LA GALLINA DE LOS HUEVOS DE ORO

      

       La actual caída de los mercados financieros del mundo y el intento por controlarla, están relacionados con las enseñanzas que dejó el Crack de 1929, un hito que llevó a la reforma del sistema capitalista.

 

La codicia detrás de la crisis financiera mundial

 

       Gracias al fuerte crecimiento de las industrias privadas, la década 1920-1929 fue la época de oro de la bolsa de New York. En nueve años se quintuplicó la oferta de acciones. Esta gran variedad permitió un nivel de especulación sin precedentes que, en líneas generales, posibilitó la obtención de enormes fortunas para algunos y grandes beneficios para la mayoría. Continuamente se promocionaban casos donde trabajadores comunes obtenían en Wall Street impresionantes ganancias con mínimos aportes de dinero. Pero, en la medida en que se acercaba el final de la década, los industriales norteamericanos, que habían sido muy beneficiados por un régimen fuertemente proteccionista, se encontraron con que los mercados no podían absorber el constante crecimiento de su oferta. Había dos factores que lo limitaban: por una parte, la mayoría de los países habían cerrado sus fronteras a la manufactura estadounidense en represalia a esa política industrial proteccionista. Por otra parte, las clases media y alta habían sido incentivadas a especular, con sus ahorros, en la bolsa y en propiedades en vez de aplicarlos a una mayor adquisición de productos.

       Para el 15 de octubre de 1929 ya habían comenzado a caer algunas  cotizaciones de acciones en la bolsa. Los pequeños ahorristas trataron de vender, pero no consiguieron demasiadas ofertas. Las ideas económicas imperantes en ese momento incentivaron la idea de que el mismo mercado iba a solucionar la crisis, por lo que el gobierno del presidente Hoover decidió no intervenir. El día 22, para inyectar optimismo en la gente, las grandes empresas salieron a comprar acciones, pero no lograron frenar la caída. El jueves 24 (pasó a la historia como el “jueves negro”), ya un número considerable de pequeños ahorristas quebraban al no poder vender sus acciones a ningún precio, y el martes 29 de octubre, una multitud de personas que habían entrado en pánico se agolpó frente a las puertas de los bancos reclamando infructuosamente por su dinero. Al finalizar ese día, la pérdida llegaba a 15 mil millones de dólares (un equivalente a hoy serían u$s 500 mil millones), más de quinientos bancos se declararon insolventes, miles de empresas quebraron y tres millones doscientos mil empleados se quedaron sin trabajo, cuadriplicando la desocupación en sólo un mes. Los siguientes tres años marcaron el período conocido como “la Gran Depresión”, cuando más de cuatro mil ochocientos bancos quebraron, casi diez millones de cuentas de ahorro se cerraron, y nunca se supo con exactitud cuántas miles de empresas desaparecieron y cuántos fueron los millones de trabajadores que quedaron desocupados. Recién en 1933, con Franklin D. Roosevelt como presidente y a partir de su política económica denominada “New Deal”, terminó la era del proteccionismo industrial y la carencia de protagonismo del Estado. Se establecieron sistemas de regulaciones y controles estrictos para los bancos y las bolsas de valores, y comenzó un lento resurgimiento del desarrollo a partir de una nueva mirada de la economía en la cual el Estado y los mercados mundiales asumieron roles mucho más protagónicos.

       La continuación de esta política económica, conocida como “keynesiana” por su mentor, el economista J.M. Keynes, permitió que durante medio siglo se pudieran controlar las lógicas dificultades que se producen en una economía dinámica. Pero a partir de fines de la década del 70 sucedieron dos cosas que complicaron las cosas: 1) El fin del keynesianismo y el inicio del monetarismo; y 2) La explosión arrolladora de Internet.

 

El fin del keynesianismo y el inicio del monetarismo

       En 1946 se inició un sistema monetario internacional sobre la base de la convertibilidad del dólar con el oro, a razón de 35 dólares la onza de oro. Esto significaba que EEUU estaba obligado a cambiar los dólares por oro, a cualquier nación que lo requiriera. Pero en 1971, EEUU no pudo seguir sosteniendo el elevado déficit que sufría año tras año, alimentado principalmente por la Guerra de Vietnam, por lo que su presidente Nixon decidió eliminar la convertibilidad del dólar con el oro, cayendo definitivamente el sistema monetario vigente en ese momento. Liberados de la relación “dólar-oro”, los países industriales incrementaron la emisión de moneda, en especial los EEUU, para seguir estimulando el crecimiento, lo que generó aún más inflación.

       Paralelamente el valor del barril del petróleo subió, de un dólar en 1971 a u$s 20 en 1979. Es que los países petroleros usaron los precios del barril como mecanismo de defensa ante la inflación ocasionada por el desplome del dólar y del sistema monetario. La situación se descontroló a raíz de los acontecimientos bélicos entre Israel y los países árabes, y cuando una gran nación petrolera, Irán, quedó en manos del fundamentalista religioso musulmán R. Komeini. La enorme cantidad de dinero disponible, conocida como “los petrodólares” por sus orígenes en el aumento del valor del petróleo, se volcó a los mercados internacionales de crédito con requisitos mucho más suaves que los de antaño.

       Cuando en 1979 la economía norteamericana se estancó, y simultáneamente la inflación llegó al nivel record del 14% anual sin signos de reactivación, vio la luz una nueva problemática económica: inflación junto con el estancamiento de la economía. La recesión más inflación se llamó “Estanflación”, y los economistas se encontraron con que las soluciones keynesianas previstas eran de imposible aplicación para este caso.

       En sus escritos, Keynes (que había fallecido en 1946) pensaba que el funcionamiento espontáneo del mercado no  podía solucionar rápidamente un estancamiento de la economía, por lo tanto, proponía: “cuando hay una recesión inyecto dinero al mercado gastando más en infraestructura, asistencias sociales y empleos. El mercado vuelve a crecer a impulsos del Estado, y los privados, ante este movimiento, vuelven a invertir y el ciclo recesivo se cambia por uno productivo”. (“La Evolución de la Sociedad Económica”, Robert Heilbroner y William Milberg, 10ma.Ed.Prentice may). Cuando por causa de este intervencionismo estatal o por cualquiera otra razón, la economía “se calienta” demasiado, se produce otra crisis porque aparece la inflación, la aplicación keynesiana ante esta situación era: “Freno la espiral inflacionaria frenando el consumo. Disminuyo drásticamente los gastos del gobierno, elimino el déficit hasta obtener superávit, quito dinero del mercado y elimino la presión consumidora lo que alivia a la economía. Una vez, que de tanto caer el consumo, aparece la recesión, vuelvo a la primera aplicación: el Estado aumenta sus gastos y así el ciclo de crecimiento se reinicia”. (“La Evolución de la Sociedad Económica”).

       Por lo tanto, habiendo recesión, la solución era el aumento de los gastos del Estado. Y si había inflación, la solución era el achicamiento del Estado. Pero, ¿qué tiene que hacer el Estado cuando aparecen los dos problemas simultáneamente, y la solución de uno de ellos implica automáticamente el agravamiento del otro? 

       El liberalismo económico sí supo cómo solucionarlo. La Reserva Federal en los EEUU aplicó un razonamiento sencillo: Entre la recesión y la inflación, el problema más grave es el de la inflación, y la atacó restringiendo el dinero. En 1981, EEUU ya no tenía “estanflación”. Tenía solamente recesión. Enfrentar un solo problema era mucho más sencillo. El mal menor era siempre la mejor alternativa.

 

Los desbordes inflacionarios y los fuertes deterioros de las monedas, posibilitaron la aparición del llamado “neoliberalismo

 

       La consecuencia más significativa de este episodio, fue el final, según la visión pragmática de muchos historiadores, de la deformación de la idea keynesiana. Esta deformación consistió en utilizar su teoría, ideada sólo para salir de una crisis muy aguda, como un mecanismo estimulador del crecimiento económico. Esta “gallina de los huevos de oro” había sido utilizada por más de cuarenta años. Los desbordes inflacionarios y los fuertes deterioros de las monedas, marcaron su final y posibilitaron la aparición del llamado “neoliberalismo”, cuya política monetarista estableció claramente prioridad a la prevención de la inflación, sobre cualquier otra variable de la economía.

 

La explosión arrolladora de Internet

       El fenómeno de la globalización financiera está vinculado intrínsecamente con la “Revolución Informática”, lo que lo hace comparable, como acontecimiento, a las revoluciones industriales del siglo XIX. La historia nos muestra que los gobiernos, sindicatos o cualquier otra corporación nunca pudieron frenar, ni el avance de la tecnología ni el desarrollo internacional del comercio. Tampoco pudo conseguirlo Estados Unidos cuando, en gran parte de las décadas de finales del siglo XIX y principios del siglo XX intentó frenar el libre comercio aplicando elevados aranceles a las importaciones porque estas destruían el “producto doméstico que representa nuestra mano de obra más calificada y mejor pagada” (William Mc Kinley, presidente de los Estados Unidos 1897-1901). El crack de 1929 fue, según muchos historiadores, la consecuencia nefasta de este intento.

       El retorno a partir de 1980 de parte del concepto económico de la década del ’20, cuando se consideraba que la participación del Estado en el mundo privado debía ser mínima, sumado al avance arrollador de las comunicaciones satelitales, fueron los que propiciaron el advenimiento de una nueva “fase” del capitalismo, que tuvo en la cúspide del poder a los organismos internacionales y a las multinacionales y compañías financieras privadas. La facilidad de comprar, vender y/o transferir acciones, bonos o dinero generó una rápida volatilidad del desplazamiento del capital financiero y aumentaron las posibilidades de desencadenar profundas crisis cada vez que esos capitales decidían retirarse.

 

Los protagonistas del “crack” actual

1) Los bancos de inversión. Son empresas intermediarias de inversiones privadas. Reciben dinero de particulares y/o empresas, brindándoles un rendimiento proporcional al riesgo que quieran afrontar esos inversionistas. A diferencia de los bancos tradicionales, no reciben depósitos ni ofrecen sus servicios habituales. Mientras los bancos tradicionales tienen fuertes regulaciones y controles como, por ejemplo, un porcentaje máximo de compromiso de su capital en préstamos de alto riesgo, los bancos de inversión no tienen límites salvo el que imponga su activo.

2) Los préstamos “subprime” son préstamos de alto riesgo. Se cobran intereses más altos que los habituales para compensar ese riesgo. La gran mayoría de los mismos exige una garantía hipotecaria.

3) El accionista. Es el particular y/o empresa que aporta dinero para que lo maneje el Banco de Inversión. Si desea obtener un rendimiento alto puede ordenar que se aplique a invertir en los “subprime” hipotecarios.

4) El particular y/o empresa que utiliza esos créditos, sea para obtener grandes beneficios en plazos cortos, o para adquirir su vivienda.

 

El proceso especulativo

       Similar a lo sucedido a principios de los años ’70, a partir del año 2002 comienza un proceso de encarecimiento de los valores de las materias primas. El petróleo, los granos y algunos minerales puntean la constante suba de los precios. Pero simultáneamente y por motivos macroeconómicos, el Tesoro de los Estados Unidos establece una tasa bajísima de interés por sus bonos (el 2% anual). Esta conjunción de hechos determina que un mayor flujo de dinero se vuelque en los mercados financieros alternativos (en especial los bancos de inversión) y se produzca una considerable expansión del crédito. Al ser estructuras que funcionan por fuera del sistema regulatorio norteamericano, se dejan de lado exigencias tradicionales como el estado laboral y económico de los compradores de viviendas y se expande la creencia de que invirtiendo en los paquetes financieros con garantía real hipotecaria, el riesgo está acotado ya que si el deudor no paga, se liquida la propiedad y se recupera el capital. Pero las propiedades se sobrevaloran y los inversionistas de segunda, tercera o cuarta mano, no tienen ninguna idea de cuáles son esos valores. El crecimiento de las construcciones es enorme y los beneficios excelentes. El caldo ideal para que la codicia humana se zambullera en ella.

    

Los altos intereses de los créditos “subprime” fueron el caldo ideal para que la codicia humana se zambullera en ella

 

       Hace unos tres años, varios conocidos míos decidieron vender casi todas sus propiedades en Argentina. No les importaba demasiado obtener buenos precios en esas transacciones. Querían vender rápido. La causa: utilizarían ese dinero para invertirlo en la compra de propiedades en EEUU, en especial, en Miami.

       Las operaciones eran así: 1) En un edificio que comenzaba a construirse, se compraba con una seña de 100.000 dólares un departamento que se cotizaba a un millón y cuyo saldo se pagaba mediante una hipoteca con intereses elevados. 2) A los seis meses, cuando ya la construcción estaba muy avanzada, se lo vendía por el doble o el triple de la seña, por lo que el rendimiento que se obtenía con su venta era extraordinario. 3) Probablemente el que lo compraba hacía lo mismo: al momento en que la construcción avanzaba o finalizaba, también lo vendía con un rendimiento similar. 4) La constante suba de los valores de los inmuebles sostenía esta “cadena”.

       Todos suponían que en algún momento podía cortarse, pero la cuestión era tratar de no ser el “último”.  Por supuesto, éste era aquel que detentara la propiedad del inmueble al momento en que los precios iniciaran su caída.

       A su vez, las empresas constructoras, negociaban los derechos de cobro de esas hipotecas a intereses más bajos, generalmente a los Bancos de Inversión. Estas compañías, a su vez, negociaban muchas de esas hipotecas con las aseguradoras de crédito o con otros bancos a un interés menor que lo contratado. Esta “cadena” vivía con las diferencias que se obtenía en cada “pase”.

       Un ejemplo personalizado sería: Juan Uno (el particular) compra una propiedad y comienza a pagar su hipoteca con un interés del 10% anual a su vendedor, Pedro Dos (la constructora). A su vez, éste vende la hipoteca de Juan Uno a Miguel Tres (el Banco de Inversión), con un interés del 8% anual (2% menos de lo que paga el propietario por su hipoteca, Juan Uno). Por lo tanto, Pedro Dos, del 10% anual de intereses que cobra de Juan Uno, se queda sólo con el 2% porque el restante 8% se lo lleva el que le recompró la hipoteca: Miguel Tres. Pero éste también cede los derechos de cobro a Susana Cuatro, que por tratarse de una seguradora o un banco tradicional, acepta cobrar un interés de sólo 5% anual por su dinero. Entonces, finalmente, de los intereses que paga Juan Uno por su hipoteca, Pedro Dos se queda con el 2%, Miguel Tres, el 3% y el que termina teniendo la cesión final de los derechos de cobro, Susana Cuatro, con el 5%. De esta manera, Juan Uno debe el valor de la hipoteca a Pedro Dos, éste se la debe a Miguel Tres, y éste a Susana Cuatro.         

       Pero a mediados de agosto de 2007, las ventas de inmuebles se frenó y los valores comenzaron a bajar gradual y constantemente. Aquellos propietarios que quedaron últimos en la cadena especulativa, comenzaron a tener dificultades para pagar las cuotas, por lo que se paralizaron buena parte de las construcciones inmobiliarias y comenzó una recesión en los Estados Unidos, ya castigada económicamente con enormes déficit causados, principalmente, por sus enormes gastos de guerra.

       A principios de este año, se descubrió la gigantesca dimensión que tenía esa burbuja o cadena especulativa. Se trataba de miles y miles de millones de dólares sin regulación ni control adecuado por parte del Estado, porque circulaban por fuera de los bancos tradicionales y de las bolsas de valores, ambos sectores controlados desde el crack de 1929.

       Si bien los bancos tradicionales participaron poco de la especulación, sufrieron las consecuencias dada la gran magnitud de deudas hipotecarias incobrables que existían en la plaza. En un mercado fuertemente globalizado e interconectado mediante constantes flujos de dinero virtual a través de internet, es imposible que la crisis no toque también a los créditos de todo tipo.

       En julio de 2008, se comenzaron a conocer los esfuerzos que estaba haciendo la administración norteamericana para frenar la debacle. Aparecían así los temores a una fuerte crisis.

       Ya en este mes de septiembre, es evidente que toda la cadena especulativa sostenida por el pago de la cuota hipotecaria se cae porque, simplemente, el que la inicia, el propietario, dejó de pagar. Cunde el pánico y con él, se desploman las acciones y la gente (el inversionista) comienza a reclamar su dinero.

       Es entonces que los funcionarios del tesoro norteamericano deciden no repetir los dos grandes errores previos al crack de 1929: la pasividad del Estado y el aislamiento internacional de su gobierno. Por lo tanto, anuncian: 1) La nacionalización de los pasivos de las grandes entidades privadas comprometidas (con excepción de Lehman Brothers, que presentó quiebra) y 2) El acuerdo de la Reserva Federal norteamericana con los bancos centrales de Japón, Alemania, Gran Bretaña y otros, a sostener con todo el dinero que haga falta y sin límite alguno, las corridas bancarias y bursátiles que se puedan seguir produciendo por causa del pánico.

Hasta el momento han sido u$s 400 mil millones de dólares (tres veces la deuda externa de la Argentina) los que Estados Unidos volcó al mercado financiero. Todavía está en duda si puede lograr que los mercados no colapsen porque ya no es la potencia económica de años atrás, pero más allá de que tenga o no éxito en su cometido, podemos asegurar que la teoría de que los mercados pueden solucionar por sí mismos las crisis económicas y financieras, quedó definitivamente enterrada en el pasado. Las perspectivas de aquí en más parecen ser que, si bien los fondos y el capital de alto riesgo seguirán siendo libres por su propia dinámica, habrá mayores regulaciones del sector financiero incentivándolos a financiar más a las empresas que a la compra directa de viviendas.

       El capitalismo ha iniciado un nuevo giro reformista en su historia. 

 

Enrico Udenio

Autor de “Corazón de derecha, discurso de izquierda”, Ugerman Ed.(2004); y “La hipocresía argentina”, Ed.DeLaRed, 2008.

20 de septiembre 2008

  

 

 

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7 Respuestas a “LA GALLINA DE LOS HUEVOS DE ORO

  1. Quiero contar como sigue la novela! La gigantezca expansión monetaria mundial (que es correcta porque otra no queda), cuando se nomaliza la situación económica y pasa el pánico, baja la preferencia por la liquidez. Al mundo le van a sobrar muchos billetes y la inflación se va a acelerar generando una posible estanflación si el precio del petroleo se dispara o una nueva burbuja en wall street. De todas formas, estos conflictos son necesarios como para acelerar la transformación de la estructura productiva mundial que debe dejar de estar tan sustentada en el “oro negro”. Se viene una nueva era tecnológica con sustitutos del petroleo.

  2. Un artículo fenomenal. Acotando que ésta crisis es por la falta de pagos de los tenedores de préstamos hipotecarios de alto riesgo, hipotecas que ya no encuentran compradores para revender y así sucesivamente…

  3. muy didactico, explicado en forma clara para los que no somos expertos en la materia, algo que no es tan frecuente en estos tipos de analisis

  4. Genial la nota. Por fin entendi como se armo la crisis. Muy didactico. Mis feliciatciones.

  5. Buenísimo el análisis. Le agregaría de que en realidad el éxito del new deal se debió al auge industrial generado por la segunda guerra mundial. Hasta 1939, se había superado la gran depresión pero los norteamericanos no despegaban. Fue la guerra de Hitler la que les dio el impulso.

  6. ¿Nuevo giro reformista?

    ¡La misma historia de siempre!

    “El mundo tiene recursos de sobra pero los usa mal, en este caso, para salvar el sistema financiero, sin ningún reparo están usando la plata de plomeros y carpinteros para salvar a especuladores”. Heller advirtió que “no son medidas estatistas, están haciendo la más perversa de las variantes de la política neoliberal que es la socialización de las pérdidas y la privatización de las ganancias. No es cierto que Bush se haya vuelto socialista” (Carlos Heller, Página/12, 20 de Septiembre de 2008)

  7. Tengo mis dudas sobre el éxito del plan del salvataje financiero. Creo que todavía faltan muchas fichas que jugar para que la cosa funcione. Muy bueno el articulo. Deja en evidencia la relación entre el crak de 1i930 y el de ahora.

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