Días atrás, el diario “La Nación” publicó una nota de Ricardo Esteves, uno de los analistas políticos y económicos más claros que tiene el país, en el que hace hincapié sobre el problema de la escasez de inversión y el exceso de consumo. Se trata de una cuestión que viene preocupando desde hace mucho a una gran parte de los analistas. Es que de continuar el nivel del gasto actual y esta carencia de inversiones, la Argentina se estaría encaminando hacia un cuello de botella cuya única solución sería, una vez más, un nuevo ajuste socio económico para la población.
Esteves insiste en el punto de que, desde hace ya décadas, los gobiernos argentinos promueven condiciones que privilegian el consumo por sobre las inversiones. Ya en otra nota publicada por el mismo diario el 2 de julio del 2007, él decía: “(…) si se pretenden bajar artificialmente los actuales altos niveles de pobreza, fogoneando el consumo o buscando a qué sector quitarle una parte de su ingreso, violando reglas, desalentando la inversión y aumentando el gasto sin la contrapartida de una mayor producción, los logros serán ficticios y, por lo tanto, efímeros”.
Según las estadísticas, desde hace medio siglo la Argentina viene gastando más de lo que produce. Sólo hubo un año en el que se revirtió este comportamiento: el 2002. Fue el único momento en el que el país produjo más de lo que gastó. El actual gobierno argentino rechaza este dato mostrando los superávit comercial y fiscal logrados durante los últimos años. Pero el hecho es que estos superávit se obtuvieron a costa de falsear los costos de gran parte de los servicios y materias primas. Con un sinceramiento de la economía, los números hubieran resultado negativos. En realidad, desde el 2004 hasta ahora, el país siguió gastando más de lo que producía. Esto, en términos económicos, significa que en lugar de producir más capital, lo estamos consumiendo.
Entre los argumentos que se esgrimen para explicar esta situación, algunos aducen que no es un problema de producción sino de redistribución de lo que se produce. Esto, más allá de que exista una incorrecta distribución de la riqueza, no es así.
Lo explicaré tomando como ejemplo el micromundo de una familia.
Supongamos que sus integrantes consumen más de lo que sus ingresos les permiten. Aunque uno de ellos gane mucho más que el resto y se lo obligue a dividirlo entre los demás, el ingreso y egreso global e integrado de esa familia será el mismo.
La única manera de sobrellevarlo es mediante endeudamiento a través de compras en cuotas, o a través de préstamos de bancos, usureros, amigos o familiares. Si en los siguientes meses no se incrementa su ingreso, la deuda aumentará porque ni siquiera podrán pagar los intereses. Entonces, llegará el momento en el que la familia deberá afrontar su quiebra.
EL ESTADO LADRÓN
Un Estado tiene varios privilegios que una familia no tiene. Puede, por ejemplo, fabricar billetes “falsos” (la emisión de dinero sin una contrapartida productiva) y con ello generar inflación; o puede aplicar políticas generalizadas que modifiquen el cuadro deficitario (promover inversiones o disminuir gastos); o puede directamente tomar a discreción lo que necesita sin que esto sea considerado un robo. Pero ¿de qué manera puede llevar a cabo esta última acción? Lo logra a través de devaluaciones monetarias; o aplicando mayores impuestos que no pueden ser trasladados al público; o por medio de expropiaciones sin otorgar a cambio el debido resarcimiento; o mediante apropiaciones indebidas de la propiedad privada.
Para una mayor comprensión de lo que significa este sistema de sustracción de lo ajeno, me referiré a uno de los más frecuentes en la historia argentina: el de las devaluaciones monetarias.
¿Por qué la Argentina necesitó siempre de ellas para equilibrar su economía?
Porque como no se puede sostener eternamente un gasto mayor a lo que se produce, llega el momento “del ajuste”. Esto significa que hay que quitarle a la población más de lo que está dispuesta a dar porque, de otro modo, sobrevendrá el colapso. Es entonces, que debe recurrir a que la gente reciba menos ingresos. Como esto es muy difícil de conseguir por la resistencia social que involucraría este acto, el Estado lo logra de manera “indirecta”.
En el sistema capitalista, la moneda de una nación debe tener un cierto nivel de respaldo real a través de sus reservas de oro y divisas extranjeras. Cuando el circulante de dinero nacional excede estas reservas, se produce inflación y devaluación monetaria. Al devaluar, el Estado genera dos consecuencias:
1) Todos los ahorros en pesos pierden una parte de su valor real.
Imaginemos que hoy se produzca una devaluación del 20% de la moneda argentina llevando el cambio del dólar de 3,85 a $4,60. Una ahorrista con diez mil pesos invertidos en un plazo fijo o en bonos del Estado, que tenía u$s 2.600 de acuerdo al cambio de $ 3,85 por dólar, pasaría a tener u$s 2.170. Los u$s 426 de pérdida que sufrirá la ahorrista mudarán al bolsillo del Estado. Esta transferencia de la riqueza se debe a que el Estado maneja su economía en relación a sus reservas genuinas (aquellas que pueden ser utilizadas sólo para sostener su moneda). Las importaciones como las exportaciones, así como las deudas y las cobranzas internacionales inciden en las mismas y se efectivizan en moneda extranjera, preferentemente dólares norteamericanos. Volviendo al ejemplo citado, después de la hipotética devaluación, toda la masa de dinero argentino existente en el mercado pasará a valer un 20% menos en dólares, lo que significará que el Estado aumentará su capacidad de respaldar su moneda con sus reservas en un 20%. Todos serán más pobres menos el Estado.
2) Todos los gastos y salarios públicos sufren una pérdida real en moneda fuerte del 20%. Como el gobierno paga las prestaciones laborales y casi toda la deuda pública interna en pesos, significará un veinte por ciento menos en dólares.
Aunque con la devaluación, la masa monetaria existente en el mercado se equilibrará un poco con relación a los recursos del Estado para sostenerla, si no aparecen inversiones que se acerquen al 24% del PBI y se realicen modificaciones estructurales que ayuden a estabilizar por largo tiempo las reglas del juego de los mercados, en algún momento se reinicia el ciclo de consumo y gasto mayores a lo producido, y vuelven las expropiaciones de los bienes de la población a través de la inflación, la devaluación monetaria, las apropiaciones a los privados y mayores impuestos, sin que importen todas las “promesas y garantías” que se hayan dado con anterioridad. Nuestro país siempre ha sido un ejemplo en justificar la utilización de cualquier medio para lograr el fin deseado.
SIN INVERSIONES NO HAY CRECIMIENTO
Hoy el nivel de inversión anual del país llega al 20% de su PBI. Este es el porcentaje que se calcula como el mínimo indispensable para sostener la producción existente. Para aumentarla, necesitamos que las inversiones se acerquen al 24% del PBI, cifra que está muy lejos de las posibilidades actuales.
Los altos índices reales de pobreza y desocupación que sufre la Argentina obligan a aumentar los gastos dirigidos a la asistencia social pero, al no haber aumento de productividad y riqueza, el proceso de descapitalización de la economía continuará hasta un punto donde sólo habrá tres opciones de acción: 1) Emitir billetes; 2) Endeudarse; 3) Sacarle más dinero a la población.
En el caso de la primera opción, la inflación agravará la situación social y se expandirán los conflictos, los pedidos de aumentos de salarios y subsidios, etc.
En el caso de la segunda opción, el problema no será endeudarse. Cuando un país recibe préstamos para realizar grandes inversiones en infraestructura, generará la suficiente riqueza como para pagar los intereses de ese endeudamiento e, incluso, su capital. El problema es endeudarse para gastarlo en salarios, subsidios y gastos burocráticos, ya que no se generará siquiera la riqueza indispensable para afrontar los intereses. Por ello, la Argentina es una nación que históricamente refinancia hasta los intereses que debe pagar por sus deudas.
La tercera opción sería cobrarle más impuestos a una población que, de por sí, gasta más de lo que produce y se resiste a gastar menos. Con esta alternativa agravamos el problema ya que habrá menos dinero privado para el consumo, lo que traerá una disminución de la actividad industrial y comercial, y se ampliará la brecha entre los ingresos y egresos.
Y si, por sus nefastas consecuencias, el gobierno decide evitar un aumento de los impuestos, deberá obtener lo que necesite para solventar sus mayores gastos quitándoselo a otro o devaluando la moneda. Tomemos el ejemplo del reciente decreto (DNU) de los Kirchner instalando el “salario semi-universal” para los menores de 18 años. Esta asignación le costará al Estado diez mil millones de pesos anuales que los obtendrá de ANSES. Es decir, será la caja de los jubilados la que aportará este dinero. Más allá del problema ético que esto significa (el Gobierno no les paga a los jubilados el aumento que estableció la Corte Suprema de Justicia argumentando que no tiene posibilidades económicas para hacerlo), se le quita dinero a los jubilados para darle otro destino al previsto.
Como ninguna de estas opciones posibilita solucionar de fondo el principal problema, que es la escasez de inversiones, finalmente se recurrirá, como tantas otras veces, a un ajuste.
Aunque los Kirchner han reiterado que ellos no harán ninguno, su discurso es fútil. Es que no importa lo que ellos quieran o no. Ningún ajuste en la historia argentina se ha realizado porque el gobernante de turno lo ha deseado ya que no se trata de una cuestión de voluntad política. Cuando se vulneran cuestiones básicas de la economía capitalista, no se puede evitar sus duras consecuencias.
EN BÚSQUEDA DE UN LUGAR EN EL MUNDO
HPor supuesto, hay maneras de evitar los ajustes. Las conocemos. Si no queremos o no podemos bajar los gastos, hay que aumentar la producción de riqueza. A la Argentina le fue difícil recuperarse del default del año 2002. Lo consiguió gracias a que “Dios se convirtió en argentino” y nos trajo una excepcional suba de precios de nuestros principales productos de exportación. Los Kirchner vieron allí la solución de sus problemas financieros y gravaron fuertemente sus exportaciones. Finalmente se ‘pasaron de vueltas’ y asfixiaron a la principal riqueza del país.
El modelo económico de los Kirchner consistió en hacer base en el consumo y no en la inversión. Como se partió de un piso (por no decir subsuelo) extremadamente bajo (el del año 2002) las cifras de crecimiento entusiasmaron al principio, pero al seguir ausentes las inversiones, este entusiasmo se redujo, iniciándose la fuga de los capitales.
¿A qué se debió esta caída?
Principalmente, a cuatro factores:
1) La constante violación al derecho de propiedad, elemento clave para los que detentan la capacidad monetaria de invertir ingentes capitales en el país.
2) El constante cambio de las reglas del juego comercial e industrial que, si bien no ha sido un invento de este gobierno, la transgresión contractual y legal sigue plenamente vigente en el país.
3) La modalidad política de los Kirchner de generar odios y discordias en la población. Han promovido –incluso apañado- acciones de violencia social y un clientelismo a un punto tal, que hasta los empresarios “oficialistas” están remitiendo su dinero al exterior mientras “discursean” su apoyo al gobierno.
4) La adulteración de las estadísticas y datos, indispensables para que los empresarios calculen sus inversiones.
En la próxima semana nos ocuparemos de analizar estos cuatro generadores de desinversión, pero hoy considero imprescindible y esencial pedir que no sigamos creando mitos de desarrollo económico creyendo que desde nuestro remoto lugar en el estatus de poder mundial, podemos crear una nueva ideología que supere los males que ocasionan las existentes.
De acuerdo a la definición de Carlos Escudé, uno de los mejores especialistas y estudiosos de las relaciones exteriores, “ser realistas será reconocer que nuestra ubicación no puede ser sino periférica”. Tendremos que regresar al estadio donde están ubicadas todas las naciones del mundo no para ocupar la platea sino los tablones de la tribuna popular, y escalar posiciones a partir de ella. Así lo hicieron Brasil y México, lo está haciendo Chile y, muy probablemente lo siga Uruguay, el país hermano al que los mismos uruguayos cariñosamente llaman “paisito”.
Hay material humano y riquezas económicas suficientes. Podemos utilizarlas o agredirlas. De cuál sea la actitud, dependerá que lo logremos con rapidez o no.
Con la decisión del gobierno en avanzar hacia una posible solución del aislamiento financiero internacional de la Argentina, y con los ambiciosos acuerdos comerciales y de infraestructura que acordaron Cristina Kirchner y la presidenta chilena Bachelet (más allá de las dificultades financieras para concretarlas), se abrió una esperanza de cambio para el país. Los meses siguientes mostrará si son genuinos o se trata de otro engaño político.
Enrico Udenio
30 de octubre de 2009