RECORDAR LIBROS

 

Hay libros memorables. Algunos por su trascendencia política y/o económica, otros por la profundidad o peculiaridad con que trataron los temas. En esta sección iremos recordando algunos de ellos.

 

EL FIN Y LOS MEDIOS (1937)

De Aldous Huxley

Considerado como un líder del pensamiento moderno este escritor y ensayista inglés (emigrado a los Estados Unidos, ejerció como crítico de los roles sociales, las normas y los ideales. Muy preocupado por los trastornos que experimentaba la civilización occidental, escribió sobre la grave amenaza que representaba el maridaje del poder con el progreso científico: el más conocido de ellos es su novela “Un Mundo Feliz”, en 1932. Escribió, asimismo, ensayos contra la guerra y el nacionalismo, siendo “El fin y los Medios” su obra más difundida sobre el tema. Tiempo después, en 1946, escribió sobre los valores espirituales en su libro “La Filosofía Perenne”.

 

 

 

 

 

Cuando la voluntad no es desinteresada, el intelecto tiende a emplearse (a no ser que se trate de los campos extrahumanos de las tecnologías, las ciencias o las matemáticas puras), meramente como un instrumento para la racionalización de las pasiones y de los prejuicios y la justificación de los intereses personales.

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El fin no puede justificar los medios, por la sencilla y clara razón de que los medios empleados determinan la naturaleza de los fines obtenidos.

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¿Qué clase de mundo es éste, en que los hombres aspiran al bien y, ello no obstante, realizan tan frecuentemente el mal? ¿Qué lugar le corresponde en él al hombre, y cómo están relacionados sus ideales, sus sistemas de valores con el conjunto del universo?

(Extractos del Capítulo 1).

 

Cuando el pensamiento no está contenido por las disciplinas de alguna de las ciencias organizadas, la primera tendencia –la que orienta hacia la identificación y la generalización- tiene inclinación a que le otorgue demasiado alcance. El resultado es la simplificación excesiva. En su impaciencia por comprender su hambre y sed de explicación, la inteligencia tiende a atribuir a los hechos más racionalidad de la que esos hechos pueden implicar; tiende a descubrir en la diversidad material de los fenómenos, más identidad de la que realmente existe en ellos, o por lo menos, más identidad de la que hombre puede utilizar en la práctica de la vida.

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Nunca podremos tratar eficazmente nuestros problemas humanos, mientras no sigamos el ejemplo de los naturalistas y no moderemos nuestras ansias de simplificaciones racionales, reconociendo la existencia de cierto residuo de irracionalidad, diversidad y especificidad en las cosas y en los acontecimientos. Nunca podremos cambiar nuestra edad de hierro en una edad de oro, si no renunciamos a nuestra ambición de encontrar una sola causa para todos nuestros males, y admitimos la existencia de varias causas que actúan simultáneamente, de correlaciones intrincadas y de acciones y reacciones reduplicadas.

(Extractos del Capítulo 2).

 

Sucede a menudo que las reformas tienen meramente el efecto de cambiar el curso de las tendencias individuales no deseables, desviándolas de un cauce a otro cauce. Se cierra el antiguo desagûe de una perversidad especial; pero un nuevo desagûe se abre. La perversidad no queda abolida; simplemente, se le suministra un nuevo sistema de oportunidades para que se manifieste.  

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Consideremos, por ejemplo, la historia reciente de esa inmensa fuente de mal que es la codicia del poder, y la sed insaciable de éxito y de dominación personal.

A este respecto podríamos describir la transición de las condiciones medievales a las modernas, como una transición de la violencia a la astucia, o de la concepción del poder como atributo de las proezas militares y de los derechos divinos de una aristocracia, a su concepción en términos financieros. En el primer período, la espada y los títulos de nobleza son a la vez los instrumentos y los símbolos de la dominación. En el último período, el lugar ha sido ocupado  por el dinero. Recientemente, la codicia del poder ha vuelto a manifestarse en formas que resultan medievales. En los estados fascistas se ha vuelto a la dominación por la espada y por el derecho divino. Es verdad que el derecho lo tienen gobernantes que se han conferido su propio mandato, y no aristócratas hereditarias; pero todavía es esencialmente divino. Mussolini es infalible; Hitler, elegido por Dios. En la Rusia colectivizada se ha establecido un sistema de capitalismo de Estado. La propiedad privada de las fuentes de producción ha desaparecido y se les ha hecho imposible a los individuos utilizar el dinero para dominar a sus semejantes. Pero esto no quiere decir que se haya suprimido la codicia del poder; más bien se la ha desviado de un cauce hacia otro cauce. Bajo el nuevo régimen, el símbolo y el instrumento del poder es la posición política. Los hombres no buscan riquezas, sino un sitio estratégico en la jerarquía. Se ha podido apreciar todo lo cruelmente que luchan por esos puestos estratégicos, durante los juicios por traición de 1936 y 1937. En Rusia, y hasta cierto punto en los demás países dictatoriales, la situación es muy parecida a la que existió en las órdenes religiosas, en las que las posiciones tenían más importancia que el dinero. Entre los comunistas, la ambición está totalmente divorciada de la avaricia, y la codicia del poder se manifiesta en una forma que es, podría decirse, químicamente pura.

(Extractos del Capítulo 3).

 

 

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LA INVENCIÓN DE LA ARGENTINA (1991)

De Nicolás Shumway

Director de Estudios Latinoamericanos en la Universidad de Texas, Austin. La invención de la Argentina fue reconocido por The New York Times como uno de los libros más notables del año y premiado por The Latin American Studies Association como uno de los mejores libros en inglés sobre temas latinoamericanos. Traducido al español, desató muchas polémicas en la Argentina.

 

La opinión más extendida vea la Argentina como un fracaso nacional: uno de los pocos países que pasó del primero al Tercer Mundo en unas décadas apenas. En la de 1920 nadie habría considerado a la Argentina un país subdesarrollado. Con un gobierno de apariencia estable, una población altamente alfabetizada, y una prosperidad sin igual en otras naciones latinoamericanas, a la Argentina se la veía como una de las exitosas democracias nuevas, igual en muchos aspectos a Australia, Canadá y los Estados Unidos.

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¿Qué pasó? ¿Cómo pudo ser que a una nación beneficiada con envidiables recursos naturales y humanos le resulte tan difícil revertir esta lenta y melancólica declinación hacia la mezquindad y la insignificancia?  Las explicaciones son muchas, contradictorias, incompletas: estructuras económicas coloniales, una clase alta irresponsable, demagogos mesiánicos, una jerarquía católica reaccionaria, militares sedientos de poder, tradiciones autoritaristas, la conspiración comunista, multinacionales omnipotentes, la intromisión de potencias imperiales como Gran Bretaña y los Estados Unidos.

Este libro toma en cuenta otro factor de la ecuación argentina que suele pasarse por alto en las historias económicas, sociales y políticas: … El fracaso en la creación de un marco ideológico para la unión (de la Argentina) ayudó a producir lo que Ernesto Sábato ha llamado “una sociedad de opositores”, tan interesada en humillar al otro como en desarrollar una nación viable unida por el consenso y el compromiso.

(Extractos del Prólogo).

 

Entre los países de la América hispánica las ficciones orientadoras no surgieron con tanta facilidad (Shumway hace referencia a la visión transformadora de los norteamericanos con conceptos como los del “destino manifiesto”).

… Mientras en los Estados Unidos y en gran parte de Europa el concepto precedió a la realidad política, aquí fue al revés: las ficciones orientadoras de un destino nacional tuvieron que ser improvisadas cuando ya la independencia política era un hecho. Las colonias españolas fueron ordenadas con vistas a la expansión del Imperio español, de modo que fueran cultural, económica y políticamente dependientes de la Madre Patria. No se buscó en ningún momento que desarrollaran un sentimiento de nacionalidad propio e independiente, sino que fueran extensiones de España, dóciles en lealtad política, fe religiosa y pago de impuestos. Pocos de los colonizadores españoles en América, o ninguno, soñaron con un destino distinto del que dictaba España para estas tierras.

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… puesto que el movimiento independista en la América hispánica surgió en gran medida del colapso político de la monarquía de España y la invasión napoleónica a la Península Ibérica en 1808, la separación de España fue en buena medida impuesta por acontecimientos externos. La formación de naciones en la América hispánica se complicó tras la Independencia por las guerras civiles que desmembraron cuatro virreinatos en dieciocho repúblicas separadas.

…. Se crearon países nuevos con fronteras nuevas y nombres recién acuñados como Venezuela, Honduras, Colombia, Bolivia y Argentina; un siglo, o inclusive medio siglo antes de la Independencia, nadie en estas tierras soñaba con algún día serían naciones nuevas y separadas, con un destino propio. En ninguna de estas áreas existía un mito previo de identidad nacional que ligara a sus habitantes bajo una ideología compartida.

… la Argentina no fue más que un sector del Imperio español, no un país ni siquiera una idea para un país. (…) A diferencia de México y Perú, ricos en minerales, donde los españoles instalaron poderosos virreinatos sobre las bases de civilizaciones nativas muy desarrolladas, la Argentina no poseía oro ni plata, y sus nativos, en su mayoría nómades, prefirieron el exilio o la muerte a la virtual servidumbre de la encomienda española, institución que obligaba a los indios a trabajar para los españoles a cambio de civilización europea, cristianismo y “protección”. Tampoco supieron ver el mayor recurso de la Argentina, las inmensas pampas que probablemente sean el área agrícola más rica del mundo. (…) De modo que la palabra Argentina señala una paradoja: el país fue bautizado por la plata, mineral que no tenía, mientras que en lo que sí tenía en abundancia (un fabuloso potencial agrícola) quedó ignorado durante casi tres siglos.

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Y en la boca del gran estuario, Buenos Aires, geográfica y culturalmente distante del resto de la Argentina, pero destinada, por su privilegiada ubicación entre las fecundas pampas y las rutas marítimas, a ejercer una hegemonía peculiar sobre las provincias del interior. A diferencia de los Estados Unidos, donde una fácil navegación fluvial facilitó el contacto entre ciudades costeras y del interior, las ciudades argentinas, salvo las del litoral, estaban unidas sólo por los lentos viajes por tierra; el trayecto de 1.200 km entre Tucumán y Buenos Aires, por ejemplo, insumía un promedio de dos meses. En consecuencia, las ciudades y provincias argentinas crecieron en relativo aislamiento, hecho que alentó lealtades y sentimientos localistas.

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El nuevo virreinato (del Río de la Plata) incluía la mayor parte de lo que ahora es Bolivia, Paraguay, Uruguay y la Argentina, y constituía el primer paso en el establecimiento de una nueva nación, aunque en ese momento nadie lo pensó en tales términos. El rey le concedía a Buenos Aires la autoridad de cobrar impuestos dentro de las fronteras del virreinato, privilegio que la ciudad portuaria conservaría celosamente, creando entre porteños y `provincianos los mismos rencores que Buenos Aires había sentido antes hacia Lima. La desconfianza hacia la ciudad-puerto creció en la medida en que Buenos Aires, reflejando su propio localismo, aspiró a ejercer un control cada vez mayor sobre el interior.

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Las invasiones Inglesas, entonces, produjeron resultados paradójicos. Por una parte, la lucha de los argentinos contra un enemigo común les hizo percibir por primera vez su potencial como nación. (…) Por otra parte, los porteños liberales salieron del conflicto con la convicción de que Gran Bretaña, el invasor; era de algún modo un sostén de la democracia republicana y “un medio para obtener armas contra España (Belgrano, 35).

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(…) Pero hay que usar con cierta precaución el término (Hombres de Mayo), puesto que agrupar a todas las figuras y corrientes ideológicas de la Revolución (de Mayo) bajo una sola palabra sugiere un consenso ideológico que nunca existió.  (…) De Mayo en adelante, entonces, los porteños iniciaron una larga tradición de confundir a Buenos Aires con todo el país.

(Extracto del Capítulo 1).

 

 

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Una respuesta a “RECORDAR LIBROS

  1. Es mí primera visita. En 1876 la República no conocía sus límites con precisión,con 1700000 habitantes y con fuertes divisiones internas.No debemos acelerar la historia,que no se acelera;200 años de Mayo (la vieja y pobre aldea…).No es conformísmo,es el tiempo que obligadamente debe transcurrir.Cuantos años los arabes en España..800 años!!.Que pretendemos?

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