Los Anteojos del Tata

Entradas de Abril 2009

UN DR. HOUSE PARA LA ARGENTINA

Abril 30, 2009 · 22 comentarios

“La diferencia entre un político y un estadista es que el político piensa en la próxima elección,  y el estadista piensa en la próxima generación.” James Freeman Clarke (1810-1890). Filósofo, clérigo e historiador norteamericano.

 

Dr. House es una de las series norteamericanas más vistas en el mundo. Su estructura, muy novedosa dentro de la temática de los dramas médicos, consiste en realizar un diagnóstico a un problema de salud que se presenta confuso. En su búsqueda de respuestas al misterio de cuál es la enfermedad con la que se enfrentan, el Dr. House, junto con su equipo de especialistas, realiza hipótesis diagnósticas a las que trata con la medicación correspondiente. Si el diagnóstico resulta erróneo, los remedios dados enferman aún más al paciente y esto les da la pauta de que no están transitando el camino correcto. Cuando logran arribar al diagnóstico correcto, están en condiciones de aplicar las medicaciones adecuadas para salvar al enfermo.

 

La solución a los problemas socio económicos que deben enfrentar los países no difieren del concepto que transmite la serie. Esta analogía trae a un primer plano el hecho de que lo más importante para un gobierno es dar con un diagnóstico certero de los males que padece.  Si lo logra, seguramente tendrá posibilidades de elegir un buen camino para solucionarlos. Si no, generará un empeoramiento de la situación o, en el mejor de los casos, el desarrollo de la nación se estancará sin muchas probabilidades de revertir ese proceso.

 

LAS COMPARACIONES

 

América y Australia son dos continentes que albergan naciones jóvenes. Tres de estas, Estados Unidos, Canadá  y Australia, se desarrollaron a un nivel tal, que la primera es la principal potencia actual del mundo y las otras dos se encuentran entre el privilegiado grupo de las sociedades desarrolladas. Y cuando digo “desarrolladas”, no me refiero solamente al factor económico, sino también a todos los otros índices que hacen al bienestar de una población: educación, salud, esparcimiento, respeto por las leyes y por los derechos de los demás, etcétera. No es que carecen de pobres, desigualdad social, delincuentes o patologías extremas de muchos de sus habitantes, sino que las posibilidades para acceder a una vida mínimamente digna aumentan en mucho si lo comparamos con las naciones latinoamericanas.

 

En cambio, después de doscientos años de existencia, gran parte de las naciones latinoamericanas se encuentran en un nivel de desarrollo muy precario, inestable y sometidos a los vaivenes e intereses de las los países desarrollados.

Entonces, ¿quién diagnosticó y aplicó las soluciones adecuadas y quién no?

 

Cuando una parte de la sociedad argentina critica a las naciones desarrolladas y promueve la idea de que no tenemos casi nada que aprender de ellas, porque si lo hacemos, seguiremos mal, estamos invirtiendo la realidad: son ellos los que hicieron bien las cosas y no nosotros.

No tomar en cuenta las experiencias positivas que han tenido otros países en la realización de diagnósticos y tratamientos es autocondenarse a una pérdida de tiempo, un aumento de costos y un incremento de las probabilidades de fracaso.

En el campo de la medicina, la efectividad de los remedios se mide en función de los resultados obtenidos en su aplicación en los enfermos. A ningún médico se le ocurría afirmar que la vacuna contra la poliomielitis desarrollada por Jonas Salk, y promovida mundialmente gracias a la posibilidad de aplicación oral que inventó Albert Sabin, no es efectiva para evitar la enfermedad en todo lugar en el cual se manifieste.

 

Muchos de los que desacuerdan con esta forma de análisis calificándola de lineal, explican que el desarrollo de esas naciones poderosas se basó en acciones éticamente incorrectas y/o violatorias de otras, lo cual es cierto, pero este concepto parte del error de dar por sentado un hecho inexistente: la nobleza de un país. La historia nos muestra que todas las naciones del mundo accionaron, en la mayoría de las ocasiones, focalizados en la conveniencia de sus habitantes y sin tomar demasiado en cuenta al prójimo. La Argentina no es una excepción, ya que, durante su historia, se comportó en innumerables ocasiones como la villana de turno.

La diferencia con aquellas otras naciones, es que ellas lograron su propósito (mejorar en mucho la calidad de vida de sus habitantes) mientras que nuestro país no.

 

LOS PRIMEROS PASOS PARA LA CURA

 

Un primer paso es la toma de conciencia: reconocer que estamos con serios problemas y que necesitamos solucionarlos.

El siguiente paso es intentar diagnosticar la enfermedad que reflejan los síntomas. Esta instancia es clave y determinará el fracaso o suceso del tratamiento que se aplique en la búsqueda de la cura.

Toda la mecánica de un certero diagnóstico se basa en la dimensión comparativa del problema: qué se hizo hasta ese entonces para afrontarlo y con qué resultados. Quienes fueron los que resolvieron problemas similares y quienes no.

Una cosa muy importante a tener en cuenta es la necesidad de que la ideología del gobierno de turno no sesgue la mirada en la realización del diagnóstico. El Dr. House necesita de la oposición para encontrarlo, reconociendo que su mirada será siempre parcial y subjetiva.

Por otra parte, es lógico que, en cambio, la ideología esté presente en la elección del tratamiento pues una vez identificada la enfermedad, los caminos de la cura dependerán del criterio al cual se adhiera.

 

Recordemos, además, que muchas veces no hay un único remedio que cure, puede haber varios alternativos, quizás alguno mejor que otro según cada ocasión, pero lo que debemos concientizar es que cuando negamos el problema o cuando partimos de un diagnóstico equivocado del mismo, no existe solución alguna.

 

EL CASO ARGENTINO

 

Veamos un ejemplo práctico en el caso argentino. Quizás el síntoma más grave de la involución y/o estancamiento de nuestro desarrollo se encuentre en la carencia de inversiones, sean éstas productos del ahorro interno o del externo.

 

¿Por qué no se invierte en el país?

 

Las estadísticas –privadas u oficiales dan los mismos resultados- muestran que desde el año 2001 las inversiones se estancaron. Si bien posteriormente, y por efectos de la fuerte devaluación del peso, hubo sectores beneficiados por sustanciales aportes de dinero, como en el caso de los rubros relacionados con el turismo, no se concretaron inversiones significativas en infraestructuras –gas, energía, comunicaciones, vialidad, vivienda popular, etc- ni en el sector de la producción industrial.

Es que el matrimonio presidencial se encargó durante estos años de agredir sistemáticamente al inversor. Ejemplos sobran: el empresariado español y el italiano, multinacionales locales y extranjeras varias, son solo algunos de los ejemplos en que las acciones de los Kirchner fueron nefastas noticias que dieron la vuelta al mundo.  Por supuesto, ni mencionemos el conflicto con el campo argentino, cuyas inversiones quedaron paralizadas desde hace un año y el país profundizó notablemente su crisis desde ese entonces. 

 

LA NECESIDAD DE UN DIAGNÓSTICO CORRECTO

 

“Gluck, el ilustre autor de <Orfeo>, adoraba el dinero y la buena comida y no se avergonzaba de decirlo.  Alguien le preguntó: -Maestro, ¿qué es lo que preferís en el mundo?

-Tres cosas: el dinero, el vino y la gloria.

-¡Cómo! Para vos, un músico, ¿la gloria viene después del dinero y el vino? No sois sincero…

-Pues es bien sencillo… con el dinero compro vino, el vino despierta mi ingenio y éste me trae la gloria.”

Anécdota extraída del libro Historia de la Historia (Círculo)(1984), de Carlos Fisas.

 

Si bien la decisión de invertir en un proyecto productivo está relacionada a numerosos factores, existen tres determinantes principales:

 

   1) Un mercado atractivo que posibilite obtener el mayor nivel de ganancias que la competencia permita.

   2) Una seguridad legal que proteja el capital de los vaivenes políticos y asegure una estabilidad de las condiciones del mercado a largo plazo.

   3) Condiciones impositivas, crediticias y laborales que posibiliten mejorar costos y precios. Este punto es decisivo al momento de elegir invertir en las naciones subdesarrolladas. Ante costos y condiciones de materia prima similares, cualquier empresario preferirá arriesgar su capital en Alemania y no en la Argentina.

 

Creo que en la Argentina sólo el primer punto permitiría evaluar la posibilidad de concretar una inversión porque el tercero presenta numerosas dificultades y, desde ya, el país carece totalmente del segundo punto.

 

Esta evaluación nos llevaría a un primer probable diagnóstico: que el principal factor que frena las inversiones en el país es la inestabilidad constante de las “reglas de juego” del mercado, generado por las continuas oscilaciones de los gobernantes de turno. Lo que establece uno, lo destruye el siguiente, y así, indefinidamente.

 

En el año 2004, en mi libro “Corazón de derecha, discurso de izquierda”, escribí lo siguiente:

 “Por supuesto, la carencia del ahorro nacional obstaculiza la posibilidad de un crecimiento. Esta es la situación que probablemente tendrá lugar en la Argentina durante la próxima década. Esto sucederá, principalmente, debido a la ley de pesificación asimétrica. (…) El claro perjuicio que tuvo el ahorrista y las enormes ventajas que obtuvo el deudor implantaron una actitud injusta y agresiva hacia el capital, imposible de reparar ni siquiera en el mediano plazo. Aunque me preocupa pensar en el tiempo que deberá pasar para licuar el daño producido, me obsesiona mucho más descubrir con qué invento económico se intentará desarrollar al país en los próximos e inmediatos años.

Sin ahorro invertido no hay capital y sin capital no hay capitalismo. ¿Cómo se le pudo ocurrir a un grupo de políticos, industriales y economistas implementar algo tan destructivo para el sistema capitalista como fue la ley de pesificación asimétrica, la cual destruyó masivamente todos los contratos establecidos? En el proceso de nuestra investigación, los colaboradores del exterior nos hicieron notar una y otra vez este hecho como un elemento simbólico fundamental, representativo del modo en el cual nos ven desde afuera. La frase de uno de ellos lo sintetiza: <Lo que más sorprende no es la idea en sí, sino cómo el cerebro de un político o un economista argentino puede llegar siquiera a evaluarla. Una idea así jamás se le ocurriría a un economista de otra nación, pues es como intentar la solución a  un grave problema socioeconómico matando a quien puede lograrlo>. 

Por más que los gobiernos de Duhalde y Kirchner implementaron una enorme maquinaria de propaganda para hacer creer a la población <que no había otra solución> o que había que privilegiar las necesidades sociales por sobre las económicas, seguramente cuando vayan desapareciendo los efectos de esta propaganda, la historia será implacable con los hacedores de esta ley. (…)

Las consecuencias de estas actitudes de nuestro gobierno serán seguramente dañinas para el futuro del país, sin olvidarnos de la increíble señal que está enviando al mundo: no importa lo que se firme o se acuerde, la conducta argentina dependerá de lo que se le antoje al mandatario de turno.

En una nación capitalista, el intento de hacer valer las necesidades sociales a costa de destruir las bases fundamentales de su sistema económico es lo mismo que pretender que un carro ande con el caballo detrás, pues es justamente el respeto a esas premisas lo que permitirá satisfacer esas necesidades”.

 

De los tres sistemas económicos que se desarrollaron en el siglo XX: el capitalismo, el marxismo y el fascismo, nuestro país, supuestamente, adhirió al capitalismo. Quizás, en el fondo, lo que sucede en realidad es que la Argentina es una nación que desconoce sus reglas de juego y funcionamiento. Esto trae aparejado diagnósticos equivocados y decisiones erróneas que perjudican el desarrollo socio económico de la nación.

 

Enrico Udenio

28 de abril de 2009

Categorías: Actualidad

EL LENGUAJE KIRCHNERISTA

Abril 21, 2009 · 29 comentarios

 

NESTOR KIRCHNER

 

“Parafraseando a Mark Twain, los populistas utilizan las teorías keynesianas de la misma manera que cuando un borracho utiliza un poste de luz para apoyarse en vez de usarlo como iluminación”.

Robert Skidelsky, Economista. Extraído de su obra <John Maynard Keynes: Fighting for Freedom> Viking, 2001.

 

Del mismo modo que con el problema de la inseguridad, con el del dengue, los Kirchner no tuvieron demasiadas posibilidades de señalar a otros como responsables. Ni a Menem, ni al noeliberalismo, ni al FMI, ni al imperio norteamericano, ni a la oligarquía, ni a la oposición política, ni a los militares genocidas o a la jerarquía eclesiástica se les puede enrostrar la culpa.

  

El dengue es una enfermedad grave con gran potencial epidémico que se cultiva en las zonas de extrema pobreza. El virtual presidente en función, Néstor Kirchner, en un intento desesperado por desvincular al gobierno de su responsabilidad, declamó que “¡Es una vergüenza que se diga que surge por la pobreza!”… “Brasil tiene mucho más dengue que la Argentina” … “El dengue puede surgir en cualquier lugar, sea pobre o rico”.

 

Por supuesto que, una vez introducido, el mosquito Aedes Aegypti no distingue si la sangre pertenece a una persona rica o pobre, pero la enfermedad se cultiva en aquellas zonas tropicales que tienen grandes carencias de servicios básicos (agua potable, cloacas, viviendas dignas, etc) y es endémica en algunas naciones de América Latina (Bolivia, noroeste y sureste de Brasil, Venezuela, Nicaragua) consideradas de alto riesgo por la Organización Mundial de la Salud.

Entre el 2001 y el 2006, causó 982 muertes y casi 3 millones y medio de casos en la región.

 

Ya había sido erradicada de la Argentina pero desde hace ocho años no se realizan las fumigaciones periódicas que ayudaron a levantar la barrera sanitaria que evitaba su introducción desde Bolivia y Brasil. 

¿Cómo es que con el enorme caudal de dinero que los Kirchner tuvieron a su disposición, no ejecutaron las medidas de prevención necesarias?

 

Una respuesta posible es que los programas de prevención no son electoralmente redituables. No se vota a un presidente porque éste mantiene bajo control un mosquito. Una vez que una enfermedad está ausente en el país, la población da por sentado que se trata de un hecho establecido “per se”, deja de valorar el trabajo de prevención y retacea las inversiones que se necesitan para que su ausencia se sostenga en el tiempo.

Otra respuesta probable es que, descubierta la propagación en el Chaco y en Salta, el gobierno nacional escondió la cabeza a la manera de un avestruz. Si no reconoce el problema, se auto-convence de que el peligro no existe. Así hicieron con el tema de la inseguridad cuando inventaron el concepto de que “se trata de una sensación y no de una realidad”. Con esta posición, además, intentaron señalar un culpable: los medios de comunicación que, al propagar las noticias, instalaban esas “sensaciones” en la sociedad.

Desde ya, no hay duda de que los diarios, revistas, radio y televisión, se explayen morbosamente con los sucesos delictivos, pero esto viene sucediendo, al menos desde que yo tengo memoria, aquí como en cualquier lugar del mundo.

No sólo en Néstor Kirchner podemos reconocer esta actitud negadora, también es el caso de su esposa, Cristina Fernández de Kirchner.

 

 

CRISTINA FERNÁNDEZ DE KIRCHNER

 

“La política es el arte de buscar problemas, encontrarlos, hacer un diagnóstico falso y aplicar después las soluciones equivocadas.”

                                                     Groucho Marx. Cómico norteamericano de mediados del siglo pasado.

 

Nuestra formal presidenta se refirió a la protesta del campo diciendo que el límite es “el respeto al derecho a transitar libremente por las rutas de la patria”. Por supuesto que coincido con ese concepto, aunque lo ampliaría aún más: el límite de cualquier protesta es no invadir el derecho de los demás.

Pero, ¿cómo es que a Cristina se le ocurrió esta expresión si los piqueteros se la pasan cortando calles, avenidas, puentes y rutas desde hace varios años y ni ella –ni su marido y ex presidente- se quejaron alguna vez acerca de ello? Por el contrario, en algunas ocasiones ellos afirmaron que era positivo que el pueblo estuviera en las calles porque mostraba que la sociedad estaba viva.


¿Se olvidó de que los Moyano (padre e hijo)  la utilizaron desde el año 2004 para impedir el ingreso a los establecimientos comerciales e industriales y, de esta manera, obtener adicionales ventajas económicas para su sindicato? ¿O cuando su marido envió a D’Elía y demás piqueteros para impedir el ingreso de los autos a las estaciones de servicio de gasolina con la intención de evitar un aumento del precio de la nafta? ¿Alguna vez Cristina puso algún límite sobre este tipo de extorsión, una práctica que la mafia italiana hizo famosa décadas atrás?

¿O acaso los Kirchner nos están queriendo transmitir que hay unas acciones mafiosas “buenas” y otras “malas”?

  

Dijo Cristina: “es importante contribuir cada uno desde su lugar, desde su responsabilidad, a no crear sensaciones, sino soluciones”.

Primera cuestión, los medios no tienen que dar soluciones, sino los funcionarios del Estado. Para eso el pueblo los eligió y para eso se les paga un sueldo.
Además agregó: “Sin trabajo, con gente mal paga, con trabajo informal, no hay plan de seguridad, ni GPS, ni patrullero que alcance. Que la gente tenga trabajo y sea calificada es central para el tema de seguridad. (…) La brecha social, donde se encuentra la extrema riqueza conviviendo con la extrema pobreza, es la que incrementa la inseguridad”.
¿Qué nos está diciendo nuestra formal presidenta?

                                         

En primer lugar, que para ella los pobres son potencialmente ladrones y/o asesinos. Asocia y unifica, en forma discriminatoria, la pobreza con la delincuencia. Sin duda que la desigualdad social fomenta la delincuencia, pero generalizar este concepto es ofender a todos aquellos habitantes –la gran mayoría de la población- que siendo muy pobres se comportan con sus familias y con la sociedad en un marco moral y éticamente admirable.

 

En segundo lugar, si según los índices que proporcionaba el INDEC, la desocupación bajaba, la pobreza disminuía, la inflación casi no existía, la actividad económica seguía creciendo a pesar de la crisis, tenemos la mayor participación del salario en el PBI en décadas y, gracias al modelo kirchnerista, Argentina nunca creció tanto desde que se descubrió América, debería haber, como mínimo, menos pobres e indigentes y, por lo tanto, hoy no tendría que estar anunciando a las  apuradas un plan de seguridad para combatir una inseguridad que, según ellos es, o una combinación de pobreza y desocupación (que paradojalmente los inculpa), o una sensación promovida por los medios de comunicación.

 

Estas y muchas otras expresiones desafortunadas de nuestra actual y formal presidenta me generan una especial inquietud: ¿es posible que una mujer que aparentaba tener un apreciable nivel intelectual, muestre tanta extemporaneidad, subjetividad y violación a la ética que debería conducir a la aplicación de las leyes?

 

Probablemente las euforias verbales de Cristina estén relacionadas con su enfermedad: la bipolaridad.

 

Probablemente estas euforias verbales estén relacionadas con la enfermedad que su propio psiquiatra, antes de las elecciones, admitió que padecía: la bipolaridad.

Se trata de un trastorno que genera picos alternados de euforia y depresión y que, en su etapa maníaca, la persona que lo sufre puede llegar a conducirse de manera desbordada, o a mentir sin conciencia de estar haciéndolo con tal de lograr el éxito de un objetivo.

Pero la bipolaridad puede llegar a explicar el desatino de sus palabras o su falta de equilibrio emocional, pero no las justifica, porque estamos hablando de la presidenta de una nación, cuyas responsabilidades deberían ser muy diferentes a las del resto de la población.

Además, ella misma se ha encargado de insinuar, durante años, que dispone de un elevado nivel intelectual. Quizás, esta imagen sea sólo una “sensación” y no una realidad, pero aunque así fuera, igualmente debería asumir las consecuencias que esa suposición determina: a los que se reconocen como mejor dotados intelectualmente, se les exige una mayor lucidez en sus palabras y en sus conceptos.

 

Justamente, la última de las pequeñas historias de hoy, referidas al lenguaje, se trata de un intelectual del grupo de conspicuos intelectuales que apoyan la política socio política y económica del gobierno mediante escritos que llevan el nombre de “Carta Abierta”. Me refiero al sociólogo Horacio González, actual director de la Biblioteca Nacional.  

Días atrás recibí por mail un largo texto de González donde se explaya contra la editorial Perfil. Obviamente, no me sorprendió su posición pro kirchnerista. En cambio, me produjo cierta perplejidad el tenor de la misma y la oscuridad de los conceptos vertidos en ella.

 

En primer lugar debería decir que hay dos maneras de “asesinar” nuestro lenguaje: la más conocida es la de obviar las estructuras formales que lo componen. Los verbos, sustantivos, adjetivos, adverbios y un amplio vocabulario son parte esencial cuando se quiere construir correctamente un texto. Cuando estas reglas básicas del lenguaje no se cumplen, se cometen ciertas aberraciones lingüísticas que acotan el campo del intelecto de una persona.

 

El polo opuesto es, justamente, la otra manera de “asesinarlo”. Cuando González exagera hasta el paroxismo la construcción de un lenguaje en el que los conceptos, en lugar de transmitirse con palabras adecuadas y sencillas (recordemos que sencillo no es lo mismo que simple), se vierten en un infantil alarde de complejidad literaria que, probablemente, tenga como intención el esconder, justamente, el verdadero concepto que subyace.   

 

Podríamos ubicar a González como un paradigma del discurso kirchnerista. Como gran parte de los de su grupo, deja entrever que aquellos que logran generar consenso para enhebrar una oposición al poder de turno, son parte de una “conspiración”; que las investigaciones periodísticas que se basan en la corrupción de los altos funcionarios del gobierno (que González evidentemente no da por cierta) se trata, en realidad, de “usinas” de las derechas; y por supuesto, la “derecha” es mala y la “izquierda”, con la que él se ha identificado, es la que ostenta la verdad sobre lo que le sucede a la sociedad.

 

Se trata de una mirada maniquea, proveniente de los extremos ideológicos de la década del 70, que parecía finalmente superado por los gobiernos democráticos que le sucedieron a la sangrienta dictadura militar

 

El concepto básico del discurso de González –no su fraseología- es muy similar al de Néstor Kirchner y Cristina Fernández de Kirchner: ellos son los buenos que salvarán al país y son los únicos que saben cómo conducir a la población por el camino del bienestar económico y la justicia social. Los opositores constituyen la maldad, la falsedad, la “antipatria” y responden a los más oscuros intereses nacionales y extranjeros. Por supuesto, los indecisos políticamente son idiotas útiles de esos indignos intereses antinacionales.

 

Se trata de una mirada maniquea, proveniente de los extremos ideológicos de la década del 70, que parecían finalmente superados por los gobiernos democráticos que le sucedieron a la sangrienta dictadura militar, pero que, lamentablemente, la impericia e incapacidad intelectual del matrimonio Kirchner están volviendo a reflotar en la sociedad con consecuencias futuras aun imposibles de prever.

Por ello, creo muy oportuno finalizar esta nota recordando a José Saramago, el genial escritor y reconocido ideólogo de la izquierda marxista, que supo decir que la única verdad absoluta es aquella que afirma que no existe la verdad absoluta. 

 

Enrico Udenio

17 de abril de 2009

Autor de los ensayos “Corazón de derecha, discurso de izquierda”, Ugerman Ed., 2005; y “La hipocresía argentina”, LibrosEnRed Ed.,2008.

Categorías: Actualidad

MIS RESPETOS, DON RAÚL ALFONSÍN

Abril 12, 2009 · 18 comentarios

Raúl Alfonsín tuvo que morir para que una parte de la población le rindiera, sorpresivamente, los homenajes que él se merecía. Durante los últimos veinte años había sido insultado por muchos sectores políticos y populares. Cobarde, inútil, entregador, versero, fueron solo algunos de los descalificativos que tuvo que soportar. En especial, le endilgaron haber cedido ante los embates militares cuando, justamente, fue su gobierno el que, por primera vez en la historia argentina, llevó a juicio a los principales gestores de un golpe de estado. Y eso que tuvo que enfrentarse con una corporación militar que aún mantenía, en aquel entonces, su enorme poder.

 

Es cierto que se equivocó feo desde lo económico y que su gobierno terminó desencadenando la primera hiperinflación de la historia argentina, pero el principal mandato que en 1983 recibió de parte de la ciudadanía fue el de implementar en el país una democracia y una república.

Y cumplió con esa responsabilidad.

 

A la luz de los acontecimientos posteriores, el éxito de su misión se hizo mucho más evidente con la inevitable comparación con los mandatarios posteriores: el riojano Carlos Saúl Menem y el matrimonio Kirchner. Entre el hombre radical y los gobernantes peronistas –ambiciosos en la búsqueda constante por perpetuarse en el poder- hay tanta pero tanta diferencia con relación al respeto de las instituciones democráticas y republicanas, que explica porque, ahora, mucha gente señala a Alfonsín como el “padre de la democracia”.

 

Pero creo que la magnitud de su visión como estadista podemos comprobarlo, paradojalmente, en los dos grandes proyectos que no lograron prosperar:

1) La democratización del sindicalismo a través de la ley Mucci, y

2) El traslado de la Capital Federal, en un intento de modificar el más grave problema que tiene la nación: la carencia de federalismo.

Con respecto al primero, las corporaciones sindicales peronistas le respondieron con 13 huelgas generales y casi 4.000 huelgas sectoriales durante sus años de gobierno. Fue una de las principales causas del deterioro económico que tuvo la Argentina.

En relación al segundo punto, Alfonsín quiso construir una nueva capital federal en el extremo sur de la Provincia de Buenos Aires uniendo Carmen de Patagones y Viedma. Se inspiró, según su propio discurso, en el ejemplo de Brasil con su actual capital, Brasilia. Ese proyecto no sólo terminó en un rotundo fracaso, sino también fue fuente de humillantes burlas. A pesar de haber tenido, en ese momento, el poder político para lograrlo, lamentablemente y según mi criterio, Alfonsín, diseñó un proyecto por fuera de las posibilidades económicas argentinas y, además, cometió errores estratégicos al compararse con Brasil, ya que esta nación tiene una historia federalista y una población muy extendida a través de su territorio, a diferencia de la Argentina, que concentra casi el 50% de su población en la ciudad y la provincia de Buenos Aires.

 

Se nos fue un demócrata, un republicano de ley y un hombre honesto. Una imagen que vale mil palabras es la que muestra a un presidente que, al igual que Arturo Illia, murió sin que su paso por la función pública le hubiera significado incrementar inusualmente su riqueza, a diferencia de los muchos otros gobernantes, tanto sean provinciales como nacionales, pasados y presentes, que en pocos años se transformaron en millonarios. 

Sin dudas que, a pesar de sus errores, la historia argentina le tiene reservado un lugar de privilegio.

Mis respetos, Don Raúl Alfonsín.

 

Enrico Udenio

8 de abril de 2009

Categorías: Actualidad