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El aumento de los conflictos sociales, y la incapacidad manifiesta del gobierno de encauzarlos legalmente, sumada a la modalidad política de los Kirchner de generar odios y discordias en la población, incentivan aún más la desinversión existente que es, desde ya, el mayor problema de fondo que hoy enfrenta la administración Kirchner.
Continuando con el análisis sobre los factores que la impulsan, me referiré al constante cambio de las reglas de juego comercial e industrial. Si bien la transgresión contractual y legal no ha sido un invento de este gobierno, sigue plenamente vigente en el país produciendo daños inconmensurables.
El último de los atropellos fue la aprobación legislativa de la nueva ley de radiodifusión, con el agravante de que, quizás, fue la noticia de este año que más daño ha causado a la imagen del país. Es que por todo el mundo se propagó el inusual hecho de que al poco tiempo de haber prorrogado licencias por 10 años, el mismo gobierno las canceló sin tener razones de peso para hacerlo.
A los ojos oficialistas o para aquellos adherentes del estatismo, la obtención del fin deseado –ideológico por supuesto- justifica cualquier medio, pero es muy diferente la óptica para aquellos que desde una postura ética, valoran las leyes y las reglamentaciones existentes. Se hubiera podido concretar perfectamente una nueva ley de medios sin necesidad de violentar el plazo de las licencias ya otorgadas. Este es un buen ejemplo de los enormes daños que la nación se auto inflige por causa de una camada de políticos ineptos o incapaces para evaluar las futuras consecuencias que pueden tener sus actos.
Las reglas de juego
“La Ley es como la veleta de un viejo campanario, que varía según sopla el viento.” Leo Nicolaievich Tolstoi (1828-1910). Escritor y reformador ruso. Una de las grandes figuras de la novelística mundial.
Se entiende por “reglas de juego” a las leyes y reglamentaciones mediante las cuales los modernos Estados nacionales aseguran a los nuevos mercados (1) las condiciones necesarias de estabilidad para el crecimiento y el desarrollo socio económico. Es esta estabilidad la que proporciona al sistema el empuje hacia un progreso económico sostenido, manteniendo el equilibrio entre las fuerzas financieras, políticas y laborales. Cuando el sistema no es sostenido por los poderes del Estado (ejecutivo, legislativo y judicial) aparecen las continuas transgresiones y el capitalismo se queda sin el capital.
Es que “el dinero es extremadamente sensible” y reacciona en forma inmediata cuando no se siente protegido por leyes claras y permanentes en el tiempo. El presidente de una empresa informática de la Alemania Occidental, en épocas previas a su unificación con la Oriental, me dijo en una ocasión: “no nos interesa demasiado que las leyes en la Argentina sean muy favorables a las inversiones; lo que necesitamos es que, sean las leyes que sean, se apliquen y se mantengan en el tiempo independientemente del tipo de gobierno que tengan”.
El ser empresario en Argentina constituye un desafío a la imaginación y a la supervivencia. Cuando una empresa comienza a crecer comercialmente, aparecen inmediatamente los “socios indeseables”: punteros políticos de la zona, empleados municipales de las más inimaginables reparticiones o sectores burocráticos, policías, funcionarios nacionales, el sindicato, la mutual, inspectores que aplican controles de todo tipo, incluso los más ridículos, etcétera. Todo proyecto de desarrollo que intente llevar a cabo un empresario será interrumpido por un inacabable juego de obstáculos los cuales, la mayoría de las veces, deberá superar a través de una coima, salvo que acepte el riesgo de que sus trámites duerman el sueño eterno de los justos.
En su interesante libro “El error de ser argentino”, el empresario Eduardo Balcheian, ex titular de la compañía concesionaria industrial de la marca alemana Adidas, relata sus terribles experiencias con los funcionarios de los diferentes gobiernos. No tengo dudas de que si Balcheian hubiera intentado, por ejemplo, realizar sus proyectos industriales en Japón, Australia o en Canadá en lugar de la Argentina, hubiera contado con todos los apoyos gubernamentales y sindicales para que sus productos pudieran venderse por todo el mundo con su marca propia. Fue un gran empresario desperdiciado por su país, al igual que tantos otros menos conocidos.
Una burocracia gigantesca
“La ignorancia es degradante cuando la acompañan las riquezas.” Arthur Schopenhauer, (1788-1860), filósofo alemán, crítico de Kant y del racionalismo.
El exceso de reglamentaciones que sirve de “alimento” para la corrupción de los funcionarios argentinos, los continuos impuestos y leyes implementados hipócritamente “por única vez” pero que siempre se tornan eternos, la pesificación asimétrica del 2002, la inflación y las recurrentes devaluaciones, las épocas del “congelamiento de precios y alquileres”, o de la actual maraña de subsidios que intentan compensar “valores máximos” de tarifas y precios, anulan el juego de la oferta y la demanda. Tampoco nos olvidemos de la adulteración de las estadísticas y datos -un factor indispensable para que los empresarios puedan calcular y evaluar sus inversiones-, y las crónicas faltas de crédito para proyectos de desarrollo.
Estas acciones son sólo una pequeña muestra de todas las medidas gubernamentales que durante décadas han propagado la inestabilidad de los mercados en el país.
Prohibiciones y regulaciones de todo tipo que tenían la capacidad de reservar “zonas comerciales” a “los amigos”, permisos previos de fabricación, permisos previos para aumentar precios, permisos previos para importar o exportar, permisos y permisos para todo construyeron con el paso del tiempo una burocracia del mercado de proporciones gigantescas.
El empresario
“Sólo me gustan dos tipos de hombres: los nacionales y los extranjeros.” Mae West (Mary Jane West) (1893-1980). Irreverente y transgresora actriz norteamericana. Fue el primer símbolo sexual de la historia del cine.
Los gobernantes argentinos, en general, han tenido mucha dificultad para entender la importancia medular que tiene el rol del empresario –nacional y extranjero- en el sistema capitalista. Esta ignorancia, explica, en una buena parte, la pobreza del mercado local o la inexistencia de una poderosa industria exportadora.
Pero el empresario medio argentino no es inocente de este descalabro. En definitiva, su idiosincrasia es la misma que la del resto de la población. El desorden, la predisposición al consumo en lugar del ahorro y la inversión, el individualismo, la desconfianza, el rechazo a los límites que impone el cumplimiento de las leyes, el temor al riesgo económico, entre muchas otras peculiaridades del habitante del suelo argentino, forman parte también de sus características.
Un capitalismo con un empresariado que no arriesga su patrimonio y que, habitualmente, piensa en obtener ganancias provenientes del mercado local amparado por eternizadas políticas proteccionistas, no genera crecimiento genuino para un país. Las industrias que se desarrollan bajo esta consigna no pueden competir a nivel internacional y terminan siendo mantenidas por la población a través del pago de sobreprecios de enorme magnitud por productos desactualizados tecnológicamente –como ahora será el caso como consecuencia del aumento de impuestos para los productos electrónicos con excepción de unas pocas empresas radicadas en Tierra del Fuego. Se generan así mercados esclavos que resultan en pura ganancia para el dueño del negocio y pura pérdida para el consumidor.
El empresario argentino que describo, se defiende alegando que las constantes modificaciones a las reglas del juego industrial y comercial lo han obligado a desarrollar una extraordinaria capacidad para aprovechar las alternativas que les presenta este cambiante panorama económico. Pero esta característica de volubilidad invalida las inversiones a largo plazo, y sin ellas, el excedente de los beneficios obtenidos se destina al consumo suntuario de los propios empresarios y a acumularse en cuentas bancarias en el exterior. No creo que se presenten muchas dudas sobre este tópico pues, de no ser así, ¿a quiénes pertenecen los ciento sesenta mil millones de dólares de dinero argentino (un PBI completo) que se calcula que ya están fuera del país? Seguramente que no les pertenecen a los jubilados, obreros o empleados. La burguesía comercial y empresarial nacional, los profesionales de altos ingresos, ejecutivos y por supuesto, los políticos y los sindicalistas, son los dueños de ese inmenso y desopilante caudal de dinero que es utilizado por otras naciones para su desarrollo.
Pero los empresarios no son los únicos culpables de esta desinversión argentina. Las mafias sindicalistas que aún existen en nuestro país son en gran parte responsables de la decadencia industrial argentina, pero estoy convencido de que la principal carga le cabe a los gobiernos que, llevados por sus necesidades inmediatas, cambian o interpretan a su gusto, una y otra vez, las leyes, los impuestos y las reglamentaciones. Como relaté en mi anterior nota, la frase que un importante dirigente industrial me dijo en una ocasión parecería ser un fiel símbolo de lo que es la Argentina: “uno puede acostarse a la noche siendo rico y despertarse pobre a la mañana, o viceversa”.
Mientras la mayoría de los inversionistas locales y del exterior pierden parte de sus capitales a causa de los continuos cambios a las reglas de juego comercial, algunos de los nacionales se enriquecen. No es que hayan sido genios financieros, lo que sucede es que son expertos en desenvolverse dentro del caos. Han nacido como empresarios en él, en él se han enriquecido y no ven al mercado nacional tal como se lo enseña en el estudio del capitalismo. Las estables reglas internacionales de los mercados generalmente no tienen aplicación en el nuestro.
¿Pragmatismo o incoherencia?
“La verdadera filosofía es reaprender a ver el mundo.” Maurice Merleau-Ponty (1908-1961) Filósofo existencialista francés.
¿Desde qué lugar se les puede ocurrir a los gobernantes argentinos que la economía puede funcionar si horada sistemáticamente sus reglas y sus bases?
En numerosos ensayos político-económicos y en los medios de comunicación se hace frecuentemente referencia al alto grado de pragmatismo de las sociedades, incluida la argentina.
En realidad, el pragmatismo, dentro de la esfera de las ideologías, se aplica a diario en todos los países desarrollados, pero hay una diferencia conceptual entre cómo se aplica en ellos y cómo se da esto en la Argentina. Ninguna de las medidas pragmáticas que se llevan a cabo en esas naciones del mundo desarrollado modifican la armonía y la previsibilidad del sistema ideológico económico que han definido en sus respectivos gobiernos, pues siempre dejan intacta la columna principal que sostiene a toda ideología: una relación compacta e indisoluble que existe entre las leyes, las reglamentaciones y la economía en una nación, relación a la que se le da la calificación, como expliqué al inicio de esta nota, de “reglas de juego”.
En cambio, en Argentina, el pragmatismo es básicamente el pasaporte a la constante confusión. Al cambiar o imponer nuevas reglamentaciones, leyes o modificar el sentido de las mismas según el poder político de turno, sin importar si éstas apoyan o no el sistema de producción económica establecido, ha dado como resultado, a través de los años, a un injerto perverso que proporciona ganancias sólo a quienes están muy acostumbrados a este “desorden” y conocen sus códigos, o a aquellos vinculados al gobierno que pueden sacar provecho de esa relación.
Para muchos politólogos, la incoherencia producida por el péndulo ideológico que existe en el principal partido político argentino, al oscilar de la izquierda a la derecha, o del socialismo corporativista al capitalismo liberal, según las circunstancias políticas y sociales de cada momento, genera continuas modificaciones a las reglas de juego de la economía con consecuencias insoslayables que hacen desaparecer la previsibilidad y con ella, al capital. Y sin capital, no hay dinero, y sin dinero, no existe otro futuro posible para el país que desinversión e involución.
Claro, cuando la incoherencia queda circunscripta al ámbito familiar, laboral o afectivo, los daños derivados de la misma están acotados al micro mundo del individuo. Pero cuando ésta alcanza a la administración pública su daño se potencia al expandirse a través del poder que emana del Estado.
De todo esto podemos deducir que el continuo cambio de las “reglas de juego” en la sociedad argentina muestra, ni más ni menos, el desorden emocional, ideológico e intelectual que sufren sus habitantes.
Enrico Udenio
13 de noviembre de 2009
(1): Se entiende como nuevos mercados aquellos que incorporan a la globalización, la informática, Internet, los mercados financieros al mismo tiempo que contemplan los valores de la libertad, la equidad social y la solidaridad.