Por mi nota “Democracias y Dictaduras” recibí, en muy pocos días y hasta la fecha, más de cien comentarios. Esto me sorprendió mucho, pues no pensaba que el tema pudiera generar tanto interés.
En algunos de los comentarios se vislumbraba cierta confusión respecto de las estructuras ideológicas, tanto políticas como económicas. Esto no es de extrañar, dado que el peronismo está muy arraigado en la Argentina y su ambigüedad ideológica genera mucha confusión en la población. Recordemos que el mismo Perón lo definió como un movimiento de masas pendular entre el comunismo y el capitalismo. A diferencia de la democracia capitalista, el marxismo y el fascismo, las tres ideologías político-económicas que tienen aún vigencia teórica en nuestros tiempos, el justicialismo no se construyó como una ideología con formas estructuradas y coherentes entre si.
Mientras vivió Perón, el peronismo se comportó como un movimiento. A su muerte, su ambigüedad ideológica lo condenó a transformarse en un impreciso partido político.
La diferencia teórica entre un partido y un movimiento es que, mientras el primero gira alrededor de una ideología, el segundo es un conjunto de voluntades hacia ciertos objetivos en común sin que tengan demasiada relevancia las ideas políticas que profesen sus integrantes.
Para agravar la confusión, este conjunto de objetivos, que fueron pergeñados hace 65 años, son los mismos que se enuncian actualmente en casi todas las plataformas políticas de los diferentes partidos. La diferencia, por lo tanto, se encuentra en los caminos con los que cada uno de ellos supone que se podrá alcanzarlos.
Justamente, para marcar el rumbo hacia esos objetivos es que existen las ideologías, entendidas estas como las construcciones teóricas, políticas y económicas sobre las que una sociedad intenta obtener un mejor desarrollo. Se trata de estructuras de pensamiento y funcionamiento que giran a través de unas pocas premisas rígidas, a las que se le suman otras variables que se van modificando según sean los avances de la tecnología, y los cambios culturales y de hábitos por parte de las sociedades.
El reunir trozos de distintas ideologías no determina de ninguna manera la construcción de una nueva. Ésta debe cumplir pautas de profunda coherencia entre su mecanismo económico y su estructura política, unidas ambas por un respaldo jurídico inconfundible.
Para clasificar científicamente una ideología es necesario contar con una clara estructura en la que se combinan: 1) la clase social dominante; 2) su relación con los medios de producción; y 3) las leyes que la sostienen; para que, de esta manera, se pueda no sólo imponer el sistema, sino también mantenerlo con un desarrollo creciente.
Durante la historia de la humanidad fueron sucediéndose los siguientes regímenes de trabajo en relación con el instrumento político de su dominio: la esclavitud determina la forma de producción durante la Edad Antigua; la servidumbre marca el signo del Feudalismo; el contrato libre asalariado y competitivo el del Capitalismo; el contrato compulsivo asalariado competitivo el del Fascismo y el contrato compulsivo asalariado no competitivo el del Marxismo.
El peronismo incorporó el contrato compulsivo asalariado competitivo correspondiente al Fascismo, pero, al no tener conexión con la clase dominante (el ejército, el clero, el gran capital nacional y la oligarquía terrateniente), distó de ser un fascismo. Tampoco la relación entre el trabajo y la clase dominante logró enhebrar la coherencia indispensable para establecerse como una nueva doctrina ideológica sostenible en el tiempo con estructuras con bases claras a seguir.
Esto explica con bastante acierto por qué el justicialismo, después de la muerte de su líder y creador, generó, y seguirá haciéndolo, políticas y personajes ideológicamente muy opuestos entre sí.
Por esta razón y para ayudar a una mayor amplitud de criterio sobre el tema, detallaré algunas pautas universales que ayudarán a esclarecer un poco la cuestión.
EL CAPITALISMO
El capitalismo, como todo sistema socioeconómico, está constituido por una compleja trama y su correcto funcionamiento se logra a partir de los grandes esfuerzos que realiza toda la sociedad. No obstante esto, los pilares que le otorgan identidad se han mantenido inalterables a través del tiempo. Éstos son: 1) La propiedad privada. 2) El mercado libre de bienes y servicios regulados, principalmente, según las leyes de la oferta y la demanda. 3) El ahorro acumulado predispuesto para la inversión productiva, activa o pasiva. 4) El trabajo asalariado libre. 5) Las leyes que regulan y protegen al sistema.
Por supuesto, las continuas reformas en este sistema que todos los actores involucrados produjeron durante los últimos siglos, lo convirtió en un fenómeno muy diferente al del pasado. Si pudiésemos resucitar a un poblador de mediados del siglo XVIII, éste se encontraría con un capitalismo que poco tiene que ver con el que vivió en su época. Pero si profundizamos el funcionamiento del sistema en ambos períodos históricos, observaríamos que, haciendo una analogía con un edificio muy antiguo pero bien mantenido al cual, a través del tiempo se le han instalado gas, redes cloacales y ascensores, cambiado las cañerías de agua, los pisos, las ventanas, la calefacción, etcétera, pero todos estos cambios se han realizado sin modificar ni deteriorar los pilares –mencionados arriba- que sostienen el edificio. Si no fuera así, se derrumbaría.
Estas bases del capitalismo no emergieron espontáneamente de la imaginación de una persona, sino que fueron el resultado de un proceso colectivo que se inició, en el siglo XIV, con la circulación de mercancías y su intercambio por dinero. Esto dio lugar al comercio y a la formación de los mercados locales e internacionales. Este “pre-capitalismo o mercantilismo” maduró con la propagación de las ideas liberales a partir del siglo XVIII, en especial con el período de la Ilustración Francesa y la obra de Montesquieu, “El Espíritu de las Leyes”, cuando se instaló la base teórica del derecho a la propiedad y su necesidad de protección, plasmada a través de las leyes y de la constitución de un Estado, iniciando, de esta manera, un proceso revolucionario que cambiaría todas las reglas de juego, político, económico, cultural y social, existentes hasta ese momento.
El pre-capitalismo mercantilista dio lugar a la transformación liberal cuando, en 1776, el economista y filósofo británico Adam Smith publicó su ensayo “Investigación sobre la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones”. En él dio forma teórica al desarrollo, que se había producido hasta ese entonces, del capital, del comercio y de la industria de los países.
A diferencia del comunismo, el capitalismo se constituyó así como una práctica antes que como una teoría.
A partir de entonces, el marxismo, fascismo, nazismo, socialismo, nacionalismo, populismo, fundamentalismo religioso, anarquismo, fueron algunas de las numerosas experiencias que, esporádicamente, algunas sociedades aplicaron en el intento de cambiar, radicalmente o a través de reformas, todos o algunos de esos principios liberales.
EL AVANCE ARROLLADOR DE LA TECNOLOGÍA
En estos días ya se evidencia que para principios del 2010, finalizará en el resto del mundo la recesión generada por la gravísima crisis internacional, la mayor desde los años de la Gran Depresión. Esto es una mala noticia para los anticapitalistas que habían pronosticado alborozados que, en esta ocasión, el capitalismo emprendía su proceso hacia su extinción. Pero, también en el pasado, una y otra vez, auguraron, equivocadamente, el colapso de este sistema económico.
Es que llevados por su odio hacia esta estructura socio-económica, se olvidan de que, más allá de sus bondades o calamidades, el capitalismo se ha caracterizado históricamente por reformarse de manera constante para adecuarse a las circunstancias y los cambios de cada época. Es su principal virtud y le ha permitido a través del paso del tiempo, sobrevivir a sus detractores y superar a todas las ideologías que le han salido al paso.
Por otra parte, el capitalismo está asociado al fenómeno de la globalización, el que, a su vez, está vinculado intrínsecamente con la “Revolución Informática”, lo que lo hace comparable, como acontecimiento, a las revoluciones industriales del siglo XVIII y XIX.
Éstas, en su momento, también desencadenaron inmigraciones masivas, desempleos y desplome de salarios con consecuencias desastrosas y un cúmulo de acciones violentas, protestas y discusiones sobre sus ventajas y desventajas. La nueva tecnología, los rápidos transportes <ferrocarriles y buques>, el desarrollo del hierro y el acero crearon nuevos mercados e industrias al mismo tiempo que destrozaron empleos y otras fábricas. Mientras prosperaban amplios sectores de la población se empobrecían otros.
La historia nos muestra que los gobiernos, sindicatos o cualquier otra corporación nunca pudieron frenar, tanto sea el avance de la máquina sobre el hombre como el desarrollo internacional del comercio. Tampoco pudo conseguirlo Estados Unidos cuando, en gran parte de las décadas de finales del siglo XIX y principios del siglo XX intentó frenar el libre comercio aplicando elevados aranceles a las importaciones porque estas destruían el “producto doméstico que representa nuestra mano de obra más calificada y mejor pagada” (William Mc Kinley, presidente de los Estados Unidos 1897-1901). El crack de 1929 fue, según muchos historiadores, la consecuencia nefasta de este intento.
CONFUSIÓN SOCIALISTA
También he observado en algunos de los comentarios recibidos cierta confusión sobre el ideal de una nación socialista.
Existen tres tipos de socialismos: el marxismo (sea vía socialismo o comunismo) donde no existe el capital, la renta, ni la propiedad privada productiva –dejo a la China actual de lado porque esta experiencia amerita otro tipo de profundidad en el análisis – , el fascismo (vía Capitalismo de Estado al estilo mussoliniano, hitleriano o nacional-popular), y el democrático, sea éste con mayor o menor injerencia del capitalismo liberal (1) o del mercantilismo (2).
Si dejo de lado los socialismos marxista y fascista –dos posturas que tienen muy poco arraigo en la Argentina-, una buena parte de la población tiene como modelo deseado a un socialismo al estilo de los países nórdicos europeos. Esto se debe a la gran valoración que existe sobre los importantes beneficios sociales que estas naciones han logrado conquistar y mantener.
Ahora bien, la gran mayoría de los que desearían gozar de un sistema similar para la Argentina, desconocen que el sistema económico que existe en estos países nórdicos es el capitalismo con un total respeto a sus premisas programáticas.
¿Conocen esta condición aquellos que apoyan este tipo de socialismo?
Doy un ejemplo muy simple: Si usted no llega a pagar el alquiler de su casa en Suecia, lo desalojan más rápido en este país –modelo del socialismo benefactor- que en Estados Unidos. Al muy poco tiempo de dejar de pagar, usted está fuera de la vivienda. El respeto que estos países nórdicos tienen por la propiedad privada es lógico. Ellos saben que se trata de la piedra basal del sistema económico y que, si comienzan a deteriorarla, la confianza se pierde, el dinero huye y con ello, se va también el bienestar social que han conseguido con tanto sacrificio.
El pensamiento que impera allí es sencillo, a cuanto más éxito en el funcionamiento del capitalismo, mayores serán los beneficios sociales que la población obtendrá de ello a través del cobro de los impuestos.
LA IMPORTANCIA DE TENER UNA IDEOLOGÍA CLARA
¡Cuántas veces escuché en la Argentina que las ideologías habían muerto! Todos los días se puede comprobar leyendo los diferentes diarios del mundo que éstas siguen teniendo plena vigencia. ¿Y por qué? La mejor respuesta que, creo, se puede conseguir es que todos los seres humanos necesitamos contar con estructuras claras que nos permitan saber qué hay que hacer hoy, y qué perspectivas tenemos para mañana.
Lo que considero de suma importancia es ser coherente con la ideología elegida, algo difícil de lograr en la Argentina.
En este país impera una ideología del “no ser”, y esto es muy grave, ya que omite un marco de referencia clara que permita a los habitantes de la nación tener un futuro previsible en relación a las acciones futuras del Estado, más allá del gobernante de turno. Los capitales se sienten más seguros y los trabajadores sufren menos el mayor de los flagelos para ellos: la inflación.
La indefinición ideológica del peronismo impidió su adhesión al capitalismo. Y me refiero a este sistema, no por hacer una especial defensa de él –en realidad, creo que tiene tantos defectos como los que poseen el comunismo y el fascismo-, sino porque es hoy, el único viable, o el “menos malo” –según mi visión – de las ideologías vigentes.
Probablemente, y según lo dicho por un forista en su comentario en Los Anteojos del Tata, fue la falta de alineamiento lo que ha estancado a la Argentina en un sistema pre-capitalista (3), sin poder dar ese indispensable salto evolutivo hacia un capitalismo, como lo hicieron los países desarrollados.
Reitero la importancia que se entienda que el crecimiento socio económico de un país puede concretarse siempre y cuando sostenga la base de una clara estructura política, económica, social y jurídica.
Y ésta la da una ideología bien conformada, sea ésta el capitalismo, el fascismo o el marxismo. Cualquiera de estas tres es válida, en cambio, no lo es la inusual mezcla de las tres que, desde hace tantas décadas, no obtiene resultados positivos para las condiciones de vida de la población argentina.
Es cuestión de decidir qué quiere ser la Argentina, y en las acciones, ser coherente con esa decisión.
Enrico Udenio
30 de julio de 2009
Apostillas de la nota
1) Los liberales son partidarios de una separación entre las empresas y el Estado. La función de un gobierno será la de regular las normas de funcionamiento económico y comercial, hacerlas cumplir e influir lo menos posible en el éxito o fracaso de una empresa. En esta economía, son los consumidores los que deben determinar la tendencia del mercado y las empresas deben adaptarse a ello o deben desaparecer. Esta fue la economía capitalista que más se impuso a través de los años, aunque ya no se aplica en su estado puro. El gran riesgo del liberalismo económico es su crónica dificultad para ver las necesidades de las empresas nacionales.
2) Los mercantilistas son partidarios de una injerencia del Estado en la economía y el comercio de un país, con el fin de fomentar exportaciones, desalentar importaciones de productos terminados, y crear fuertes monopolios comerciales que enriquezcan a las empresas y al gobierno a la vez. Esta modalidad tiene el gran riesgo que cae con mucha facilidad en un capitalismo de amigos en connivencia con la corrupción de los gobernantes y desemboca en una economía rentista para beneficios de unos pocos, en lugar de promover el crecimiento económico general.
3) Pre-capitalismo se puede entender por tal a una forma mercantilista que promueve el control sobre la industria y el comercio con la base de que las exportaciones superen en valor a las importaciones.
AGREGADO A LA NOTA “UNA IDEOLOGÍA PARA LA ARGENTINA”
Organizar sintéticamente el arco ideológico de la política y economía de hoy pecará irremediablemente de una visión reduccionista o simplista. A sabiendas de esto, igualmente consideré relevante realizarlo para presentar una visión mínima pero esclarecedora para muchos, de los fundamentos ideológicos que rigen en la actualidad (propiedad privada, nacionalismo, internacionalismo, contrato laboral, etc.). En mi ensayo “Corazón de derecha, discurso de izquierda”, Ed. Ugerman, 2004, lo hice tomando en cuenta diferentes bases de investigación (4):
Cuadro de diferencias
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Política |
Economía |
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Marxismo |
Dictadura Unipartidismo (5) |
Estatista sin propiedad privada de bienes |
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Democracia
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Democracia Pluripartidismo |
Capitalismo Individual y Liberal con propiedad privada de bienes |
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Fascismo |
Dictadura Unipartidismo (5) |
Capitalismo de Estado con propiedad privada de bienes condicionada. |
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Justicialismo |
Democracia Pluripartidismo |
Capitalismo de Estado con propiedad privada de bienes condicionada. |
Una razonable generalización podría definir el siguiente orden:
- Extremas Izquierdas: Nacionalismo que no acepta la Propiedad Privada.
Suelen ser el marxismo, comunismo y partidos que propugnan diferentes estilos comunitarios.
- Extremas Derechas: Nacionalismo que aceptan la Propiedad Privada pero condicionada a factores de decisión variada y personalista según lo determina el líder de turno.
Suelen ser el fascismo italiano, el nazismo alemán, y facciones ultra conservadoras y racistas.
- Izquierdas Democráticas o Centroizquierdas: Internacionalismo con aceptación plena de la Propiedad Privada.
Suelen ser la socialdemocracia europea, laborismo, PSOE español, Obrero belga, y un numeroso grupo de partidos que promocionan la ecología y otras posturas que involucran al desarrollo social. En esta izquierda, hay también algunos sectores minoritarios, en especial en América Latina, que son nacionalistas con un discurso anticapitalista y que, sin cuestionar directamente el derecho a la propiedad privada, la condicionan.
- Derechas Democráticas o Centroderechas: Internacionalismo con aceptación plena de la Propiedad Privada.
Sus adherentes suelen ser el Conservadorismo británico, el PP Español, los partidos republicano o demócrata de los Estados Unidos, y un grupo numeroso de partidos liberales, demócratas y conservadores que hacen hincapié en el desarrollo económico como requisito previo e indispensable para poder promover el desarrollo social.
Apostillas del agregado
4) La ubicación ideológica que establecen los mismos partidos respecto de sí mismos, cotejado esto con sus campañas proselitistas; B) La ubicación que les dan a estos partidos políticos los medios de comunicación; C) Sus modelos económicos, estableciendo que los extremos sean el marxismo a la izquierda, y el “capitalismo de estado”, a la derecha; D) La utilización como elementos aglutinantes a la propiedad privada y al nacionalismo.
5) Con respecto a la cuestión “unipartidista” (la existencia de un solo partido político), hay que tomar en cuenta que tanto Mussolini como Hitler pudieron implementar una clara dictadura política en sus respectivos países porque se aseguraron el apoyo del tridente “militar + clero + el capital-empresariado nacional”. El hecho es que Perón nunca pudo terminar de convencer a ninguno de estos grandes poderes sectoriales sobre las ventajas del peronismo, por lo que, de acuerdo a la opinión de sus detractores, su gobierno transitó sobre una cuerda que muchos historiadores señalan como una “cuasi-dictadura”, no pudiendo armar la otra pata que necesitaba para establecer una ideología fascista: la dictadura política.