que, durante su historia, se comportó en innumerables ocasiones como la villana de turno.
La diferencia con aquellas otras naciones, es que ellas lograron su propósito (mejorar en mucho la calidad de vida de sus habitantes) mientras que nuestro país no.
LOS PRIMEROS PASOS PARA LA CURA
Un primer paso es la toma de conciencia: reconocer que estamos con serios problemas y que necesitamos solucionarlos.
El siguiente paso es intentar diagnosticar la enfermedad que reflejan los síntomas. Esta instancia es clave y determinará el fracaso o suceso del tratamiento que se aplique en la búsqueda de la cura.
Toda la mecánica de un certero diagnóstico se basa en la dimensión comparativa del problema: qué se hizo hasta ese entonces para afrontarlo y con qué resultados. Quienes fueron los que resolvieron problemas similares y quienes no.
Una cosa muy importante a tener en cuenta es la necesidad de que la ideología del gobierno de turno no sesgue la mirada en la realización del diagnóstico. El Dr. House necesita de la oposición para encontrarlo, reconociendo que su mirada será siempre parcial y subjetiva.
Por otra parte, es lógico que, en cambio, la ideología esté presente en la elección del tratamiento pues una vez identificada la enfermedad, los caminos de la cura dependerán del criterio al cual se adhiera.
Recordemos, además, que muchas veces no hay un único remedio que cure, puede haber varios alternativos, quizás alguno mejor que otro según cada ocasión, pero lo que debemos concientizar es que cuando negamos el problema o cuando partimos de un diagnóstico equivocado del mismo, no existe solución alguna.
EL CASO ARGENTINO
Veamos un ejemplo práctico en el caso argentino. Quizás el síntoma más grave de la involución y/o estancamiento de nuestro desarrollo se encuentre en la carencia de inversiones, sean éstas productos del ahorro interno o del externo.
¿Por qué no se invierte en el país?
Las estadísticas –privadas u oficiales dan los mismos resultados- muestran que desde el año 2001 las inversiones se estancaron. Si bien posteriormente, y por efectos de la fuerte devaluación del peso, hubo sectores beneficiados por sustanciales aportes de dinero, como en el caso de los rubros relacionados con el turismo, no se concretaron inversiones significativas en infraestructuras –gas, energía, comunicaciones, vialidad, vivienda popular, etc- ni en el sector de la producción industrial.
Es que el matrimonio presidencial se encargó durante estos años de agredir sistemáticamente al inversor. Ejemplos sobran: el empresariado español y el italiano, multinacionales locales y extranjeras varias, son solo algunos de los ejemplos en que las acciones de los Kirchner fueron nefastas noticias que dieron la vuelta al mundo. Por supuesto, ni mencionemos el conflicto con el campo argentino, cuyas inversiones quedaron paralizadas desde hace un año y el país profundizó notablemente su crisis desde ese entonces.
LA NECESIDAD DE UN DIAGNÓSTICO CORRECTO
“Gluck, el ilustre autor de <Orfeo>, adoraba el dinero y la buena comida y no se avergonzaba de decirlo. Alguien le preguntó: -Maestro, ¿qué es lo que preferís en el mundo?
-Tres cosas: el dinero, el vino y la gloria.
-¡Cómo! Para vos, un músico, ¿la gloria viene después del dinero y el vino? No sois sincero…
-Pues es bien sencillo… con el dinero compro vino, el vino despierta mi ingenio y éste me trae la gloria.”
Anécdota extraída del libro Historia de la Historia (Círculo)(1984), de Carlos Fisas.
Si bien la decisión de invertir en un proyecto productivo está relacionada a numerosos factores, existen tres determinantes principales:
1) Un mercado atractivo que posibilite obtener el mayor nivel de ganancias que la competencia permita.
2) Una seguridad legal que proteja el capital de los vaivenes políticos y asegure una estabilidad de las condiciones del mercado a largo plazo.
3) Condiciones impositivas, crediticias y laborales que posibiliten mejorar costos y precios. Este punto es decisivo al momento de elegir invertir en las naciones subdesarrolladas. Ante costos y condiciones de materia prima similares, cualquier empresario preferirá arriesgar su capital en Alemania y no en la Argentina.
Creo que en la Argentina sólo el primer punto permitiría evaluar la posibilidad de concretar una inversión porque el tercero presenta numerosas dificultades y, desde ya, el país carece totalmente del segundo punto.
Esta evaluación nos llevaría a un primer probable diagnóstico: que el principal factor que frena las inversiones en el país es la inestabilidad constante de las “reglas de juego” del mercado, generado por las continuas oscilaciones de los gobernantes de turno. Lo que establece uno, lo destruye el siguiente, y así, indefinidamente.
En el año 2004, en mi libro “Corazón de derecha, discurso de izquierda”, escribí lo siguiente:
“Por supuesto, la carencia del ahorro nacional obstaculiza la posibilidad de un crecimiento. Esta es la situación que probablemente tendrá lugar en la Argentina durante la próxima década. Esto sucederá, principalmente, debido a la ley de pesificación asimétrica. (…) El claro perjuicio que tuvo el ahorrista y las enormes ventajas que obtuvo el deudor implantaron una actitud injusta y agresiva hacia el capital, imposible de reparar ni siquiera en el mediano plazo. Aunque me preocupa pensar en el tiempo que deberá pasar para licuar el daño producido, me obsesiona mucho más descubrir con qué invento económico se intentará desarrollar al país en los próximos e inmediatos años.
Sin ahorro invertido no hay capital y sin capital no hay capitalismo. ¿Cómo se le pudo ocurrir a un grupo de políticos, industriales y economistas implementar algo tan destructivo para el sistema capitalista como fue la ley de pesificación asimétrica, la cual destruyó masivamente todos los contratos establecidos? En el proceso de nuestra investigación, los colaboradores del exterior nos hicieron notar una y otra vez este hecho como un elemento simbólico fundamental, representativo del modo en el cual nos ven desde afuera. La frase de uno de ellos lo sintetiza: <Lo que más sorprende no es la idea en sí, sino cómo el cerebro de un político o un economista argentino puede llegar siquiera a evaluarla. Una idea así jamás se le ocurriría a un economista de otra nación, pues es como intentar la solución a un grave problema socioeconómico matando a quien puede lograrlo>.
Por más que los gobiernos de Duhalde y Kirchner implementaron una enorme maquinaria de propaganda para hacer creer a la población <que no había otra solución> o que había que privilegiar las necesidades sociales por sobre las económicas, seguramente cuando vayan desapareciendo los efectos de esta propaganda, la historia será implacable con los hacedores de esta ley. (…)
Las consecuencias de estas actitudes de nuestro gobierno serán seguramente dañinas para el futuro del país, sin olvidarnos de la increíble señal que está enviando al mundo: no importa lo que se firme o se acuerde, la conducta argentina dependerá de lo que se le antoje al mandatario de turno.
En una nación capitalista, el intento de hacer valer las necesidades sociales a costa de destruir las bases fundamentales de su sistema económico es lo mismo que pretender que un carro ande con el caballo detrás, pues es justamente el respeto a esas premisas lo que permitirá satisfacer esas necesidades”.
De los tres sistemas económicos que se desarrollaron en el siglo XX: el capitalismo, el marxismo y el fascismo, nuestro país, supuestamente, adhirió al capitalismo. Quizás, en el fondo, lo que sucede en realidad es que la Argentina es una nación que desconoce sus reglas de juego y funcionamiento. Esto trae aparejado diagnósticos equivocados y decisiones erróneas que perjudican el desarrollo socio económico de la nación.
Enrico Udenio
28 de abril de 2009